¿Una Europa cooperativa y cohesionada?

Encerrados los españoles estos meses en el círculo vicioso que supone la reiterada contemplación de nuestros propios problemas políticos y las prolongadas y a menudo estériles polémicas que esto suscita, no está de más extender de vez en cuando la mirada más allá de nuestras fronteras para ver qué es lo que se cuece fuera de nuestro campanario.

La European Leadership Network (ELN, "Red europea de liderazgo") es una organización paneuropea radicada en Londres. Su ámbito de actuación no se limita a la Unión Europea sino que coincide con el de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) que, como es sabido, abarca gran parte del hemisferio boreal, desde el extremo más occidental del continente americano hasta el más oriental del asiático.

En sus documentos básicos la ELN define así su objetivo: "Propugnar la idea de una Europa cooperativa y cohesionada y explotar su capacidad para hacer frente a los urgentes desafíos en la política exterior, de defensa y de seguridad de nuestros tiempos". Para conseguirlo se sirve de una red que incluye a dirigentes políticos, militares y diplomáticos de varios países europeos y mantiene relaciones institucionales en Europa, América y Asia-Pacífico.

Es obligado sospechar que la aspiración a una Europa "cooperativa y cohesionada" parece un objetivo algo irreal y bastante desencaminado, a la vista de las repetidas y variadas crisis que los sufridos habitantes de la Unión estamos padeciendo en estos tiempos: imposición de una destructiva austeridad económica a los Gobiernos, desconfianza creciente de los pueblos hacia sus políticos, disparatadas reacciones nacionales ante el problema de la incontenible inmigración, auge de los fanatismos ultraderechistas de raíz xenófoba y nacionalista, desánimo generalizado hacia "lo europeo", amenaza de un desequilibrado pacto comercial con EE.UU., etc. Crisis, todas ellas, en las que a nivel de los Gobiernos estatales no se advierten muchas muestras de cooperación o cohesión.

Pero, en fin, si la política es también el arte de lo posible, bueno es conceder a la ELN el beneficio de la duda y aceptar su derecho a propugnar unos postulados que, en todo caso, apuntan a un futuro esperanzador para la mayor parte de la humanidad y no solo afectan, como en otros casos, a ese minúsculo porcentaje de personas que concentran en sus manos la mayor parte de la riqueza mundial y pretenden seguir aumentándola sin límite.

Veamos algo de lo que la ELN viene sugiriendo. Su último informe se titula Competing Western and Russian narratives on the European order: Is there common ground? (que podría traducirse como: "Descripciones enfrentadas, occidental y rusa, sobre el orden europeo: ¿Hay espacios comunes?"). La importancia y el interés de este asunto son evidentes puesto que el "orden europeo" es un crítico factor de la política internacional que a lo largo de varios siglos ha experimentado notables variaciones que han sembrado de sangre, ruinas y cadáveres las tierras situadas entre el Atlántico y los Urales.

Los expertos europeos y rusos convocados para prepararlo no coincidieron al interpretar cuestiones como la organización de la seguridad en Europa, la expansión de la OTAN, las más recientes intervenciones militares, el derecho de autodeterminación y el de secesión. Por supuesto no hubo coincidencia de pareceres en lo relativo al conflicto de Ucrania y el informe deduce que "las diferencias sobre cómo debería organizarse la seguridad europea son mucho mas profundas que lo que parece".

Esas diferencias son de dos órdenes. El primero se refiere al concepto de soberanía en el siglo XXI y a la legitimación para intervenir en los asuntos internos de otros Estados (Ucrania, Georgia, Kosovo, Irak o Libia son ejemplos típicos). El segundo atañe a las circunstancias en las que se debe respetar la integridad territorial de un Estado y las que legitimarían un movimiento de autodeterminación y secesión.

El informe constata que la discrepancia en estos aspectos es tan honda que la actual frialdad en las relaciones entre ambas partes no se solucionaría con un cambio de dirigentes políticos, sino que además amenaza con durar mucho tiempo. Las grandes transformaciones de la geopolítica europea tras la 2ª G.M. continúan hoy y ni siquiera dentro de la UE hay acuerdo, por ejemplo, en lo relativo a la soberanía de Kosovo. No basta con hacer una llamada a "respetar el derecho internacional", porque su interpretación se presta a distintas soluciones, casi siempre razonables.

Se observa que, cuando se producen hechos peligrosos (como en Ucrania), lo ocurrido se interpreta la mayoría de las veces de modo distinto en EE.UU., en la UE y en Rusia. Y, lo que es peor, no existen hoy mecanismos que traten de elaborar descripciones aceptables por todas las partes. La anexión rusa de Crimea fue para unos una ineludible necesidad histórica y para otros una agresión militar.

La lectura de este informe abre dos nuevos interrogantes: ¿Se reduciría la conflictividad mundial si pudieran elaborarse descripciones objetivas de los hechos conflictivos, que fuesen aceptables para las partes enfrentadas? ¿Podría ser esto un objetivo prioritario de Naciones Unidas, como parte de su finalidad esencial de "preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra"?