El precio de la guerra

Ahora que en las carteleras españolas se anuncia "Espías desde el cielo" (película a la que aludí en estas páginas el pasado 17 de marzo), bueno es recordar un efecto del uso de los drones en la guerra antiterrorista que desencadenó el alucinado Bush en 2001 y prosiguió con entusiasmo el premio Nobel de la Paz Barack Obama. Gracias a tan versátiles instrumentos los ejércitos occidentales han contribuido brillantemente, con unas espectaculares explosiones de misiles, al éxito de los festejos nupciales en ocho bodas celebradas en Afganistán, Irak y Yemen, en las que unos trescientos invitados no llegaron a disfrutar del fin de la ceremonia por haberse visto convertidos involuntariamente en "víctimas colaterales" de la paranoia antiterrorista.

Tan brutales ejemplos de muerte de personas inocentes apenas suelen tener reflejo en los medios de comunicación occidentales que, por el contrario, sí se hicieron eco multiplicado de las 130 víctimas causadas por los atentados terroristas parisinos o los 32 asesinados poco después en Bruselas.

Pero a eso ya estamos acostumbrados y lo que ahora llama la atención en la citada película es la revelación de los entresijos de un modo de combatir del que una lectora de estas líneas comentaba que "deja muy mal cuerpo ver cómo se mata a la gente desde el sillón de un despacho o desde un contenedor". Mueren o son mutilados o heridos, agredidos desde el aire sin saber de dónde proceden los disparos, tanto los objetivos directos de las acciones antiterroristas como las víctimas inocentes que en ese momento estaban en el lugar equivocado.

Pero también resultan heridos psicológicamente muchos de los que participan en la cadena de decisiones y acciones que conduce al disparo del misil o la bomba. El estrés postraumático que les afecta, cada vez más común, es el efecto reactivo que genera dolor, como lo hacía el retroceso de los viejos fusiles contra el hombro de quien los disparaba.

Así se expresaba una operadora de drones, analista de imágenes, cuya misión es observar en la pantalla las confusas manchas que transmite el drone para identificar la presencia de los jefes terroristas que habían de ser eliminados: "Estás viendo cómo muere una persona, simplemente porque acabas de confirmar que es el objetivo buscado. Yo estaba siempre temblando; a veces me iba al cuarto de baño y me sentaba en el retrete... me sentaba de uniforme y ¡lloraba!". Como consuelo le intentaban convencer de que ese tipo de guerra es el mejor porque minimiza el número de víctimas.

Pero un grupo de derechos humanos de EE.UU. investigó que, solo en Pakistán, al intentar destruir 41 objetivos murieron 1.147 personas y ni siquiera se logró matar a todos los perseguidos. Una de las deducciones del informe es: "No es una guerra 'contra' el terror sino una guerra 'de terror'". Produce un terror para poner fin a otro y crea más terroristas nuevos que los que aniquila.

Después de estar unos años observando en la pantalla cómo mueren personas desconocidas a miles de kilómetros de distancia, algunos operadores de drone tienen que abandonar el servicio y no es extraño que se les diagnostiquen tendencias suicidas. Se obsesionan con la idea de que "ellos" son también personas corrientes, familias, hermanos, madres, hijas. Uno confesaba: "Me imagino que eso nos pasara a nosotros, que nuestros niños salieran por la puerta de casa una mañana soleada con miedo a que algo cayera del cielo y matara a alguien cerca de ellos. ¿Qué sentiríamos?".

Volviendo a la citada película, ésta se cierra con una categórica frase proferida por el general británico que ha dirigido la operación antiterrorista: "Nunca digas a un soldado que no sabe el precio de la guerra". A pesar de que ocupa un lugar muy destacado, como colofón hablado de la película, la considero una sentencia equívoca que se presta a interpretaciones. Una es la del soldado (sea cabo o general) que sabe que la muerte forma parte de su profesión y que el precio de la guerra puede ser su propia vida; esta parece ser la intención del guionista.

Pero hay otra: ahora hace un siglo, durante la Primera Guerra Mundial, hubo generales y altos mandos, franceses y británicos, que enviaron frívolamente a la muerte a miles de soldados en operaciones absurdas, como ocurrió en varias ocasiones en el frente occidental europeo y en el trágico desembarco de Gallípoli. A la incompetencia del mando se sumaron las ambiciones personales de los que buscaban una gloria ficticia para reforzar su prestigio profesional: desconocían el precio de la guerra.

Quien sí sabía ese precio fue el mítico general Patton, el del desbordante ego e incontrolable temperamento pero dotado de muchas de las condiciones necesarias en un jefe para conducir hombres al combate. A él se atribuye otro rotundo dicho: "Yo no quiero que mis soldados mueran por la patria; pero quiero que logren que el mayor número de enemigos muera por la suya".

Dirigiendo su ejército desde un vehículo de mando por los embarrados caminos del frente de combate, como Patton, o controlando desde un alfombrado despacho el rayo de la muerte a distancia, como los que dirigen las operaciones con los drones, el precio de la guerra, de cualquier guerra, es siempre infinito: es el precio de las vidas humanas.