La vieja historia del espionaje

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El maestro indiscutible en la novelística de espionaje es, sin duda alguna, el británico John le Carré. Su última novela publicada, Un espía perfecto (Planeta 2016), es con toda seguridad el mejor y más complejo remate a una copiosa obra escrita que ha tenido notable eco en los medios audiovisuales, tanto en el cine como en la televisión. Su popularidad es hoy universal y los personajes y aventuras por él creados se han difundido ampliamente en los principales idiomas.

El escritor y diplomático David John Moore Cornwell -que es quien se oculta bajo el seudónimo Le Carré- nació en 1931 en un bello pueblo costero del sur de Inglaterra, unos 2500 años después del nacimiento de otra figura sólidamente instalada ya en la Historia de la humanidad gracias a sus escritos: el general, estratega y filósofo chino Sun Tzu, autor (mítico o real) del famoso manual conocido como El arte de la guerra.

Como en todo documento escrito de cierta antigüedad, la datación real y la autoría de esta obra maestra sobre la estrategia han sido discutidas sin llegar a conclusiones definitivas. En todo caso, y para lo que en este breve comentario interesa, los veinticinco siglos que separan a Le Carré de Sun Tzu permiten hacer una valoración conjunta de ambos especialistas en lo relacionado con las artes del espionaje.

Las últimas líneas del texto del autor chino han sido repetidas hasta la saciedad en todos los manuales de estrategia militar: “Un ejército sin agentes secretos es como un hombre sin ojos y sin oídos”. Su popularidad se debe a que las ideas expresada en la obra de Sun Tzu no se refieren solo a la actividad bélica de los ejércitos sino que son aplicables plenamente a otros ámbitos de la vida, como la política, los negocios, las finanzas, el comercio, los deportes y hasta en las relaciones sociales a cualquier nivel, desde el íntimo círculo de la familia hasta grupos y colectividades más extensas.

De los trece capítulos de que consta El arte de la guerra, el último se titula “La utilización de los agentes secretos”, aunque en distintas traducciones se empleen otras palabras similares.

En el versículo 3 se lee: “… si el príncipe esclarecido y el general competente derrotan al enemigo cada vez que pasan a la acción, si sus hazañas se salen fuera de lo común, es gracias a la información previa”. Más adelante se explica que esa “información previa no puede obtenerse de los espíritus, ni de las divinidades, ni de la analogía con acontecimientos pasados, ni de los cálculos. Es necesario obtenerla de hombres que conozcan la situación del enemigo”.

Al leer la frase anterior se está asistiendo al nacimiento oficial de los servicios de espionaje, al origen histórico de la CIA, el MI6 británico, el CNI español, etc. Espías a los que Sun Tzu denomina de modo parecido a lo que se estila hoy: agentes internos, externos, dobles… etc.

Merece la pena resaltar lo que Sun Tzu llama “agentes liquidables”. Se trata de espías propios introducidos en el seno del enemigo y a los que se proporcionan informaciones falsas: “Cuando éstos, operando en territorio enemigo, sean apresados darán cuenta de esas informaciones falsas. El enemigo les dará crédito y se preparará en consecuencia, pero naturalmente nosotros actuaremos de forma muy distinta y el enemigo dará muerte a esos espías”. Escrita en el siglo VI a.C., esta frase sirve como intrigante argumento para cualquier novela moderna de Le Carré.

Sobre los abusos que pueden cometer los servicios secretos, como los revelados por Wikileaks, Sun Tzu ya sabía algo: “Los agentes secretos reciben instrucciones bajo la tienda del general; están muy cerca de él y lo tratan íntimamente”. Y añade: “Son cuestiones que han de ser tratadas con el mayor sigilo”. Además, el dinero juega un importante papel, como hoy día: “… de todas las retribuciones, ninguna tan generosa como la del agente secreto; ninguna tan confidencial como las operaciones secretas”. Pero ¡atención!, la corrupción acecha: “Entre los agentes hay algunos que solo buscan enriquecerse…”

En la sombra: la muerte. “Si se divulgan prematuramente planes relacionados con las operaciones secretas, el agente y todos aquellos a quienes ha hablado deben morir. Así se sellan sus bocas y se impide que el enemigo las oiga”.

Hasta la figura del “pequeño Nicolás” había sido anticipada por Sun Tzu: “Escogemos hombres inteligentes, dotados, prudentes, capaces de abrirse camino hasta los que tratan íntimamente al soberano o miembros de la nobleza…”.

Hoy el espionaje se mueve a través de los modernos medios de comunicación, escucha e interceptación, pero su finalidad viene siendo la misma desde que las rivalidades entre distintos grupos humanos los enfrentaron entre sí. Aunque textos antiguos (bíblicos y orientales) nos hablan de los infiltrados en el enemigo para ayudar a derrotarlo, a Sun Tzu le corresponde el mérito de haber sistematizado su empleo y a Le Carré debe reconocérsele su habilidad para divulgar lo que siempre tiende a ser un mundo en la sombra: el espionaje.

(Los fragmentos de Sun Tzu aquí reproducidos pertenecen a la versión publicada en 1980 por “Ediciones Ejército”).