Washington-Pionyang ¿con escala en Pekín?

Tras la derrota de Irak en 2003, la ocupación militar del país por la coalición aliada y la posterior captura de Sadam Husein, su procesamiento y ejecución tres años después, bastantes dictadores que no gozaban del aprecio de EE.UU. debieron sentir un hondo escalofrío. Entre ellos se encontraba el que el año pasado fue honrado en su país a título póstumo con el apelativo de “Líder eterno de la República”: Kim Il-sung; por entonces solo “Líder supremo de Corea del Norte” y padre del actual presidente, Kim Yong-un.

En su opinión, si Irak hubiera poseído armas de destrucción masiva, como falsamente el Gobierno de Bush hizo creer al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para justificar la ilegal agresión, ésta no se hubiera producido. Menos aún si el dictador de Bagdad hubiera dispuesto de armas nucleares.

“Cada vez que los americanos bombardean algún país (se lee en el editorial de The Guardian Weekly, 21-04-17), se refuerza a los ojos de Pionyang la necesidad de poseer armas [nucleares]”. Ni Sadam Husein ni Gadafi hubieran sido brutalmente depuestos por la fuerza militar si sus ejércitos hubieran contado con un arsenal nuclear, por pequeño que fuese; esta es una opinión difícil de refutar y muy extendida, no solo en esos mismos países sino en el resto del mundo.

El ministro norcoreano de Asuntos Exteriores no vaciló en aludir a Israel ante la creciente tensión con EE.UU., provocada por las últimas pruebas de armas nucleares y misiles de su país, cuando declaró que “el único poseedor ilegal de armas nucleares en Oriente Medio es Israel, bajo el patrocinio de EE.UU.” Viejo argumento al que han recurrido muchos Gobiernos cuando Washington muestra irritación ante sus programas nucleares.

Israel y Corea del Norte son dos enemigos enfrentados a distancia mediante intermediarios. Israel acusa a Pionyang de haber apoyado, armado e instruido a sus enemigos, como Irán, y de haber colaborado en la construcción del reactor nuclear sirio que la aviación israelí destruyó en 2007. El ministro israelí de Defensa tachó recientemente a Kim Jong-un de “aliado de El Asad, a través de Irán, Siria y Hezbolá” y de aspirar a “socavar la estabilidad global” a la cabeza de “un grupo enloquecido y radical”, como calificó al Gobierno de Pionyang. Por su parte, Corea del Norte, en palabras del ministro antes citado, “apoya plenamente la lucha del pueblo palestino para establecer un Estado independiente con capital en Jerusalén”.

Y así las cosas, irrumpe Trump, a quien “diez minutos” -según declaro él mismo- de charla con el presidente chino le bastaron para entender el problema de Corea del Norte. Si el régimen norcoreano es una tiranía que persigue sus objetivos de modo obsesivo y secreto, el nuevo inquilino de la Casa Blanca hace gala de una vanidosa y espontánea prepotencia: la combinación de ambos crea una peligrosa incertidumbre que se extiende por todo el mundo.

Utilizando las redes sociales, Trump expuso su programa: “Corea del Norte busca pelea. Si China quiera ayudar, eso estaría muy bien. Si no, resolveremos este asunto sin ellos. EE.UU. [lo hará]”. Por otro lado, un general norcoreano alardeó el pasado sábado de que su país podría derrotar a todos los enemigos, con lo que no quedaría nadie, “ni siquiera para firmar un armisticio”.

Mientras de las palabras no se pase a los hechos, todo queda en baladronadas compartidas. Pero habrá que tener cuidado de que entre cada provocación y su respuesta no se cruce algún límite que conduzca a lo irreversible.

Por último, el pasado lunes Trump volvió a reclamar la atención preferente de los medios de comunicación al declarar en una cadena estadounidense de televisión que está dispuesto a entrevistarse con Kim Jong-un para reducir las tensiones entre ambos países: “Si fuera conveniente que me reuniera con él, lo haría sin duda alguna. Me sentiría honrado al hacerlo”. E insistió: “Por supuesto: si es en las circunstancias apropiadas. Seguro que lo haría”.

La sorprendente disposición de Trump ha provocado gran controversia y contrasta con el hecho de que ningún presidente de EE.UU. en ejercicio se ha reunido jamás con su homólogo norcoreano. En la misma entrevista, Trump alardeó de ser un político dispuesto a abrir nuevas vías: “Muchos políticos nunca hubieran dicho lo mismo”.

Como en anteriores ocasiones, el establishment de Washington tuvo que salir al quite. El secretario de prensa de la Casa Blanca matizó ese mismo día que, antes del supuesto encuentro, habrían de producirse cambios en Pionyang: “Su actitud agresiva debería cesar en el acto”. Añadió que las “circunstancias apropiadas” a las que alude Trump no existen ahora mismo.

Los mensajes procedentes de EE.UU. sobre la cuestión coreana son contradictorios e incoherentes; varían también según quien los difunda. Oscilan entre una solución militar, que Trump no descarta, y un encuentro personal al máximo nivel, que hasta el vicepresidente rechaza. Sin embargo, guste o no en Washington, resulta cada vez más evidente que el camino obligado para solucionar este problema pasa necesariamente por China, que no vacilará en aprovechar las circunstancias para reforzar su posición política y diplomática.