El discurso democrático de un rey

El llamado “índice de desarrollo humano” es uno de los mejores indicadores del bienestar global de los habitantes de un país, desde el punto de vista de su calidad de vida. Es elaborado anualmente por el Programa de Naciones Unidas para el desarrollo y en él influyen tres aspectos importantes para la vida de las personas: la educación, la salud y el nivel de vida.

Las sociedades humanas necesitan cubrir unas necesidades básicas y otras complementarias y poseer los bienes suficientes para ello. Pero también necesitan desarrollarse dentro del respeto a los derechos humanos y en un entorno favorable para la vida de los ciudadanos. El criterio para valorar numéricamente los distintos aspectos de este índice ha sido criticado a veces por no abarcar ciertos ámbitos concretos, por lo que se han creado otros índices más específicos, como el “índice de desigualdad de género”, que valora la situación social de la mujer, o el “índice de progreso social”, que mide medio centenar de indicadores relativos a las necesidades humanas básicas, al bienestar fundamental y a las oportunidades de progreso de los habitantes.

Dicho lo anterior, hay que señalar ahora que existe un Estado que durante los últimos 16 años ha sido el que sistemáticamente ha encabezado la lista de países con mejor desarrollo humano. Pero no es solo esto. Ese mismo país, según los últimos datos disponibles, es también el 1º en progreso social, el 5º en el índice de desigualdad de género y el 2º en renta per capita, en esperanza de vida masculina y en número de médicos en activo por habitante.

Ese país es Noruega. No parece exagerado admitir que ocupa un destacado lugar en lo relativo a las condiciones favorables para la vida de sus ciudadanos, gracias a una economía modelo, basada en el Estado del bienestar (ese que tan rápidamente se está deteriorando en otros países del mundo desarrollado) y bien diversificada en distintos campos.

Pero deben existir otros factores que también han contribuido, sin duda alguna, a la ventajosa posición que Noruega ocupa en el concierto de las naciones, aunque carezca de armas nucleares, de bases militares en el extranjero o de apetencias imperiales de cualquier tipo. El pasado 1 de septiembre se desveló en parte en qué consiste el “valor añadido” de la nación escandinava.

Ese día, en los jardines del palacio real de Oslo, con motivo de una recepción que reunió a unos 1500 invitados para celebrar los 25 años de reinado de Harald V (que cumplirá 80 años en febrero próximo), el rey emocionó y revolucionó no solo al auditorio sino a los millones de personas que enseguida entraron en internet para buscar la traducción de las palabras que pronunció el monarca en una breve y apasionada intervención. Un sorprendente alegato en favor de los refugiados, de la tolerancia religiosa, la diversidad sexual y de género: “Los noruegos son mujeres que aman a otras mujeres, hombres que aman a otros hombres y hombres y mujeres que se aman los unos a los otros”.

No estuvo menos claro al hablar de los inmigrantes: “Los noruegos vienen del norte, del centro, del sur y de otras regiones de Noruega. También son los inmigrantes de Afganistán, Pakistán, Polonia, Suecia, Somalia y Siria. No es siempre fácil decir de dónde venimos, qué nacionalidad tenemos”. No hizo de la religión un obstáculo insalvable, propiciador de odios y guerras: “Los noruegos creen en Dios, en Alá, en el universo o en nada”.

Desmitificó esa idea de patria que a tantos crímenes y desatinos conduce, repitiendo en idioma noruego el viejo adagio latino Ubi bene, ibi patria (La patria es donde se está bien): “No es fácil decir de dónde somos o qué nacionalidad tenemos. El hogar es donde está el corazón, y eso no entiende de fronteras. En otras palabras, tú eres Noruega. Nosotros somos Noruega”.

Durante su reinado, Harald de Noruega ha sabido conciliar los sentimientos con la política, revolucionando ésta y modernizando la monarquía. Fue el primer heredero de una casa real europea que se casó con una plebeya por amor, contra los deseos de su padre y del Gobierno. Hizo posible la sucesión de las mujeres al trono y la elección de una mujer como jefa de la Casa Real. En veinticinco años de reinado ha demostrado que se puede contribuir a gobernar también desde los sentimientos humanos.

“Mi mayor esperanza para Noruega -terminó el monarca su alocución- es que seamos capaces de cuidar unos de otros. Que continuemos construyendo este país. Que sintamos que somos, a pesar de nuestras diferencias, un solo pueblo”.

Una valiosa lección de democracia, expuesta por el miembro reinante de una monarquía -en realidad, bastante “desmonarquizada”-, de la que algo deberían aprender muchas personas. Como esos ciudadanos de EE.UU., la “tierra de los [hombres] libres y el hogar de los valientes” (según reza el himno nacional), que apoyando un programa exactamente opuesto al del rey Harald V de Noruega, han llevado a un anómalo personaje político llamado Donald Trump hasta el umbral de la Casa Blanca. O los europeos emponzoñados por la xenofobia que apoyan ideas análogas a las que inspiraron al régimen nazi. Un rey predicando democracia: ¡extraña paradoja!