Trump, Europa y la OTAN

OTAN

Está aún por ver si tras la toma de posesión de Trump éste empieza a convertir en realidad algunas de las promesas y planes que ha ido exponiendo a lo largo de la campaña electoral, que son los que le hicieron ganar popularidad y le han conducido por fin a la Casa Blanca. Bastantes de los compromisos expuestos a lo largo de sus verborreicas sesiones no son realizables, como él mismo debe saber y sus votantes implícitamente asumen, pero otros se pondrán en práctica en breve plazo, una vez establecido y funcionando el nuevo equipo de gobierno (lo que en EE.UU. llaman “administración”).

No es posible todavía adivinar si la política exterior de Trump diferirá mucho de la de Obama y si para conseguirlo será capaz de domeñar a un establishment muy habituado a los viejos usos y costumbres. La realidad que se percibe desde el “despacho oval” no es ciertamente la misma que se muestra en los multitudinarios mítines populares organizados para ensalzar a los candidatos, como pudo comprobar aquel animoso Obama que prometía cerrar para siempre Guantánamo, a fin de acabar con los vergonzosos residuos heredados de su antecesor, y fracasó en el empeño.

En Europa -y en Rusia- las alusiones que Trump ha hecho a la OTAN a lo largo de la campaña han abierto un amplio abanico de incertidumbres. La tachó de “obsoleta” (“fue diseñada contra la URSS, que ya no existe” aclaró para los que pudieran ignorarlo) y no perdió ocasión de insistir en que los socios europeos de la Alianza no contribuyen a ella como debieran (“no pagan lo que les corresponde”), en lo no le falta cierta razón. Según Trump, en todo lo que se refiere a la OTAN las cosas ya no van a seguir igual: “se acabó el business as usual“. ¿Empezará una nueva “fase Trump” en las relaciones militares trasatlánticas?

Es por tanto comprensible que en Bruselas y Moscú se intente adivinar el rumbo que tomará Trump en el escenario internacional, porque en cualquier caso va a influir considerablemente en ciertos aspectos fundamentales para la política de ambas partes, hoy enfrentadas en una pugna de la que no se ve el fin.

Ese rumbo va a determinar el modo de conducir las complejas relaciones entre Europa y Rusia; forzará a la UE a tomar decisiones sobre la vieja e irresuelta cuestión de la defensa europea (¿Puede defenderse militarmente Europa sin tener que recurrir al Pentágono? ¿Defenderse de qué y con qué?); marcará cuáles son los caminos más difíciles o cerrados para los esfuerzos de Moscú a fin de recuperar su estatus de gran potencia; y, por último, va a incidir de modo impredecible sobre la crisis que viene afectando a la unidad y cohesión europeas, tan vapuleadas por las duras políticas de austeridad, por el desacuerdo sobre el trato a los inmigrantes, la falta de una política exterior común y coordinada, el auge de la xenofobia y la generalizada pérdida de ilusión por lo que en tiempos pasados fue el estimulante “proyecto Europa”.

No es probable que la política de Trump altere notablemente las asentadas inercias tecnocráticas de la OTAN, incluida la reforzada presencia militar en sus confines orientales y septentrionales, próximos al territorio ruso. Por otro lado, aun exigiendo a Europa una mayor inversión en los esfuerzos defensivos, no por ello olvidará Trump que las corporaciones del complejo militar-industrial europeo compiten directamente con sus equivalentes de EE.UU., por lo que no interesa a Washington una defensa militar plenamente europea en lo que se refiere a su autosuficiencia en armamento y material.

Dejando de lado a Trump y su futura influencia sobre la defensa europea, no conviene olvidar que el principal problema de Bruselas no está ahora en Washington sino en Moscú. Como he expuesto en anteriores ocasiones (“Las críticas relaciones OTAN-Rusia”, 1/09/2016), existe una recíproca cerrazón que dificulta a ambas partes comprender los intereses de la otra y encontrar vías de solución para unos conflictos que han pasado por momentos peligrosos y pueden volver a hacerlo.

En los últimos años, Ucrania y Siria han sido los teatros de enfrentamiento de los que Rusia se ha servido para mostrar al mundo su voluntad de recuperar el poder y la influencia de que disfrutó en el pasado, si es preciso utilizando presiones militares. Las sanciones económicas aplicadas a Moscú son vistas por algunos sectores rusos de opinión como la prueba de que ya existe una guerra emprendida por Occidente contra Rusia, por lo que ésta moralmente estaría autorizada a algún tipo de respuesta militar. Por el contrario, las élites moscovitas rechazan mayoritariamente este modo de pensar y se aferran a una política de recuperación razonable y gradual del lugar que creen debe ocupar su país en el concierto mundial de los Estados, lugar que creen les está siendo vedado por las combinadas políticas hostiles de EE.UU. y Europa.

Los próximos meses irán resolviendo estas dudas y van a ver inéditos cambios en la política internacional de EE.UU. Esto, sin contar con algunas insólitas medidas de política interior, propuestas durante la campaña electoral, que han empezado a agitar al pueblo estadounidense, ahora claramente dividido como quizá no lo ha estado desde la Guerra Civil.

Nota final: Condorcet, el ilustrado filósofo francés del XVIII, dejó escrito algo que ayuda a entender la espantada de Trump ante las ruedas de prensa: “El entusiasta ignorante no es un hombre sino la más terrible de las bestias feroces”. ¡Chapeau, amigo Nicolás!