Vuelven los nubarrones nucleares

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Durante el primer debate electoral entre Trump y Clinton, el moderador de la NBC planteó esta cuestión: “Sobre armas nucleares, se ha informado de que el presidente Obama podría modificar la inveterada política nacional sobre su primer uso. ¿Apoya usted la política actual?”.

Conviene recordar que la política nuclear de EE.UU. acepta que en cualquier momento se puede utilizar el armamento nuclear en defensa propia o de sus aliados, incluso contra Estados no provistos de armas nucleares. Dicho de otro modo: se rechaza la política de “nunca utilizarlas el primero” (no first use), aunque Obama en algún momento llegó a pensar en adoptarla y luego lo descartó, según informó en septiembre pasado The New York Times.

Quizá para poner en un aprieto a Trump, el moderador solicitó su respuesta antes que a Clinton. Trump no se dejó atrapar en la encerrona. Disimuló como pudo el desconcierto inicial que le provocó la pregunta y enseguida se explayó en una larga y deshilvanada perorata en la que él se comprometía a arreglar el embrollo nuclear creado por sus antecesores. Habló de casi todo: Rusia había superado a EE.UU. en armamento nuclear; le gustaría que todos se deshicieran de esas armas; él no prescindiría de ellas: “no puedo quitar nada de encima de la mesa”; Corea del Norte es un problema, pero China debería resolvérselo, porque “es muy potente”; también Irán tiene poder sobre Corea del Norte y debería intervenir en Yemen y en “esos otros sitios”… etc. etc.

Consumió los dos minutos asignados a su respuesta dejando en el aire la sensación de que podía hablar con seguridad de cualquier cosa sin estar enterado de nada. Impresión poco reconfortante, tratándose de un asunto tan complicado como el uso de las armas nucleares.

Clinton no supo aprovechar la oportunidad que le dejó la inanidad mental de su rival y en su turno de palabra soltó su discurso con el frío tono de los burócratas fogueados en duelos verbales. Por supuesto, ella tampoco respondió a la pregunta del moderador y dedicó parte de su tiempo a descalificar a Trump y sus imprecisos o inexistente planes, incluido el de derrotar al Estado Islámico en un breve plazo.

Respecto a sus propios planes, se perdió en vaguedades. Exigió “precisión” al hablar de las cuestiones nucleares, pero dio una demostración de imprecisión al afirmar que quería dirigir un país “en el que pueda confiar la gente”, la suya y la todo del mundo, y tomar decisiones en pro de la paz y la prosperidad, afrontar a los matones, en casa y fuera, sin especificar cómo lo haría ni a quiénes se enfrentaría, ni de qué modo se serviría de la fuerza militar para alcanzar esa paz y prosperidad soñadas.

En resumen, para los que desde fuera de EE.UU. contemplamos con aprensión la reaparición de lo nuclear en el panorama internacional, fue una ocasión perdida por ambos candidatos a la Casa Blanca eludiendo responder directamente a una pregunta llena de significado y que obligaba a expresarse con claridad a quienquiera que aspirase a ser el último responsable del más demoledor instrumento de guerra que ha conocido la humanidad: las armas nucleares de la primera superpotencia mundial.

Como escribí en estas páginas el pasado 30 de junio (“Blandiendo las armas nucleares“), la política nuclear preocupa hoy a los estados mayores de la OTAN y Rusia, hecho que el presidente de EE.UU. no puede desconocer. El temor de Rusia a ser rodeada por el despliegue otánico en los Estados bálticos (que desde Moscú es visto como el incumplimiento de la promesa que en 1990 la OTAN hizo a Gorbachov) la ha llevado a reforzar las defensas en sus fronteras occidental y meridional, incluyendo la instalación de misiles balísticos de corto alcance que pueden utilizar cargas nucleares de potencia reducida.

El uso de este tipo de armas para poner fin a un conflicto regional viene rondando la cabeza de algunos estrategas rusos, y también occidentales, que consideran que en esas circunstancias la estrategia de first use no tendría por qué derivar en una hecatombe mundial y que puede concebirse una guerra nuclear “limitada”, por ejemplo contra el Estado Islámico. Y lo que es aún peor: algunos atribuyen a los enormes arsenales nucleares capaces de destruir el planeta la virtud de que bastaría la amenaza que suponen para contener la guerra limitada y evitar que se extralimite.

Tan abominable mezcla de ideas estratégicas y la llegada a la Casa Blanca de un individuo de imprevisibles impulsos y nula experiencia en el análisis de los conflictos internacionales del pasado han vuelto a poner la cuestión nuclear sobre el tapete. Agravada aún más por los costosos programas de modernización del armamento nuclear en Rusia y EE.UU., modernización a la que no son ajenas otras potencias nucleares de menor entidad, como China, Israel, Corea del Norte, Reino Unido o Pakistán, que desarrollan sus propios programas.

Parece necesario reverdecer los viejos impulsos antinucleares que en la segunda mitad del pasado siglo movilizaron a los pueblos de todo el mundo en un clamor unánime contra la “destrucción mutua asegurada” en la que se basaba la estrategia nuclear de las grandes potencias. Si Kennedy supo frenar los impulsos belicistas de los jefes militares durante la crisis cubana ¿habrán de ser éstos los que mañana tengan que templar la impulsividad ignorante del nuevo residente en la Casa Blanca, si se da análoga situación? Mejor es no imaginarlo.