Los guerreros natos

El centenario de la Primera Guerra Mundial está teniendo ecos repetidos en muchos de los países que en ella participaron. Exposiciones, conferencias, mesas redondas, libros, ensayos, etc. irán recordando sucesivamente hasta 2018 los acontecimientos de aquella guerra -la primera que pudo calificarse como “mundial”- y las consecuencias que trajeron consigo, de las que algunas siguen marcando la actualidad de hoy, un siglo después.

LibroJungerEl polifacético historiador y filósofo alemán Ernst Jünger publicó en 1920, con 25 años, su primera obra, In Stahlgewittern (editada y traducida al español como “Tempestades de acero”), en la que narra sus experiencias personales durante la citada guerra. El título original era algo más complejo: “En tempestades de acero: diario del jefe de infantería de asalto Ernst Jünger, soldado voluntario y después teniente en el 73º Regimiento de Hannover”.

Conviene recordar que Jünger puede ser considerado un “guerrero nato”, un hombre nacido para hacer la guerra. Con 18 años abandonó su familia y se alistó en la Legión extranjera francesa, en una de cuyas guarniciones africanas adquirió la formación militar básica. Un año después, a finales de 1914, entró en combate como voluntario en el frente occidental europeo y permaneció en activo durante toda la guerra. Participó en numerosas batallas, siempre en Francia, y fue herido en catorce ocasiones. Pudo haber abandonado dignamente el frente como convaleciente de guerra pero siempre prefirió volver a primera línea. Fue el más joven militar alemán que obtuvo la renombrada Cruz Azul prusiana, la máxima condecoración de guerra, conocida como Pour le Mérite. Años después, Jünger se ofreció de nuevo como voluntario durante la 2ª Guerra Mundial, pero no fue aceptado como combatiente debido a su edad.

Una nueva traducción del libro de Jünger acaba de ser publicada por Penguin Classics (Storm of Steel, 2016), con prólogo de Karl Marlantes, que añade interesantes perspectivas de la guerra y los soldados al ya de por sí valioso texto original. La elección del prologuista no ha podido ser más acertada: viajero, deportista, hombre de negocios, multicondecorado combatiente voluntario en Vietnam, su aportación sobre qué es y qué no es un “guerrero nato” ayudará a los científicos sociales a entender mejor el fenómeno guerra y el entorno en que se mueven los combatientes.

Marlantes no se considera a sí mismo un guerrero nato sino un ciudadano al servicio de su país como soldado, pero durante unos años convivió en el cuerpo de marines de EE.UU. con quienes sí lo eran. Les dolía que acabara la guerra de Vietnam y ya soñaban con seguir luchando como mercenarios en Biafra, sin importarles en qué bando: “Todos dicen que la razón está de su parte”. Para él, los guerreros eligen el bando donde luchan, y en eso se diferencian de los policías, cuyo bando es siempre el de la Ley. Opina que Jünger luchó por Alemania por la única razón de que había nacido en Alemania, como alguno de sus compañeros en Vietnam hubiera luchado con el Vietcong si hubiese nacido chino.

Se suele reprochar a Jünger que su libro glorifica la guerra, pero en él no se habla sobre las razones de Alemania ni sobre las suyas propias para participar en ella. En la guerra no hay tiempo para filosofías: “Bastante tenía yo también con cumplir con mi tarea y sobrevivir”, comenta el prologuista sobre su experiencia vietnamita. Los soldados, “guerreros” o no, solo piensan en seguir vivos y mantener vivos a sus compañeros. No hablan sobre la moralidad de la guerra, sobre las razones de su país ni sobre política internacional: “Lo que queremos es acabar lo antes posible y volver enteros a casa”, es la frase sempiterna de los soldados desde que Homero narraba las guerras de su época.

Jünger no era así. Tras una estancia hospitalaria, al regresar a las trincheras su unidad soportaba un intenso fuego artillero y escribió en su diario: “Al atardecer el bombardeo se hizo furioso. Los destellos brillaban ante nosotros. Los escuchas regresaban cubiertos de polvo y alertaban de que el enemigo atacaba. Tras semanas de bombardeo comenzaba la batalla de infantería: habíamos llegado en el momento oportuno”. A lo que el prologuista añade: “Para mí hubiera sido el momento ‘inoportuno'”.

Las memorias de Jünger, por otra parte, se atienen al código de honor del guerrero, que le impulsa a relatar los hechos de modo objetivo e imparcial, dejando de lado las emociones. Ese mismo código le hace respetar al enemigo. Durante la famosa tregua navideña de 1914 se encontró con un joven oficial británico: “Nos hablamos de un modo que mostraba una admiración recíproca casi deportiva, y con gusto hubiéramos intercambiado recuerdos”.

Jünger, que murió a los 103 años de edad, ha dejado en este libro un importante testimonio de la guerra y sus actores. Y aunque en su época las estrategias, tácticas y técnicas del fenómeno bélico eran muy distintas a las actuales, la descripción de sus vivencias -como las de las soldados soviéticas que describía Svetlana Alexievich (véase mi comentario del 15-10-2015 en estas páginas)- es una valiosa aportación para comprender mejor lo que es la guerra y, con ello, investigar las formas más adecuadas para que no siga siendo el principal instrumento con el que dirimir los inevitables conflictos que siempre habrán de aquejar a la humanidad.