¿Paso adelante en el conflicto palestino-israelí?

Del mismo modo en que se elaboran mapas que muestran gráficamente diversos parámetros relativos a la relación entre el “Hombre y la Tierra” (repitiendo las perdurables palabras del geógrafo Eliseo Reclus) -como la densidad de población, la climatología, la distribución de los cultivos, etc.- cabría preparar un mapamundi sembrado con las imágenes de unos barriles de pólvora de los que asoman chisporroteantes mechas, situados en aquellas zonas del planeta donde las guerras y los conflictos existentes están próximos a sufrir una violenta explosión que los propague fuera de sus confines.

Especialmente concentrados aparecerían esos barriles en la franja que se extiende desde el Mediterráneo hasta el océano Índico, y algo más esparcidos aparecerían en otras zonas de África y del reborde meridional y oriental asiático. En casi todos esos lugares cabría rastrear la historia del colonialismo europeo y los conflictos de la generalizada descolonización que siguió a la 2ª Guerra Mundial.

Estos días el barril a punto de hacer explosión que más concita la atención de la comunidad internacional está situado en Palestina y es también resultado de una descolonización: la del mandato británico sobre ese país y la creación del Estado de Israel. Éste nació apoyado en el mito de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, extraído de las promesas bíblicas de Jehová a Abraham, traducidas después por el movimiento sionista en su idea fundacional: “Palestina nos fue entregada por Dios”.

De cualquier modo, el caso es que sí existía “un pueblo” en aquella tierra, el pueblo palestino. Así que cuando Lord Balfour publicó en 1917 la famosa Declaración que propugnaba la creación en Palestina de “un hogar nacional para el pueblo judío” estaba colocando en tan crítica y volátil región un peligroso barril de pólvora cuya peculiaridad, como el paso del tiempo ha demostrado, ha sido su capacidad para explotar, reproducirse y volver a explotar, en un infernal ciclo que parece no tener fin.

Poco importa ahora que ese conflicto naciera en la mente de un destacado político inglés a principios del siglo XX, pues ha sido otro político del siglo XXI, esta vez el Presidente francés quien, alarmado ante las previsibles consecuencias de tan enrevesado conflicto, ha dado la voz de alarma convocando una conferencia internacional que ha tenido lugar en París con la presencia de más de 20 Estados, a la que aludí el 28 de abril en esta columna.

Casi a la vez se ha producido una crítica remodelación del Gobierno israelí, claramente orientada al extremismo derechista judío, mientras se observa una creciente y peligrosa polarización de la sociedad, no tanto entre la izquierda y la derecha como dentro de la propia derecha y sobre su actitud ante el imperio de la ley. Polarización que ha afectado a uno de los puntales de la sociedad israelí, las Fuerzas de Autodefensa, que en voz de sus más altos mandos han denunciado una agravación del extremismo, la violencia y el racismo en el pueblo judío.

Netanyahu se opuso abiertamente a la celebración de la conferencia, argumentando que israelíes y palestinos podrían llegar por sí solos a un acuerdo, pero aquélla tuvo lugar y por el hecho de haberse celebrado ha cambiado ya el panorama político en la zona. Aunque el texto francés inicial fue suavizado en algunos de los aspectos más ambiciosos a instancias del Secretario de Estado John Kerry, temeroso de que la dinámica iniciada por Francia pudiera írsele de las manos a EE.UU., el primer ministro israelí se encuentra ahora ante un proceso aparentemente irreversible, cuya próxima etapa está prevista para fines de este mes. En ella, los Estados que asistieron a la conferencia, en especial los árabes, y otros que puedan sumarse organizarán grupos de trabajo para preparar proyectos de incentivación económica y de garantía de la seguridad nacional, así como medidas de creación de confianza que faciliten la reanudación de las negociaciones entre Israel y Palestina.

Todo ello aumentará la presión sobre Israel con vistas a forzar la resolución del problema palestino. También los miembros del llamado Cuarteto (EE.UU., ONU, Rusia y UE,) están a punto de publicar un informe que actualizará la posición de Washington ante este problema y del que algunas fuentes aseguran que será muy crítico con la situación en la Cisjordania ocupada, de la que responsabilizará a Netanyahu y a Mahmoud Abbas, pero que inevitablemente sacará a la luz la reticente y negativa actitud del Gobierno de Israel como la causa principal del estancamiento del proceso de paz.

No sería extraño que Obama deseara aprovechar los últimos meses de mandato presidencial para dejar su huella en la resolución del conflicto y, tanto tras la publicación del informe del Cuarteto como durante la Asamblea General de la ONU en septiembre, los vientos van a soplar muy contrarios al rumbo emprendido por el nuevo Gobierno israelí.

Aunque prever el desarrollo de los acontecimientos en Palestina es cosa por lo general abocada al fracaso, todo parece indicar que un terremoto político se está gestando bajo el suelo de Israel y solo cabe desear y esperar que la razón y el buen sentido iluminen los próximos pasos a dar por los gobernantes de los dos pueblos implicados y los de los Estados que se esfuerzan por alcanzar una solución viable mediante la diplomacia internacional.