Se despide el Comandante en Jefe ¡Adiós, Obama, adiós!

El pasado 6 de diciembre Obama aprovechó uno de sus últimos días de ejercicio presidencial para dirigir una alocución en una base aérea de Florida, sede de las Fuerzas de Operaciones Especiales, eligiendo como asunto principal la política antiterrorista. No hay programada ninguna otra visita a centros militares, por lo que ésta parece ser su última aparición pública como Comandante en Jefe de los ejércitos.

Nada más comenzar el discurso, y tras la inevitable alusión a los atentados del 11-S, Obama recordó que EE.UU. llevaba siete años de guerra continuada cuando él alcanzó la presidencia y que durante los ocho años de su mandato se ha convertido en “el primer Presidente que ha servido en tiempo de guerra durante dos periodos”, lo que provocó una salva de aplausos. Años, dijo, durante los que “ninguna organización terrorista extranjera ha planeado ni ejecutado con éxito ataque alguno contra nuestro país, a pesar de haberlo intentado”.

Los aplausos se redoblaron al recordar que “los ejércitos de EE.UU. pueden cumplir cualquier misión y son -y seguirán siendo- la más poderosa fuerza de combate que el mundo jamás ha conocido”. Aunque es verdad que una arenga en una base aérea no tiene por qué parecerse a una conferencia académica o a un mitin político, Obama no supo sustraerse a la frecuente exaltación belicista que a muchos políticos les invade en cuanto pisan terreno militar.

Un breve inciso para recordar que algo parecido debió ocurrirle a Felipe González, justo hace hoy 34 años (el 8-12-1982), cuando presidió los actos patronales de la antigua División Acorazada “Brunete”, cuyo fervor le impulsó, días después, a calificar al Ejército como “columna vertebral” del Estado, cosa que nos sumió en la consternación a los que desde dentro de la Institución nos esforzábamos por democratizarla y convertirla en el “brazo armado” del Gobierno, como señalaba la Constitución y era normal en los países con los que entonces aspirábamos a codearnos.

Volviendo al asunto inicial, hay que reconocer que Obama, aun tocado con la gorra de Comandante en Jefe, se atrevió a criticar duramente el uso de la tortura en la guerra antiterrorista y se lamentó por no haber llegado a cerrar el penal de Guantánamo, aunque recordó que el número de los ilegalmente encarcelados en él se había reducido durante su presidencia.

Sin citarlo personalmente, mostró el deseo de que Trump atendiera sus consejos y repudiara algunas declaraciones hechas durante la campaña electoral, como apoyar la tortura, “bombardear más”, “encastillarnos” o “matar a todos los familiares de los sospechosos de terrorismo”, como se oyó en boca del candidato republicano.

Aunque Obama se felicitó por la transparencia y claridad de su Gobierno, la realidad es muy distinta pues sigue oculta a la opinión pública una gran cantidad de información; lo poco que se ha desvelado ha sido casi siempre tras recurrir a las vías judiciales y porfiar en ello.

Obama, si de verdad quisiera, aún podría tomar decisiones positivas, pues mantiene el poder de hacerlo hasta el próximo 19 de enero. Por ejemplo, podría desclasificar (suprimir el carácter secreto) muchos documentos esenciales para revelar a los ciudadanos algunos errores y decisiones injustas o erróneas, que han afectado a la política de EE.UU., como los excesos en espionaje y vigilancia perpetrados por algunos órganos federales. Una vez desvelados, pasarían a ser de conocimiento público y ya no podrían ser ignorados.

También tiene ocasión de perdonar a Snowden, Manning y otros denunciantes que revelaron a los ciudadanos actos vergonzosos y prácticas prohibidas, en un claro ejercicio de patriotismo. Bajo la presidencia de Obama se ha aplicado con dureza la Ley de Espionaje en más ocasiones que todos los anteriores presidentes juntos. El poder presidencial del perdón no puede ser vetado por ningún otro órgano.

Quizá debiera también castigar a ciertos altos cargos que abusaron ostensiblemente del sistema, como cuando destituyó al general McChrystal de su mando en Afganistán al decidir que su presencia perjudicaba el desarrollo de las operaciones. Es cierto que Trump puede deshacer pronto las últimas decisiones de Obama, pero el eco que tendrían en la opinión pública de EE.UU. ya no podría silenciarse y beneficiaría la salud de la vida pública.

Obama también podría revelar los criterios utilizados para el uso militar de los drones de la CIA en las operaciones de “targeted killing” (muertes preplaneadas), para saber si Trump se atiene a ellos o los utiliza de modo irregular. Por último, también antes del 20 de enero, Obama debería revelar toda la vasta legislación secreta que ha entrado en vigor en los últimos años, para evitar que Trump, basándose en ella, pudiera, por ejemplo, encarcelar libremente a todos los musulmanes, como en alguna ocasión ha amenazado.

Los partidarios de Obama ensalzarán ahora sus innegables logros y sus detractores pondrán el énfasis en sus flagrantes contradicciones y errores. Unos y otros coincidirán, no obstante, en mirar con recelo al nuevo presidente que no accede a la Casa Blanca envuelto en un halo de confianza, como Obama, sino suscitando serios recelos en todo el mundo.