Diez chicos baleados en un día cualquiera

Gary Younge es un conocido y premiado periodista y escritor británico, colaborador habitual del diario The Guardian y del semanario estadounidense The Nation, cuyo último libro ha levantado una gran polvareda en EE.UU., llamada a remover muchas conciencias. Se trata de Another Day in the Death of America: A Chronicle of Ten Short Lives (“Otro día en la muerte de EE.UU.: Una crónica de diez breves vidas”) que salió a la luz el pasado 4 de octubre.

Armas

El autor eligió al azar el día 23 de noviembre de 2013, un día cualquiera en la vida norteamericana, en el que diez muchachos de entre 9 y 19 años de edad perdieron la vida por disparos de arma de fuego (ninguno de la policía). Tras recopilar los datos de ese día, Younge dedicó un año y medio a investigar las vidas sangrientamente truncadas de esos diez adolescentes, todos chicos, de los que siete eran negros, dos latinoamericanos y uno blanco.

Aunque víctimas de un arma de fuego el mismo día, las circunstancias de cada muerte son muy distintas y forman parte de ese aterrador dato estadístico que muestra que, en promedio, en EE.UU. cada día mueren a tiros siete niños o adolescentes, unos 2500 al año. Y que un joven estadounidense tiene 17 veces más probabilidades de morir de un disparo que sus iguales en otros países desarrollados.

Los casos descritos en este libro son muy variados. Un niño de 11 años muere en casa de su amigo de 12 cuando éste le está enseñando un rifle cargado que sacó de un armario. En Houston, ese mismo día, Edwin Rajo, de 16 años, está con su mejor amiga que hace poco se había comprado un rifle para protegerse de los miembros de una banda rival: “Éramos como niños -declaró ella al autor- Yo no sabía nada de armas: solo que sirven para disparar y eso es todo”. Se pusieron a jugar y, aunque habían quitado el cargador, una bala quedó en la recámara”. Ella mató a su amigo.

También los escenarios son distintos. Ese día por la mañana, un niño de 9 años (la víctima más joven reseñada) muere de un disparo hecho por el exnovio de su madre al abrirle la puerta de la casa en un tranquilo pueblo de Michigan, mientras que en los violentos arrabales del sur de Chicago (donde se dice que ni los perros se asustan ya por los disparos) un muchacho de 18 años es abatido inadvertidamente por su mejor amigo. Ambos estaban relacionados con bandas juveniles.

En Dallas, Samuel, un joven negro de 16 años, tras pasar la tarde en su casa con un amigo jugando al Uno, decide acompañarle de regreso. Es de noche y pasan junto a un automóvil con las luces apagadas, pero cuya luz de freno está encendida. Les extraña, pero siguen su camino. Un disparo mata a Samuel. ¿Un error de identificación? El amigo lloraba: “Hace un minuto jugábamos a las cartas… Diez minutos después ¡buum!”. Hasta hoy nadie ha sido detenido por este asesinato.

El autor no solo narra la historia de esas diez vidas prematuramente amputadas a tiros, sino el panorama de todo un país aquejado de un grave problema. Los diez jóvenes son el espejo de toda la nación americana. Younge es claro al respecto y admite que ni las bandas juveniles son algo peculiar de EE.UU., ni allí se educa peor a los hijos, pero señala que la gran diferencia entre ese país y otros comparables es “que se trata del único lugar donde, además de la yesca de la pobreza, la desigualdad y la segregación, entre otros problemas, hay que contar con el combustible que supone la existencia de armas, armas en todas partes, armas tan disponibles que esencialmente son inevitables”.

Mientras en EE.UU. no se acepte claramente esta realidad social, dice el autor, “el tipo de muertes registradas en mi libro seguirán ocurriendo. Podría haber escrito el mismo libro con los datos de cualquier sábado en los dos últimos decenios”. Y apunta: “Muchos chicos que morirán en las próximas 24 horas crecieron en difíciles circunstancias y llevaron unas vidas complicadas”. Aunque es fácil indignarse cuando en una escuela un pistolero asesina a unos cuantos alumnos esto permite olvidar el diario chorreo de otras vidas truncadas. Mientras la oposición a las armas personales se refiera solo a la protección de los inocentes que tienen buena imagen, “no se adivina quién escribirá defendiendo [a aquellos chicos]” que también murieron a tiros.

En EE.UU. se fabrican anualmente 11 millones de armas portátiles, cada vez más perfeccionadas y letales. Incluyen armas de guerra que se adquieren legalmente con su munición (cargadores de hasta 100 cartuchos). En algunos Estados se pueden llevar armas ocultas sin necesidad de permiso ni de entrenamiento alguno. La Asociación Nacional del Rifle promueve y apoya que así sean las cosas.

El lector descubre que las condiciones sociales (no exclusivas de EE.UU. salvo el irracional control de las armas privadas) son las que más contribuyen a convertir en víctimas probables a los pobres y desposeídos que, por lo general, también resultan invisibles para los medios de comunicación.
A modo de resumen, escribe Younge en tomdispatch.com: “Es una realidad en la que cultura, política y economía garantizan que, en promedio, cada día siete muchachos se levantarán de la cama pero no volverán a ella, mientras la mayoría del resto del país duerme profundamente”. Debería añadir que no son los únicos, puesto que según el FBI se producen 30 víctimas diarias en homicidios por arma de fuego en EE.UU.