Blandiendo las armas nucleares

OTAN

Se va a celebrar en Varsovia los días 8 y 9 de julio una conferencia cumbre de los países miembros de la OTAN, en unas circunstancias peculiares que crean inquietud sobre los resultados que en ella se alcancen. Un aspecto destacado será la presencia, ostentando -como es habitual- el verdadero poder de la Alianza, de un presidente de EE.UU. en la fase terminal de su mandato y cuyo relevo al frente de la Casa Blanca se presenta peligrosamente incierto.

Otra incertidumbre añadida, no prevista cuando se planeó la conferencia, es el proceso de separación del Reino Unido de la UE, aunque el Secretario General de la OTAN se haya apresurado a declarar que “seguirá siendo un aliado fuerte y comprometido de la OTAN y continuará jugando un papel destacado en nuestra Alianza”. Palabras que expresan un diplomático deseo pero eluden describir la realidad de un aliado importante sumido en una profunda crisis interna.

Pero el telón de fondo sobre el que se proyectan las preocupaciones otánicas sigue siendo Rusia. Son numerosas las voces y abundantes los documentos que en el ámbito de la OTAN apuntan a la necesidad de organizarse para contener las supuestas aspiraciones de Moscú, no solo en territorio europeo sino también en los espacios árticos, en el Mediterráneo y en Oriente Medio.

Por otro lado, la OTAN y Rusia comparten ahora un mismo enemigo, el Estado Islámico, por lo que sus relaciones no siguen un patrón idéntico al de la Guerra Fría, en la que la confrontación era total y universal y no había áreas de coincidencia.

Para complicar algo más la cuestión, en un documento usado en la planificación de la conferencia un destacado exdirigente del ministerio de Defensa británico, tras insistir en la necesidad de aumentar los gastos de defensa de los socios de la OTAN y de reforzar su presencia en Europa Oriental, se propone “reformular el papel de las armas nucleares en la estrategia disuasoria de la Alianza y empezar a ejercitar de modo más visible esta capacidad”.

¡Ahí es nada! ¡Recordar que las armas nucleares, como el dinosaurio, “todavía están ahí” y que conviene blandirlas de cuando en cuando! ¿Para amenazar al enemigo? ¿Para evitar que se oxiden, física y organizativamente? ¿Para sentirse más seguros?

Aunque en otros documentos manejados también en los despachos de la OTAN se aconseja moderación al referirse a las armas nucleares, para “evitar que se reduzca el umbral de empleo de dichas armas” o al discutir sobre el despliegue de armas nucleares tácticas de EE.UU. en Europa, es opinión extendida entre los estrategas otánicos que la OTAN seguirá siendo una “alianza nuclear” mientras exista ese tipo de armas.

No sería superfluo llamarles la atención sobre las memorias de William Perry, que fue Secretario de Estado entre 1994 y 1997, donde relata su “viaje por el borde del precipicio nuclear” (My Journey at the Nuclear Brink, Stanford 2015) . Basándose en sus larga experiencia en las interioridades de la era nuclear (se inició en la investigación científica para la Defensa en 1954), advierte que “hoy, el peligro de una catástrofe nuclear es mayor que durante la Guerra Fría y la mayor parte de la gente ignora felizmente este peligro”. Insiste en la opinión de Einstein de que “el poder desencadenado del átomo lo ha cambiado todo, menos nuestro modo de pensar”.

Tiene gran interés la parte del libro dedicada a la crisis de los misiles en Cuba, en la que intervino directamente como analista. Tras el ultimátum de Kennedy que amenazaba con una “respuesta total contra la URSS”, escribe que todas las mañanas, al entrar en el Centro de análisis, temía que ese pudiera ser “su último día sobre la Tierra”.

Solo la suerte evitó un holocausto nuclear. La humanidad estuvo al borde del abismo. Los transportes soviéticos que navegaban hacia la zona bloqueada iban escoltados por submarinos con torpedos nucleares. Por la dificultad de las comunicaciones navales, los capitanes estaban autorizados a dispararlos sin pedir autorización. Cuando un destructor de EE.UU. ordenó emerger a un submarino, el capitán y el comisario político decidieron utilizar un torpedo. Solo la presencia casual del almirante de la flota en ese mismo submarino evitó el inicio de una guerra nuclear.

También durante esa crisis un avión de reconocimiento de EE.UU. con base en Europa erró su ruta y penetró en el espacio soviético. Rápidamente salieron a su encuentro los cazas rusos y a la vez despegaron desde Alaska los equivalentes norteamericanos. El piloto reconoció a tiempo su error y regresó sin que hubiera intercambio de disparos. Para más complicaciones, el lanzamiento de prueba rutinario de un misil intercontinental esos mismos días desde una base californiana estuvo a punto de ser valorado por la URSS como un ataque de misiles que desencadenaría la respuesta automática. La suerte y Kennedy evitaron la catástrofe.

Perry también critica las decisiones de la OTAN de ampliar su territorio hasta las fronteras rusas y de abandonar el Tratado de misiles antibalísticos firmado por Nixon. Son valiosos consejos de un experto en estrategias nucleares, que vivió consciente al borde del abismo, que no deberían ser ignorados en la próxima cumbre varsoviana de la OTAN.