Un herrumbroso obús en el Pirineo

Huyendo de los calores estivales, el caminante que busca en las alturas pirenaicas el frescor que le niega la áspera Iberia, agostada y abochornada en este anómalo verano, puede hallar sorpresas que no están relacionadas con los bellos paisajes de montaña, los abruptos peñascos que esperan al escalador o los ibones de agua clara y fresca. Una sorpresa como la que muestra esta fotografía.

Al recorrer la ruta N-330a, la antigua carretera general de Jaca a Francia, entre Candanchú y la histórica estación de Canfranc, casi a mitad de camino entre ambos parajes y al pie de una cerrada curva que pasa sobre el barranco de Rioseta, se alzan todavía las instalaciones de un cuartel militar de alta montaña, abandonado hace ya algunos años, en las que el paso del tiempo ha ido dejando su huella.

En otros tiempos fue lo que algunos de los que por allí anduvieron, militares profesionales o soldados “haciendo la mili”, calificaban como el “campo base de la élite del alpinismo militar”. Un cuartel dependiente de la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales, radicada en Jaca.

Pisando los campos ya resecos a finales de agosto, el caminante se topa, cara a cara, con el viejo obús herrumbroso que parece apuntar directamente a los edificios del abandonado cuartel. ¿Qué hace aquí esta solitaria pieza de museo, al alcance de cualquier paseante curioso? Al otro lado del recinto vallado que protege el cuartel, se percibe también la silueta de otra pieza de artillería similar, abandonada en un camino, aunque inaccesible para los viajeros. Dos antiguos obuses de campaña, memoria física de un pasado bélico ya casi olvidado.

Lo primero que se advierte en este veterano artefacto es su “desnudez”: le falta el escudo protector que resguarda a los sirvientes de la pieza contra la metralla o los disparos de armas ligeras. Es natural. La sólida chapa de acero con la que está fabricado se vende bien en el mercado de la chatarra. Sorprende, por otro lado, que el resto del cañón no haya tenido el mismo destino.

La palanca del cierre que abre la recámara, donde el artillero cargador de la pieza introduce a mano el proyectil, está a medio camino entre abrir o cerrar. ¿Cuándo se habría accionado por última vez? ¿En qué lugar se habría escuchado “la espantable furia de aqueste endemoniado instrumento de la artillería”?, usando las palabras de Don Quijote, que tanto detestaba las “cobardes” armas de fuego.

Lo más probable es que su vida activa haya concluido en un campo de tiro, instruyendo a un reemplazo de reclutas artilleros. Pero es muy probable, casi seguro (dado el modelo: un obús de 155/13 Schneider, mod. 1917, fabricado en Trubia), que años antes habría participado en la Guerra Civil española.

El viajero inquisitivo se preguntará cuántas personas habrán sufrido el efecto de sus disparos: cuántos muertos, heridos, mutilados… ¿En qué batallas de la fratricida guerra española habrá participado? ¿Cuántos edificios, viviendas, caseríos, escuelas… habrá destruido? No es una pregunta extraña pues, al fin y al cabo, esa fue su misión; también la de quienes lo proyectaron y construyeron y la de los artilleros que lo utilizaron en campaña en apoyo de las operaciones de combate.

Pero también puede preguntarse cuántos de sus sirvientes habrán muerto al pie de este cañón. Atendiéndolo, apuntando, cargando, disparando, limpiándolo… Una habanera muy conocida (El meu avi) describe las andanzas de un navío de guerra catalán que defendía en 1898 las Antillas españolas frente a la escuadra americana. Y recuerda con estima a els mariners de Calella que componían la tripulación, que varem morir al peu del canó, lo que es el más tradicional sello de honor para todo artillero.

Es obligado aquí recordar al autor de la citada habanera: José Luis Ortega Monasterio, coronel de Infantería, hombre polifacético, cantante y compositor, que también anduvo por estos lugares, destinado en la Escuela Militar de Jaca.

El viajero prosigue su camino, pero ahí queda, entre las montañas, el viejo obús, dormido en el sueño eterno de los metales condenados a morir por oxidación. ¿Estará soñando? ¿Recordará su pasado? ¿Tendrá pesadillas? Si es así, es seguro que en ellas se le aparecerán los temibles “drones de Obama”, sus modernos y refinados herederos en la interminable historia de las armas de guerra de la humanidad.

Historia que en la mitología bíblica se remonta a la quijada de burro con la que Caín mató a Abel pero que en su más honda base psicológica está enraizada en la misma agresividad humana que hoy, en España, hace posible asesinar, atravesándola a estocadas, a una atribulada vaquilla en cualquier festejo popular, ante el exultante regocijo de los espectadores.

(Fotografía: Javier Hernández)