Las lecciones del siglo XX sobre la guerra

El malogrado historiador británico Tony Judt (murió en 2010 a los 62 años) estaba convencido de que las importantes lecciones sobre la guerra que el siglo XX había puesto a disposición de la humanidad no habían sido aprendidas en EE.UU. y empezaban a ser olvidadas en Europa, donde las guerras del pasado siglo han dejado huellas más hondas, dolorosas y persistentes que al otro lado del Atlántico.

En mayo de 2008 publicó en The New York Review un brillante ensayo titulado What Have We Learned, If Anything? (¿Es que hemos aprendido algo?) que ocho años después sigue estando vigente, cuando la guerra universal contra el terrorismo que desencadenó Washington en 2001 amenaza con perderse por desviados derroteros. Merece la pena resaltar algunas reflexiones sobre la guerra y su significado, que han quedado relegadas por los que consideran que estamos en una época nueva que apenas tiene nada que ver con el pasado. Idea bastante generalizada, basada en que la acelerada globalización de la información induce a creer que poco queda por aprender.

El siglo XX fue vivido en gran parte de Europa, Asia y África como un ciclo interminable de guerras, que significaron invasiones, ocupaciones, emigraciones, miseria, destrucción, asesinatos masivos y genocidios. Los países derrotados perdieron población (combatientes y ciudadanos), territorio, recursos, seguridad e independencia; pero también los vencedores sufrieron pérdidas irreparables: algunos ganaron la guerra pero “perdieron la paz”, como los aliados tras el tratado de Versalles que puso fin a la 1ª G.M. o como Israel después de la guerra de los Seis Días.

Esos negativos efectos fueron padecidos de modo mucho más leve por EE.UU. y Judt deduce que ese es el motivo por el que sus dirigentes alardean de conocer mejor la guerra que los “ilusos europeos con sus fantasías pacifistas”. Pero la realidad es la contraria: son los europeos, junto con otros pueblos asiáticos y africanos, los que conocen bien la guerra, mientras en EE.UU. se vive “una bendita ignorancia sobre su verdadero significado”.

También el final de la Guerra Fría fue valorado de modo distinto: en ambas partes de la Europa dividida fue percibido como un alivio y el cierre de un largo y desafortunado capítulo, pero en EE.UU. se consideró una victoria más. Para Washington la guerra siguió siendo la primera opción política en caso de conflicto; para el resto del mundo desarrollado es el último recurso. Es fácil suponer que de ahí viene el ciego entusiasmo con el que EE.UU. se lanzó en 2003 a la invasión de Irak, un fracaso estratégico más resonante que el de Vietnam.

Ignorar las lecciones del pasado siglo no solo fomenta la tendencia a resolver los conflictos mediante la guerra: lleva también a identificar mal al enemigo, como en la actual lucha contra el terrorismo. No se trata de un enemigo nuevo, pues a lo largo del tiempo ha habido terrorismo anarquista, ruso, indio, árabe, vasco, malayo, tamil, judío, irlandés, sionista y musulmán. El gran cambio producido tras el 11-S es que ese terrorismo atacó a EE.UU. en su corazón, que se tenía por invulnerable.

También existen hoy distintos terrorismos que solo coinciden en el modo de actuar pero cuyos objetivos son muy dispares. Es como si en la época de las brigadas rojas italianas, la banda Baader-Meinhof alemana, el IRA provisional, la ETA vasca, el frente de liberación de Córcega o los separatistas suizos del Jura se les considerara un solo terrorismo, el “terrorismo europeo”, porque ponían bombas y asesinaban del mismo modo, y se le declarara la guerra total.

Separar de su verdadero contexto a los enemigos y sus amenazas, considerar que estamos en guerra con unos “islamofascistas” o “extremistas” de una cultura extraña, que viven en un lejano “Islamistán” y nos odian por lo que somos para destruir nuestro modo de vida es señal evidente de que se han olvidado las lecciones del siglo XX.

Entre ellas, el modo en que la combinación de guerra, miedo y dogmatismo lleva a demonizar a los otros y negarles su pertenencia a una misma humanidad o la protección de las leyes, y actuar contra ellos de forma aberrante, como muestra la indulgencia con que se acepta la práctica reiterada de la tortura, de lo que Guantánamo es un significativo ejemplo. Pero EE.UU. no tiene el monopolio de una tortura que ya fue practicada por los ingleses en sus colonias del África Oriental en los años 50 y por el ejército francés en Argelia durante la “guerra sucia” contra los independentistas. Una tortura que marcó para siempre a los torturadores y a quienes la autorizaron.

El artículo citado concluye así: “En vez de huir del siglo XX creo que necesitamos retroceder y observar[lo] más detenidamente. Debemos volver a aprender -o quizá aprender por primera vez- cómo la guerra brutaliza y degrada por igual a los vencedores y a los vencidos, y lo que nos sucede cuando, habiendo desencadenado despreocupadamente la guerra sin buen motivo, nos vemos obligados a agigantar y demonizar a nuestros enemigos para justificar la continuidad indefinida de la guerra”. Es difícil explicar con más claridad algo que nuestros ojos están contemplando día tras día.