El oscuro embrollo sirio

Para empezar, propongo al lector interesado en la política internacional un breve experimento. Consiste en abrir una página de Wikipedia titulada: “Anexo: Grupos armados de la Guerra Civil Siria” que se halla en este enlace:
https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Grupos_armados_de_la_Guerra_Civil_Siria

No intente contar, aunque solo sea por curiosidad personal, el número de protagonistas activos en este embrollado conflicto: varios Estados soberanos (incluyendo Siria y las dos superpotencias nucleares), milicias kurdas, organizaciones islámicas suníes y chiíes, grupos sirios enfrentados al Gobierno, milicias políticas o religiosas, facciones de esas milicias… voluntarios extranjeros no especialmente agrupados, etc. etc. Se trata de un auténtico rompecabezas en el que, para complicar aún más el asunto, es muy difícil determinar en cada momento quién ayuda a quién o quién ataca a quién, dado que no existen dos bandos claramente definidos y que las alianzas entre los distintos grupos son fluctuantes y responden a intereses muy diversos y a menudo incompatibles entre sí.

Hay otra razón que hace difícil entender lo que está ocurriendo sobre el terreno: la mayoría de los corresponsales de los grandes medios de comunicación allí destacados tienen acceso bastante limitado a ciertos acontecimientos, so pena de ser considerados espías y degollados ante las cámaras a modo de ejemplarizante condena, como ya es sabido.

A la opinión pública llegan de cuando en cuando algunos mapas que intentan simplificar y desentrañar el embrollo geopolítico sirio, como el que abre este comentario, difundido por la BBC. Los hay todavía más detallados y, por tanto, mucho más complicados -recuerdan a los mosaicos decorativos de ciertos edificios-, en los que se intenta situar geográficamente a los numerosos sujetos activos que se mueven sobre el terreno disputado. Le ahorraré al lector la pesadilla de intentar interpretarlos.

Por encima del enjambre de facciones en lucha se cierne el aplastante poder militar de las dos superpotencias cuyo endeble acuerdo de colaboración para lograr un alto el fuego duradero parece hoy estar prendido con alfileres. Dada la inherente desconfianza mutua que muestran EE.UU. y Rusia, acrecentada por los acontecimientos en Europa Oriental, las frecuentes violaciones del acuerdo son utilizadas como armas verbales para desacreditar al rival, aunque a menudo no se llega a conocer qué grupo es el responsable de la violación. En todo caso existen dos campos claramente enfrentados cuando se trata de intercambiar acusaciones: EE.UU. y sus aliados por una parte y Rusia con sus seguidores en Oriente Medio y el Este de Asia, por otra.

El pasado sábado se produjo un grave incidente cuando la aviación de EE.UU. atacó a tropas sirias leales al Gobierno, causando casi un centenar de víctimas. A pesar de las disculpas de EE.UU., tanto Damasco como Moscú obtuvieron réditos propagandísticos del hecho gracias a una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU solicitada por Rusia. En ella los representantes de ambas potencias se cruzaron duros reproches. Rusia acusó a EE.UU. de ayudar al Estado Islámico contra el Gobierno sirio y la representante estadounidense criticó de “cínica e hipócrita” la petición rusa para convocar el Consejo de Seguridad, aduciendo que Moscú nunca lo convocó cuando el dictador sirio aniquilaba a su población.

Otro conflicto se produjo el lunes siguiente a causa del ataque a un convoy de ayuda humanitaria destinado a Alepo, atribuido por EE.UU. a la aviación siria o rusa, aunque ambas partes lo niegan. Esto impulsó a la ONU a suspender temporalmente las operaciones de abastecimiento. Como telón de fondo se producen numerosas violaciones del alto el fuego, que recíprocamente se echan en cara el ejército sirio y los grupos rebeldes.

Aunque el esfuerzo combinado de los ministros de Asuntos Exteriores de EE.UU. y Rusia fue el paso más importante dado hacia la paz en Siria, esas violaciones y los obstáculos que encuentra la ayuda humanitaria para llegar a la población hacen temer un nuevo fracaso.

En el fondo de la cuestión sigue estando un problema casi irresoluble: los encontrados intereses que sobre Siria mueven a ambas potencias. Rusia respalda al presidente sirio, junto con Irán y las diversas milicias chiíes; por su lado, EE.UU., junto con Turquía y los Estados árabes del Golfo, cooperan con las milicias suníes que tratan de derrocarlo. Solo parecen coincidir ambas partes, y no siempre, en su deseo de frenar la progresión del Estado Islámico y en último término destruirlo.

Casi seis años de guerra civil internacionalizada han causado más de 250.000 víctimas mortales. Han expulsado de sus hogares a unos 11 millones de habitantes (la mitad de la población siria), creando una grave crisis de refugiados que afecta a Oriente Medio y a Europa (donde la crisis inmigratoria está deteriorando los lazos intraeuropeos) y han fomentado una oleada de ataques terroristas en todo el mundo, que contribuye a reforzar las tendencias xenófobas de los grupos ultraderechistas. Frente a todo esto, los retóricos discursos que estos días resuenan en la Asamblea General de Naciones Unidas, en boca de numerosos jefes de Estado, solo contribuyen a aumentar el descrédito de esas políticas oficiales que se mueven tan alejadas de los intereses reales de la mayoría de los seres humanos.