Disuasión nuclear: ayer y hoy

Durante el mes de julio de 1946, hace 70 años, el atolón de Bikini en las islas Marshall fue el escenario de las dos primeras pruebas atómicas efectuadas por EE.UU. en el Pacífico, operación que se conoció con el nombre clave de Crossroads (encrucijada). Se utilizaron dos bombas de diseño y potencia (21 kilotones) similares a las lanzadas contra Japón el año anterior: una hizo explosión a baja altura y la otra, bajo el mar.

El objetivo era una vasta escuadra reunida en torno al acorazado Nevada, el único gran buque de guerra que pudo ponerse en marcha y escapar durante el ataque japonés a Pearl Harbour. Además de navíos estadounidenses cuya reparación ya no compensaba, había buques japoneses y alemanes apresados. En algunos se habían encerrado manadas de cerdos, para estudiar sobre sus cuerpos el efecto de la radiación nuclear.

Aparte de la espectacularidad visual de ambas explosiones nucleares (4ª y 5ª de la Historia, las primeras que pudieron ser libremente observadas), los efectos destructivos sobre la flota fueron algo menores de lo que se esperaba, por lo que la investigación científica se orientó por el camino de los megatones, como ya es de sobra sabido.

Estas pruebas fueron una verdadera “encrucijada” en la política internacional y poco después Molotov, entonces ministro de Asuntos Exteriores soviético, declaraba que EE.UU. estaba dividiendo el mundo en dos bandos y pretendía hacerse con la hegemonía mundial mediante la guerra. Empezaba la Guerra Fría.

Fueron también una “encrucijada” para los desdichados aborígenes del atolón que, a pesar de ser transportados forzosamente de uno a otro lugar (como muestra el sello conmemorativo arriba reproducido) y acabar sufriendo los efectos del cesio radioactivo que contaminó la tierra y el océano, fueron ignorados por los medios de comunicación.

Pero la encrucijada más crítica en que dichas pruebas pusieron a la humanidad fue el nacimiento de la “teoría de la disuasión nuclear”: amenazar a cualquier posible atacante con la represalia mediante unas armas tan catastróficas que llevarían a la “destrucción mutua asegurada” (MAD en sus siglas inglesas, “loco”).

Uno de los padres de la teoría, Bernard Brodie (conocido como el Clausewitz de EE.UU.), tituló así un capítulo de su “Guerra y política”: “Las armas nucleares: la utilidad de no usarlas”. Afirmaba en él que si la misión de los ejércitos había sido ganar las guerras, en el futuro su propósito habría de ser evitarlas. De hecho, las potencias nucleares han seguido interviniendo en numerosas guerras e incluso han sido derrotadas en ellas (como en Vietnam o Afganistán) sin recurrir al arsenal nuclear aunque el mundo se haya asomado alguna vez al borde del abismo.

Mucho esfuerzo intelectual se ha dedicado a analizar y desentrañar este irracional concepto sobre el que para algunos se basa el equilibrio internacional, aunque equivalga a estar sentado sobre un barril de pólvora cuya mecha nadie ha encendido todavía.

Aún así, en el parlamento británico hace unos días se ha vuelto a discutir sobre la disuasión nuclear con motivo de la renovación de los misiles nucleares Trident que arman los submarinos Vanguard de la flota de su majestad británica. La primera ministra, Theresa May, interpelada por un diputado escocés sobre si estaría dispuesta a autorizar un ataque nuclear capaz de matar a 100.000 personas inocentes, respondió así: “Ciertamente. Y manifiesto a su señoría que la base de la disuasión consiste en que nuestros enemigos sepan que podríamos usarla, al contrario de lo que piensan algunos diputados laboristas, que creen que se puede poseer armas de represalia sin voluntad de utilizarlas”.

El líder laborista Corbyn, recordando la potencia nuclear británica (40 armas ocho veces más potentes que la de Hiroshima), preguntó: “¿Qué es lo que nos amenaza que pudiera disuadirse con un millón de muertos?… cuando no hemos podido frenar al Estado Islámico, ni las atrocidades de Sadam Husein, los crímenes de guerra en los Balcanes o el genocidio de Ruanda”. Concluyó: “No creo que la amenaza de un asesinato masivo sea el modo de gestionar las relaciones internacionales”.

En su respuesta, la primera ministra estimó que sería un abandono del deber reducir o abaratar el programa nuclear británico, que no aceptaría “nada que no cumpla con la misión” y que no estaba dispuesta a seguir el ejemplo de otros países, como Sudáfrica, Argentina o Brasil, que voluntariamente adoptaron el desarme nuclear.

El Gobierno logró aprobar con una gran mayoría (incluidos muchos diputados laboristas) la renovación de los misiles Trident en los cuatro submarinos de la flota que los arman. Su misión estratégica sigue siendo la disuasión nuclear, a pesar de las dudas que este concepto sigue suscitando desde que Brodie lo alumbró en 1945 y el permanente, aunque poco visible, riesgo de seguir viviendo al borde del precipicio, como alertó William Perry en 2015 y comenté en estas páginas el pasado 30 de junio.