Madrid ¿capital de la paz?

Entre la polvareda levantada por nuestros medios de comunicación, que a diario revelan nuevos casos de corrupción, reproducen mensajes mafiosos cruzados entre algunos distinguidos ladrones de guante blanco que han regido nuestros destinos y broncos rifirrafes interpartidistas, mostrando también el creciente desapego de los españoles por la actividad política -lo que pone en grave riesgo a nuestra débil democracia-, apenas ha recabado la atención pública la celebración en Madrid, entre los días 19 y 21 de abril, del “Foro Mundial sobre las Violencias Urbanas y Educación para la Convivencia y la Paz”.

Largo título que refleja el empeño de los organizadores y participantes para “abrir un debate, una reflexión que permita llegar al corazón mismo de las distintas violencias que aquejan a las ciudades y, desde ahí, iniciar un camino para construir ciudades de paz”.

Dicho de otro modo: algunos de los medios utilizados para intentar reducir o erradicar la violencia urbana, que es la que más directamente afecta a los ciudadanos, podrían reconfigurarse y ampliarse para abordar otras violencias de más envergadura y, en último término, la violencia de todas las violencias: la guerra. Ambicioso objetivo en un mundo hoy dominado por el ruido de las armas, pistolas personales o misiles estatales.

El martes pasado, Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz, se congratulaba en el diario Público de que la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, conjuntamente con la de París, Anne Hidalgo, hubieran convocado el citado foro “cuando vuelven a sonar aciagos tambores de guerra… para que las ciudades promuevan la paz y la concordia, la educación para la convivencia y la solidaridad”.

En la presentación del Foro, Manuela Carmena puso de relieve que “desde el 2000 al 2014 han muerto por violencia interpersonal -no por las guerras, no por el terrorismo- en el mundo más de seis millones de personas, más que con las guerras”. Añadió: “Vivimos en una sociedad a la que se le llena la boca hablando de paz, pero no educa para la paz”. He aquí una simple frase, cargada de verdad, que denuncia con brillante claridad un doloroso aspecto de la hipocresía de muchos gobernantes en todo el mundo: las palabras van por un camino, por lo general autocomplaciente, y los hechos, por otro, a menudo determinado por la ambición y el lucro.

Cargada de sentido común -una de las mejores cualidades para dedicarse a la política- la alcaldesa recordó la inutilidad de responder con la guerra a los atentados terroristas. Por su parte, el exdirector general de UNESCO recordó que “si siembras odio, cosecharás violencia”. Eso es lo que estamos sembrando, dijo Mayor, con soluciones absolutamente indignas para los refugiados: “Hemos dado más a una sola institución bancaria que lo que hemos dedicado a todos los inmigrantes y refugiados en Europa”.

Federico Mayor definía también el difícil itinerario, mental y real, que es necesario recorrer para la transformación que el Foro anuncia: hay que transitar “…desde una cultura de imposición, dominio, violencia y guerra a una cultura de encuentro, conocimiento recíproco, conversación, conciliación, alianza y paz”.

Es posible que estas ideas suenen tan utópicas como las que en 1950 movieron a Robert Schuman cuando sugería los incipientes mecanismos de integración europea que pondrían fin a los seculares enfrentamientos que habían ensangrentado nuestro continente. Era casi impensable algo que uniera y vinculara entre sí a los vencedores y a los vencidos de la cruenta guerra recién concluida.

La propuesta del Foro también mira a muy largo plazo. El itinerario antes descrito no se recorre en unos meses, ni en unos años. Todo aquello que implique cambio cultural requiere tiempo hasta ser incorporado a los hábitos diarios, pero cuando lo hace es para quedarse.

Ese es el reto de la cultura de la paz. La conclusión del foro sería la aprobación del llamado Compromiso de Madrid, “un mensaje al mundo -y en especial a las ciudades- para asumir este camino con una serie de recomendaciones que formarán parte de las conclusiones del evento”.

Un foro más, dirán algunos. Otros lo juzgarán en función de las tendencias políticas de los organizadores y participantes y no por la importancia de las ideas allí discutidas y su innegable trascendencia futura. El ruido de las guerras que asolan al mundo y la dinámica bélica que domina la política internacional acallarán las voces que allí se oyeron. Pero el futuro de la humanidad se orientará según el resultado del enfrentamiento entre esas voces y el ruido de las explosiones. Citando de nuevo al exdirector de UNESCO, no parece desacertado asumir que “Si quieres la paz, prepara la palabra”.