Dos efemérides centenarias

1ª) El colonialismo: de aquellos polvos…

El 26 de abril de 1916, cuando la 1ª Guerra Mundial se acercaba a su segundo cumpleaños -hace ahora un siglo- se firmaba en París un tratado secreto entre Francia y el Reino Unido, comúnmente conocido como Tratado
Sykes-Picot, aunque su denominación oficial fue “Acuerdo sobre Asia Menor de 1916”. Su finalidad era repartirse los despojos del Imperio Otomano si la guerra terminaba favorablemente para las potencias de la Triple Entente (Francia, Reino Unido y Rusia).

Según los términos acordados, Francia controlaría la franja litoral libanesa, con capital en Beirut, y ejercería el protectorado sobre un Estado árabe con capital en Damasco que llegaría hasta Mosul. El Reino Unido tendría plena soberanía sobre los puertos de Haifa y Acre (la bahía por la que salen al Mediterráneo los oleoductos procedentes de Mesopotamia), y sobre la parte meridional de Mesopotamia (de Bagdad a Kuwait). Palestina quedaría sometida al triple protectorado de Reino Unido, Francia y Rusia. Por último, otro Estado árabe se extendería desde el Mediterráneo al golfo Pérsico, bajo protección británica.

Le sonarán familiarmente al lector estas referencias geográficas, propias de una zona en conflicto bélico casi permanente, donde todavía hoy la guerra esparce muerte y devastación. Pues bien, cuando los diplomáticos Mark Sykes, por el Reino Unido, y François Georges-Picot, en representación de la República Francesa, trazaron las fronteras que configurarían los nuevos Estados, atendiendo sobre todo a los intereses nacionales de sus propios Gobiernos, estaban repitiendo la abominables fórmula colonialista que ya había troceado irracionalmente África en las últimas décadas del siglo anterior (solo se salvó Etiopía), a menudo pasando por alto las peculiaridades de los pueblos afectados.

Los que hoy rechazan indignados (“no nos echemos nosotros mismos la culpa de su fracaso, del que ellos solos son responsables”) cualquier alusión al pasado colonial de algunos de los pueblos citados, para entender mejor las raíces de los terrorismos que hoy nos afectan, deberían admitir que son “aquellos polvos los que trajeron estos lodos” y que, para hacerles frente con éxito, no se puede ignorar el pasado histórico del que surgieron.

2ª) ¿Se repite la Historia?

Aquella guerra de hace cien años no fue una Guerra Europea, como la llamaban en EE.UU., pues se desarrolló sobre diez frentes independientes, en Europa, Asia y África. Uno de ellos fue el de Mesopotamia.

En España se vivió de espaldas a la guerra -salvo los que con ella se enriquecieron rápidamente- y nuestros recuerdos históricos suelen limitarse a los frentes y mares europeos. De ahí que sorprenda saber que, tres días después de firmado el acuerdo Sykes-Picot, en la ciudad de Kut, al sur de Bagdad y sobre el mismo río Tigris que baña la capital, se rindió al ejército turco toda la guarnición británica e india que la defendía, en una de las mayores catástrofes padecidas por el Reino Unido en esa guerra.

El 29 de abril de 1916, tras largo asedio, unos 12.000 soldados y su jefe, el general Townshend, fueron hechos prisioneros. La derrota cayó como un rayo sobre Inglaterra. Los despreciados turcos habían abatido el orgullo del ejército británico. Algo parecido ocurriría en Alemania, 26 años después, cuando la invencible Wehrmacht se rindió ante los untermensch, los “infrahumanos” eslavos que defendieron con éxito Stalingrado.

Y como los derrotados alemanes del general Paulus, que hubieron de marchar a pie hasta Moscú en 1943 para ser allí exhibidos como trofeo de guerra ante los moscovitas, para los prisioneros vencidos en Kut comenzó el 6 de mayo de 1916 otra marcha de la muerte. Durante ella y después, en los campos de prisioneros de Anatolia donde fueron confinados, murieron 1750 soldados británicos y 2500 indios.

El general Townshend tuvo más suerte que Paulus. Mientras sus soldados perecían en la marcha de la muerte, él viajó en tren desde Mosul a Constantinopla y quedó alojado en la isla de Prinkipo, en el Bósforo, hasta el fin de la guerra; la misma isla donde pocos años después residiría Trotski tras ser deportado de Rusia.

De la universalidad de la 1º Guerra Mundial es muestra la participación en ella de tropas de la India, que sufrieron más de 7000 bajas en el frente occidental europeo. De los 850.000 soldados indios que intervinieron en la guerra, unos 50.000 murieron en combate. Cien mil gurkas intervinieron también en ella dando muestras de indómito valor y pereciendo como verdaderos “novios de la muerte”.

Varias colonias de las potencias europeas contribuyeron con soldados a esta guerra, fenómeno que se reprodujo en la 2ª Guerra Mundial y que actuó como catalizador de los movimientos independentistas, con el argumento básico de que los que sabían luchar en defensa de la metrópoli con más honor y entusiasmo lo harían por la independencia de su patria. Y el colonialismo a la antigua usanza fue desapareciendo a partir de 1945, aunque surgieron otros modos de avasallamiento de los pueblos, algo más presentables pero no menos nocivos. Pero esa es otra historia.