Sobre Crimea, Ucrania y el pueblo judío

No es fácil desde Europa entender a Ucrania, ese Estado que hoy habitan unos 45 millones de habitantes en un territorio algo mayor que el de España y que se extiende desde el corazón europeo de los Cárpatos polacos hasta las orillas rusas en el mar de Azov.

Un ejemplo claro de confusión es la interpretación del conflicto de Crimea, península que fue conquistada al imperio otomano bajo el reinado de Catalina II, para quien los pueblos eslavos del Sur eran “la pequeña Rusia”. Para ella, se estaba “recuperando lo que le había sido arrebatado” en el pasado. Crimea fue pronto repoblada por rusos, más algunos griegos, armenios y judíos. La pequeña Rusia se convirtió en el granero que alimentó al Imperio y cuya producción agrícola fue el principal recurso comercial con Europa.

Tras la 1ª G.M. y durante la guerra civil que siguió a la revolución soviética, Ucrania padeció las violencias de la guerra y una hambruna que exterminó a varios millones de ucranianos. Fue invadida después por los ejércitos nazis, que en la parte occidental del país fueron recibidos como liberadores de la patria del yugo soviético; no fue así en el Donbás, donde la minería sostenía a una población obrera predominantemente comunista. Durante los tres años de ocupación, el pueblo ucraniano sufrió una brutal explotación, deportado a Alemania como mano de obra esclava. Tras ser liberados, muchos ucranianos fueron considerados sospechosos y desterrados a los campos siberianos, la misma suerte que corrieron los soldados soviéticos apresados por los alemanes, cuando quedaron libres.

Ahora interviene Jruschov, un ruso cuya carrera política se había desarrollado en Ucrania. Movido por una idílica idea de la hermandad eslava entre rusos y ucranianos, en 1954 logró que el Soviet Supremo de la URSS sellara esa hermandad con un decreto que regalaba Crimea a la República Soviética de Ucrania. Era un regalo envenenado, como se ha visto después, y su recuperación por el Gobierno de Moscú parece responder a una cierta lógica histórica.

Pero vayamos a lo que hoy nos preocupa. Tras las vicisitudes antes citadas se nota ahora en Ucrania un aparente reverdecer de los recuerdos favorables a los criminales de guerra que durante la ocupación nazi secundaron a los invasores y contribuyeron a diezmar a la numerosa población judía, una de las mayores comunidades hebreas de todo el mundo y el foco histórico principal desde donde el judaísmo se propagó por Europa desde los primeros tiempos de la diáspora.

Durante la ocupación alemana, hubo dos grupos que lucharon a favor de los nazis contra la URSS: la Organización de los Nacionalistas Ucranianos (ONU) y el Ejército Insurgente Ucraniano (EIU). Ambas son responsables del asesinato de miles de judíos y polacos. Su aspiración era una Ucrania libre de rusos, judíos y comunistas, aliada fiel de una Alemania que garantizaría su independencia. Sus dirigentes no parecían estar al tanto de las teorías nazis sobre los “infrahombres” eslavos que con su trabajo esclavizado alimentarían a los brillantes arios del “Imperio de los mil años”.

El sentimiento nacionalista y antirruso, creciente en Ucrania, ha llevado al Gobierno a rehabilitar a unos presuntos “héroes”, como Stepan Bandera y Roman Sujévich, y dar su nombre a unas calles de Kiev. El primero fue el líder de ONU y el segundo ejerció el mando del EIU. A ambos se atribuye el asesinato de miles de judíos ucranianos.

A la ya muy dividida población de Ucrania se suma ahora la nueva grieta abierta entre la comunidad judía (la segunda más importante en Europa) y el renacido nacionalismo ucraniano, antirruso y proeuropeo. Hace unos meses, más de una veintena de organizaciones judías publicaron una declaración condenando duramente los honores oficiales que iban a concederse a los dos citados dirigentes y manifestando que eso constituía una negación del Holocausto “que borra de nuestra historia compartida las trágicas páginas relacionadas con la actividad antisemita de las milicias”.

Esta tendencia no es exclusiva de Ucrania: el temor a la agresividad rusa, la nostalgia del pasado y, en algunos casos, un claro antisemitismo han inspirado en Hungría, Lituania y otros países la rehabilitación de viejos colaboradores nazis que entran en la categoría de héroes nacionales pero son vistos por la comunidad judía como criminales de guerra.

Preocupa en ésta la idea de que en la Ucrania posterior a la “revolución naranja” la historia moderna se va a construir sobre los mitos de quienes fueron unos asesinos. “Ahora, la versión oficial del EIU intenta lavar su imagen antisemita, pero en el futuro ésta saldrá a la luz, se popularizará y reforzará el odio a lo judío”, declaró un asesor ucraniano del Museo judío de Moscú. Se teme el afianzamiento de la opinión de que los judíos asesinados en Ucrania no lo fueron por su religión o su raza sino por el apoyo que prestaron al comunismo y sus crímenes.

Este aparente renacer del fascismo en Europa Central (aquí con un claro tinte antisemita) corre paralelo con análoga tendencia en el mismo Israel, según denunció recientemente el exprimer ministro Ehud Barak. Un nuevo y enrevesado conflicto que se cierne sobre una Europa ya de por sí agitada, herida y que no parece encontrar el camino hacia un futuro más luminoso.