Dos golpes de Estado: Turquía-2016 y España-1981

Es de sobra conocido en España que el golpista Tejero, una vez ocupado a tiros el salón de plenos del Congreso por sus guardias civiles y tras reunirse con el general Armada, cuando supo quiénes iban a ser los miembros del nuevo Gobierno que sustituiría a sus odiados “políticos” entonces en el poder, se sintió traicionado y engañado. Para él, el único presidente de Gobierno aceptable era el entonces capitán general de Valencia Milans del Bosch, hombre de innegable prestigio en el Ejército y de comprobada lealtad monárquica, que encabezaría una junta militar. No era esa la solución que se le ofrecía.

Ahí puede decirse que se inició la desactivación de aquel golpe que, por otra parte, había alcanzado muchos de los objetivos que no supieron conseguir los recientes golpistas turcos, cuya incompetencia, amateurismo y descoordinación revelaron claramente que no habían leído ninguna de las numerosas narraciones o libros de memorias que generó el 23-F español.

Aquel día, al contrario de lo ocurrido en Turquía la pasada semana, los españoles se refugiaron en sus casas o en los domicilios de los amigos más fiables. El grupo satírico musical “La Trinca” lo reflejó así en una versión de “La danza del sable” que pronto se popularizó:

“Qué noche la de aquel día / aquello fue un melodrama
pasamos la función / todos bajo la cama.
No nos pongamos nerviosos / El pueblo por lo visto
dio pruebas de gran madurez / y una repentina invalidez.
Y así este pueblo tan maduro / ¡qué tragedia, que sainete!
se pasó toda la noche / encerrado en el retrete
escuchando el transistor, / conmovedor”.

Los primeros momentos del golpe acallaron cualquier expresión popular de rechazo. El ruido de sables sonaba muy amenazador en aquella España de incipiente y débil democracia, que albergaba los vestigios del franquismo. Los principales resortes del poder se lo pensaron bien antes de actuar. Ningún español salió a la calle a frenar el golpe, pero tampoco hubo ningún capitán general que en cumplimiento de la Constitución pusiera sus tropas a las órdenes del Gobierno legalmente constituido. Una serie de azares, contingencias imprevistas y la inconstitucional intervención televisiva del Rey contribuyeron a desactivar el peligro. Solo entonces los españoles salieron a la calle a festejarlo.

En Turquía las cosas han sido muy distintas. No existió el Milans del Bosch turco. Faltaba una figura tras la que marcharan unánimes los sublevados. Pocos altos mandos se involucraron en la asonada. Ningún partido político les mostró apoyo explícito. Cae por su peso la inverosímil explicación de que los hilos del complot habían sido movidos por un clérigo islamista exiliado en EE.UU., cuya mágica intervención era capaz de motivar a los soldados de unas fuerzas armadas educadas en su misión tradicional como garantes del laicismo del Estado.

En este punto radica uno de los ejes del problema: el soterrado y continuo enfrentamiento entre unos ejércitos nacidos del laicismo kemalista y un poder político hoy orientado hacia la islamización, lenta pero implacable, que ha ido depurando los cuadros de mando militares. Tras el fracaso del golpe Erdogan declaró: “Pagarán un alto precio por esto. Es un regalo de Dios porque nos dará un motivo para depurar el ejército”.

Pero hay más cuestiones involucradas en el asunto. Muchos son los sectores más educados de la población turca que consideran a Erdogan responsable de la desestabilización política, por su creciente autoritarismo, la persecución de los oponentes y la reanudación de la guerra civil en el Kurdistán, dando al traste con los esfuerzos pacificadores de los últimos años. Son algunos de los aspectos que pudieron motivar a los militares a creer que las circunstancias favorecerían su iniciativa.

Pero el contacto directo con la población ha sido más eficaz por el Gobierno que por los sublevados, que no supieron explicar sus objetivos. Erdogan, por el contrario, movilizó a la masa popular a través de las redes sociales y con la inestimable ayuda de las mezquitas. Además, subyacen en el fondo del alma turca viejas experiencias sobre la brutalidad de las anteriores dictaduras militares, que a muchos les han hecho detestar a los soldados tanto como a Erdogan.

Ahora Erdogan tiene las manos libres para aprovecharse de una situación que él considera como un voto de confianza popular a su persona. Modificará la Constitución haciéndola más presidencialista y depurará las instituciones del Estado. Si restablece la pena de muerte, sus relaciones con Occidente empeorarán. Los Gobiernos occidentales no han podido menos que alabar el fracaso del golpe porque restableció la democracia nominal, pero lo han hecho sin entusiasmo. La Turquía de Erdogan no podrá aspirar a entrar en la UE y ahora es un incómodo aliado otánico.

El equilibrio de la situación pende de un hilo. Turquía no encuentra su puesto en el crítico lugar geoestratégico en que se halla, apenas posee aliados próximos y aunque Erdogan no ha cometido el error de sentarse sobre las bayonetas del ejército, como explicó Talleyrand, sí reposa sobre las armas de una policía cada vez más militarizada, lo que a efectos de política interior viene a ser la misma cosa. Negros nubarrones nos llegan desde el Bósforo.