Vivir mal y con poco

La abrumadora conclusión de la última “Encuesta de condiciones de vida” del INE es que casi un 30% de la población que reside en España está en riesgo de pobreza o de exclusión social. Para el ciudadano ordinario, el que viaja en metro observando a los que le rodean o el que escucha en alguna barra de bar las conversaciones habituales de los parroquianos, esas cifras estadísticas no hacen más que corroborar la sensación dominante de que si la economía española se está recuperando, como afirman los dirigentes políticos responsables de ella, esa recuperación parece que no llega a los que más la necesitan, los que además con su consumo contribuirían a sostenerla y reforzarla.

¿Es la creciente austeridad que nos impone Bruselas la que hace que la pobreza se extienda? Porque se trata de una austeridad desigualmente repartida, que “austeriza” más a los pobres que a los ricos al reducir paulatinamente los recursos destinados a lo que queda del antiguo Estado de bienestar, que son los que facilitan la vida a los que menos poseen.

Por otro lado, los dirigentes patronales no se muerden la lengua al expresar su imagen del nuevo Estado austero: hay que prolongar la edad del retiro porque ahora vivimos más que hace un siglo; hay que protegerse para la vejez con planes privados de pensiones y no esperar nada del Estado; hay que “cobrar menos y trabajar más” (palabras textuales de un miembro de la cúpula empresarial), etc.

Si todo esto llega a producir tristeza y desánimo en esa parte de la población que bordea el abismo de la miseria, no parece que les sirva de mucho consuelo conocer la tristeza que también padece la baronesa Thyssen, que se queja públicamente de que los ricos lo tiene muy difícil en España y amenaza con llevarse sus cuadros al extranjero.

Extendiendo la mirada fuera de nuestras fronteras, incluso más allá del Atlántico, la lectura de un libro publicado en EE.UU. tampoco suscita muchas esperanzas en los que menos poseen. Titulado $2.00 a Day: Living on Almost Nothing in America (traducible como “Dos dólares al día: cómo vivir con casi nada en EE.UU.”), refleja la situación de muchos estadounidenses que viven en la pobreza, cuyo porcentaje ha aumentado desde finales de los años sesenta. Los autores del libro, profesores universitarios, muestran que el número de los que viven en “extrema pobreza” se ha duplicado entre 1996 y 2012.

Se suma a esto un fenómeno de interés observado en EE.UU.: incluso dentro de los pobres ha crecido la desigualdad. Una mitad de los que hoy son considerados oficialmente pobres vive mejor que en los años sesenta, pero la otra mitad vive peor. No es este el lugar para explicar los parámetros utilizados por los autores al definir los diversos niveles de pobreza o privación que, como es natural, han sido objeto de discusión por sociólogos y analistas demográficos.

Todo lo anterior incide en una misma dirección: uno de los mayores problemas de la humanidad es hoy la creciente desigualdad entre unos y otros seres humanos. El madrileño centro de estudios y análisis FUHEM Ecosocial difunde en su web el estudio titulado “La desigualdad social se dispara en España”, donde se dice: “La combinación de la brecha salarial con un sistema fiscal cada vez más regresivo ha propiciado unos niveles de desigualdad que no tienen precedentes recientes. El neoliberalismo ha resultado ser el camino más corto para lograr en el siglo XXI los peores resultados en materia de desigualdad de finales del siglo XIX”.

El informe concluye: “La desigualdad en el capitalismo es estructural y no se limita a la renta y a la riqueza. La desigualdad en nuestra sociedad es una desigualdad de recursos y poder, que no se agota en la subordinación de clase, sino que se refuerza con la desigualdad entre géneros, etnias, países, etc.”

Hablemos con franqueza: existe una minoría, cada vez más acaudalada y restringida, que se enriquece con el padecimiento y el sufrimiento de la mayoría. A medida que ésta pierde el apoyo que la sustentaba al amparo del Estado de bienestar, la riqueza y los ingresos financieros se concentran cada vez más en un segmento menor de la población.

Segmento que se aprovecha de su estrecha vinculación con el poder político para, además de seguir enriqueciéndose, eludir su contribución al Estado mediante complicadas operaciones de ingeniería fiscal que solo están al alcance de los privilegiados, como los “papeles de Panamá” han revelado recientemente.

Cunde entre la población la sensación de que la democracia representativa ya no ejerce el poder real y que el poder económico reside en ese ente abstracto y amenazador que se ha dado en llamar “el mercado”. Entre el poder económico y el político, domina el primero. Como se reconocía en un estudio del CIS de 2011 titulado “El discurso de los españoles sobre la relación entre economía y política”, la conclusión salta a la vista: “El verdadero poder está en el dinero”. ¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse una situación tan injusta y anómala?