¿Hacia dónde irá Trump?

Torre Trump

En mi comentario a vuelapluma del pasado 10 de noviembre, tras el triunfo de Trump en la carrera hacia la Casa Blanca, introduje unas hipótesis -no del todo inverosímiles- sobre lo que podría ocurrir después:

1) Trump se topa con los poderes fácticos de siempre y gobierna al estilo de otros presidentes que le precedieron;

2) Trump remeda los intrigantes tejemanejes de Nixon y es forzado a dimitir;

3) El destino de Kennedy le está esperando y es asesinado cuando sus decisiones políticas chocan con intereses opuestos;

4) Trump inaugura un estilo sui géneris, sin precedente alguno, del que todo cabe esperar.

En los veinte días transcurridos desde entonces se han mostrado algunos indicios que permiten afinar algo más estas hipótesis, aunque la comprobada volubilidad del personaje hace difícil llegar a conclusiones sólidas.

Dejaré de lado, por ahora, el punto 3). Las posibilidades de que Trump corra la misma suerte que Kennedy (o la de Lincoln, Garfield o McKinley, asesinados durante su presidencia) no es algo verificable sino una constante propia de un país donde el culto a las armas de fuego y su proliferación hace creíble que una pistola o un rifle en manos de un fanático irrumpan en la vida del primer dignatario de la nación y le pongan fin.

La hipótesis 4), un estilo sui géneris de gobierno, tiene más probabilidades de hacerse realidad. Por ejemplo, se sabe del deseo de Trump y de su familia de seguir residiendo en la 5ª Avenida neoyorquina, en el lujoso palacio situado en las alturas de la famosa Trump Tower, con estancias temporales en la Casa Blanca. De momento, la torre residencial de los Trump, resguardada a nivel de calle por bloques de cemento y un vasto despliegue de fuerzas de seguridad, también tiene protegido su cielo y figura en los mapas aeronáuticos como espacio de la defensa nacional: “El Gobierno de EE.UU. podrá utilizar fuerza letal contra cualquier aeronave si implica una amenaza inminente para la seguridad”.

Una segunda Casa Blanca, incrustada en el bullicioso Manhattan, sería una inédita peculiaridad si Trump logra vencer las serias objeciones que, por cuestiones de seguridad, pone del servicio secreto, responsable de la protección personal de los presidentes.

Otra posible novedad: en una entrevista con The New York Times Trump dejó entrever la intención de designar a un general como Secretario de Defensa. Lo justificó así: “Mirad lo que está pasando. No vencemos, no somos capaces de derrotar a nadie, ya no triunfamos… En nada”. No le faltaba razón, porque las intervenciones de EE.UU., siempre oficialmente triunfales al principio (como el famoso Mission acomplished! del inolvidable Bush), han sido a la larga sendos fracasos estratégicos que han deteriorado la situación en gran parte del mundo. Eso no lo soluciona ningún general al mando del Pentágono, porque los generales sabrán (no siempre) ganar guerras pero la interminable lucha contra el terrorismo no tiene solución militar. Alguien deberá explicárselo bien a Trump.

Hasta aquí, lo relacionado con el nuevo estilo del Gobierno. Respecto al punto 2), conviene no olvidar los vastos intereses privados del “imperio Trump”, que se extienden por todo el planeta. No va a ser fácil para el grupo familiar que lo rige desde la misma torre neoyorquina mantener la transparencia suficiente y la necesaria desconexión financiera y económica entre su prosperidad y la de EE.UU. Como recordaba The Washington Post: “Por lo menos 111 empresas de Trump han actuado en 18 países y territorios de Sudamérica, Asia y Oriente Medio”.

Un antiguo asesor legal de la Casa Blanca declaró: “Existen muchos riesgos diplomáticos, políticos e incluso para la seguridad nacional, cuando un presidente posee tantas propiedades en todo el mundo”. Las marrulleras trampas en las que incurrió Nixon y que le obligaron a renunciar a la presidencia podrían ser en Trump confusas decisiones políticas a nivel internacional que atendieran más a los intereses familiares que a los nacionales. La porosidad entre los negocios privados de Trump y la diplomacia estatal a su servicio presenta resquicios por donde pudiera filtrarse un nuevo y peligroso Watergate.

Para concluir, y en relación con el punto 1), todo parece indicar que Trump en muy poco va a copiar las prácticas habituales de sus predecesores, pero no por eso el establishment va a cejar en su empeño de llevarle al buen camino. Se ha iniciado una discusión en los medios estadounidenses sobre si sería posible “ablandar” a Trump utilizando dos de sus puntos débiles: vanidad y deseo de ser adorado, como escribía un columnista en The New York Times al comentar la rueda de prensa que Trump mantuvo con este diario. Se plantea, pues, la posibilidad de que un Trump, debidamente adulado por los medios cuando actúa del modo que el establishment tiene por razonable, continuaría actuando así por miedo a perder la adulación que necesita para seguir siendo él mismo. A pesar del evidente infantilismo de la propuesta, ésta no es descartable dado lo que se ha escuchado durante la campaña electoral.

Habrá que seguir oteando el panorama internacional centrado en EE.UU., porque en los próximos meses será muy probable que contemplemos originales situaciones y acontecimientos de marcado signo “trumpista”.