Nosotros somos los tontos

La filtración de los “Papeles de Panamá” (llamados así en recuerdo de los “Papeles del Pentágono” que mostraron las ocultas alcantarillas de la guerra de Vietnam) ha puesto en manos de la prensa internacional los ficheros financieros de una empresa panameña que durante cuarenta años de actividad había acumulado más de once millones de documentos.

La desconocida fuente que descubrió este escándalo de proporciones mundiales justificó la revelación de los datos porque la “industria que gestiona la riqueza” ha financiado la delincuencia, la guerra, el narcotráfico y el fraude a gran escala: “He decidido sacar a la luz a Mossack Fonseca porque pensé que sus fundadores, empleados y clientes deberían responder por su participación en esos delitos, de los que hasta ahora solo una parte ha salido a la luz”. Estimó que harán falta años o décadas para que se conozca el verdadero alcance de las sórdidas operaciones de la empresa, aunque considera esperanzador el nuevo debate global que se ha abierto sobre este asunto.

El eco inicial que tales revelaciones tuvieron en España ha resultado silenciado por otros acontecimientos de política interior que han llevado el foco de la actualidad a la pugna por el poder, al forcejeo interpartidista para formar Gobierno y a los escándalos de una corrupción sistematizada que a diario salen a la luz. En otros países no ha ocurrido lo mismo.

En un seminario desarrollado en Oxford, un periodista británico que durante varios meses trabajó sobre innumerables documentos de los citados papeles, relacionados con la evasión de impuestos, resumió así sus conclusiones: “Básicamente, nosotros somos los tontos de esta historia. Antes creíamos que el mundo de los paraísos fiscales era una parte oscura, pero pequeña, de nuestro sistema económico. Lo que los papeles de Panamá nos han enseñado que ese es el [auténtico] sistema económico”, como escribe el prestigioso analista Alan Rusbridger en el último número de The New York Review.

Según el periodista citado, “El sistema económico es, básicamente, que los ricos y los poderosos abandonaron hace mucho tiempo el enrevesado asunto de pagar impuestos. Ya no los pagan más y no los han pagado durante mucho tiempo. Nosotros sí los pagamos, pero ellos no. La carga tributaria se ha ido alejando inexorablemente de las empresas multinacionales y de los potentados para recaer sobre la gente corriente”.

El procedimiento seguido, por lo que parece, es habitual y hasta los jóvenes cachorros educados en el privilegiado mundo de los multimillonarios recurren a él sin muchas dudas. El individuo o la empresa que dispone de sumas de dinero que desea ocultar al fisco toma contacto con Mossack Fonseca (MF) a través de un intermediario que puede ser un banco, un despacho de abogados o un gestor de inversiones. Éstos son los auténticos clientes de MF, que crean una empresa tipo en algún paraíso fiscal: Bermudas, Bahamas, Islas Vírgenes, etc. A partir de ahí, MF nombra a los directores que velan por la compañía, que a veces son personas del todo ignorantes del mundo financiero. Una mujer residente en un humilde suburbio de Panamá apenas cobraba 400 dólares mensuales por figurar como directora de innumerables empresas.

Más de uno de esos bancos intermediarios, que durante la crisis financiera hubieron de ser rescatados con dinero público, facilitaban de modo sistemático a sus clientes la evasión de impuestos, creando de este modo la irritante paradoja de que mientras con una mano el banco recibía fondos estatales para ayudarle a compensar las pérdidas causadas por sus torpes negocios, con la otra contribuía a que sus clientes defraudaran al mismo Estado que le estaba salvando.

En los círculos financieros de nuestros países se piensa a menudo que la cleptocracia es un problema de países lejanos y atrasados sobre los que mejor es no saber nada, como ciertas repúblicas africanas de sobra conocidas. Pero los papeles de Panamá revelan que los verdaderos estafadores son “los nuestros”: bufetes de alto prestigio radicados en distinguidas capitales occidentales, acreditadas instituciones bancarias y renombradas gestorías financieras cuyos dirigentes se relacionan estrechamente con los más altos niveles de la vida política y social.

El monto total de la evasión fiscal, documentada ya desde antes de la 2ª G.M., alcanza hoy 7,6 billones de dólares (7.600.000 millones), lo que significa un 8% del total de la riqueza mundial, según el economista estadounidense Gabriel Zucman. Toda esa riqueza evadida tiene otros efectos: mientras en muchos países en desarrollo las élites depredadoras prosperan evadiendo su riqueza, el hambre y la miseria se extienden entre la población que cae a niveles de vida propios de la era de la esclavitud.

En los países desarrollados el sistema económico que revelan los papeles de Panamá se basa en la desigual carga impositiva que recae sobre la población, que privilegia a los ya privilegiados y nos hace sentirnos tontos a los demás, como antes se ha dicho. Aún así, muchos otros pueblos envidian nuestra tontería porque allí se muere de hambre o de miseria por análogos motivos, o perecen ahogados al intentar escapar de una vida intolerable, huyendo hacia la tierra de los tontos que les parece el paraíso. ¿Hasta cuando los tontos y los miserables podrán seguir soportando un sistema económico mundial tan brutalmente injusto?