El reñidero sirio

El Kremlin no ha tenido que escarbar mucho en los antecedentes históricos más a mano para justificar su violenta participación en la guerra civil de Siria, que se ha agravado en los últimos días. Le ha bastado con aducir que le resulta más práctico y eficaz atacar al terrorismo en sus mismos orígenes que hacerlo en el territorio de la Federación Rusa, de donde proceden algunos de los asesinos que operan en Siria.

Es una justificación muy parecida a la que alegó la Casa Blanca tras los atentados de 2001, en la que Bush se basó para extender por todo el mundo la llamada guerra contra el terror: “Los iremos a buscar allí donde estén. Destruiremos a los terroristas en sus madrigueras para que no vengan a dañarnos en nuestra tierra”.

Aunque la mayoría de los ejecutores del 11-S procedían de Arabia Saudí, tras haber sido aleccionados y reclutados en Alemania y entrenados en EE.UU., la furia bélica del Pentágono se esparció ciegamente por Afganistán, Iraq, Pakistán, Yemen, etc. y sigue todavía, arrastrada por el impulso original, empeñada en una guerra sin un final claro y contra un enemigo impreciso e indefinible.

Es lo que les pasa a los imperios y a los países que aspiran a serlo. Creen que el poder de los ejércitos resuelve los más intrincados problemas políticos, étnicos, culturales, religiosos o económicos. Pero si cuando se hundían las torres gemelas neoyorquinas EE.UU. y Rusia parecían encontrarse en el mismo bando en relación con los grupos terroristas que entonces abanderaba Al Qaeda, ahora ambas potencias persiguen intereses no compartidos en lo que concierne al futuro del Estado sirio.

Más que lo relacionado con la permanencia o la expulsión del dictador sirio, quien ha dejado ya una sangrienta estela de sangre, destrucción y muerte entre su pueblo, no es difícil suponer que el Gobierno ruso aspira a recuperar una posición influyente en Oriente Medio, basada más en su fuerza militar que en el apoyo económico o diplomático a las autoridades de Damasco.

Los últimos ataques rusos no solo van dirigidos a combatir al Estado Islámico y al Frente Al Nusra, que son los enemigos que comparte con EE.UU. (y que también son enemigos entre sí), sino a recuperar Alepo para el Gobierno. Si lo consiguen, esto será un serio revés para los rebeldes -apoyados por EE.UU., Arabia y otros países del Golfo- pues se ampliará el territorio bajo control de El Asad y, sobre todo, Rusia se situará en una posición más ventajosa con vistas a los futuros acuerdos internacionales que hayan de alcanzarse para poner fin a la guerra.

Moscú se halla ante una difícil tesitura: puede reforzar su estatus como potencia influyente en Oriente Medio o puede enfangarse en un segundo Afganistán. Aprendida la lección de lo que fue aquel fracaso estratégico que desencadenó el fin de la Unión Soviética, la intervención rusa en Siria apenas implica acciones de combate terrestre y se basa principalmente en operaciones aéreas en combinación con la aviación siria.

No obstante, esto no garantiza que los rebeldes sirios no lleguen a poseer armas antiaéreas que pongan en serio peligro a la aviación rusa ni que el terrorismo islámico no se extienda por el interior de Rusia, al estilo de lo ocurrido en Francia o Bélgica, lo que llevaría a reproducir la crítica situación creada tras las guerras chechenas.

En todo caso, el Kremlin es consciente de la situación de transición en la que se halla EE.UU. a causa del proceso electoral y parece como si estuviera apresurándose a aprovechar el tiempo que queda hasta que un nuevo presidente se asiente en la Casa Blanca, para obligarle a aceptar el hecho consumado de una intensificada presencia militar rusa en Oriente Medio.

En su visita a Bruselas el pasado martes, el Secretario de Estado John Kerry reprochó a Rusia que hiciera la vista gorda ante los brutales ataques del Gobierno sirio contra su propio pueblo y mostró su pesimismo ante la reanudación de las conversaciones con Moscú para un nuevo alto el fuego.

Aunque en otras partes del mundo siguen produciéndose atrocidades en varias guerras civiles (Yemen, Sudán del Sur, Nigeria, República Central Africana, Somalia, etc.) el foco de la atención mundial está hoy puesto sobre Siria, porque en este país confluyen los conflictos más peligrosos para la comunidad internacional.

No es que un muerto sirio valga más que un yemení, sino que la guerra en Siria se hace omnipresente en los medios de comunicación porque es allí donde confluyen intereses de Washington, Moscú, las capitales europeas y los órganos financieros, industriales y comerciales del mundo. No se puede evitar el deslumbramiento que a los principales centros del poder internacional produce siempre una guerra prolongada, indecisa y en permanente evolución. Todas las guerras fomentan la producción industrial de los más variados sectores y sirven también de conducto para la publicidad de todo tipo, incluida la política. Es un detalle que no conviene olvidar.