Los emigrantes de “La bestia”

La vergüenza que suscitan tantas escenas humillantes y a menudo canallescas, fruto del perverso trato que algunos Estados europeos dan a los inmigrantes orientales y africanos que se agolpan a sus puertas, es hoy quizá el asunto más hiriente del que dan noticia los medios de comunicación.

Contemplamos los europeos, desanimados unos y desesperados otros, cómo la Unión Europea se desbarata por sus débiles costuras, víctima de los egoísmos nacionales, olvida los nobles principios que la hicieron nacer y se hunde en el fango del mercantilismo que en las actividades humanas solo valora los beneficios económicos que pueden producir y donde el tan alabado “humanismo cristiano” muestra su rostro más degradado.

Ni siquiera el torbellino informativo que provoca en España la elección de un nuevo Gobierno, trajinada entre sombras, engaños y zancadillas, o la lluvia sobre mojado de los resonantes casos de corrupción (“inundación” la llamó una personalidad del partido más aquejado por ella) nos hacen olvidar el drama humano de los que sobre la superficie del planeta se desplazan, angustiados, huyendo de la guerra, el hambre o la miseria, buscando una vida mejor.

Aludir a los padecimientos migratorios nos trae instintivamente la imagen de las islas griegas, Turquía, Macedonia… allí donde los medios dirigen su atención porque es un fenómeno que afecta a los europeos. Pero no es el único; incluso llega a hacernos olvidar otras pesadumbres similares de personas que, en este caso, hablan nuestro idioma, huyen de sus países de origen y buscan la soñada dicha de poder comer a diario.

“La bestia” es el nombre genérico que los emigrantes dan a los trenes de mercancías que cruzan México de sur a norte y en los que miles de ciudadanos centroamericanos viajan en penosas condiciones soñando con cruzar la frontera que les separa de EE.UU. Tal es el caso de Juan Orlando, un hondureño de 35 años, que cuenta cómo ha intentado en dos ocasiones alcanzar la meta anhelada.

La primera vez tenía 23 años y emprendió con su mujer el complicado viaje. Tras atravesar a pie Guatemala, por Tapachula entraron en México, donde subieron al tren: “Viajamos en ‘La bestia’ muchas horas. Caímos rendidos de sueño, interrumpido por pesadillas”. En una de las paradas del tren subieron varias personas: eran del cártel de los Zeta, la mafia de la droga que controla las rutas de los emigrantes. Les exigieron un dinero que no tenían y él se vio conminado a abandonar el tren en marcha, esperando que su mujer le siguiera. Pero ella fue brutalmente arrojada fuera del vagón y una estaca de madera perforó su costado al caer. Afortunadamente, un vehículo de una organización benéfica mexicana se hallaba cerca y pudo ser atendida y curada en un hospital. Regresaron a casa maltrechos y derrotados.

Siete años después Orlando decidió repetir el viaje, esta vez solo. Consiguió llegar a la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo, en el extremo nororiental mexicano, y allí su destino le enfrentó con otro de los peligros que acechan a los emigrantes: el secuestro. Fue encerrado en una de las casas donde las mafias retienen a los emigrantes hasta que pagan el rescate. Durante 2014 se registraron en México 682 casos de secuestro de emigrantes.

Los secuestradores le pidieron 10.000 $ y para que tuviera claro lo que ocurriría si no pagaba le cortaron la primera falange del meñique de la mano derecha: “Me retuvieron cuatro meses; solo me daban frijoles para comer, así no les salía caro mantenerme vivo”. Al final le conectaron con su familia y unos amigos a través de Facebook. Reunió el dinero necesario y fue liberado: “Gracias a Dios, algunos amigos dominicanos respondieron a mi llamada; entre ellos, poco a poco, reunieron lo que pedían los secuestradores”.

Al ser entrevistado hace unos días por dos periodistas cubanos del IWPR (Institute for War and Peace Reporting, de donde procede esta información), Juan Orlando estaba a punto de concluir el tercer asalto al “sueño americano”. Tras el fracaso al intentarlo por el extremo oriental de la frontera (esa que Donald Trump promete cerrar construyendo un muro que, además, habrá de costear el Gobierno mexicano) ahora se disponía a probar el extremo occidental, en el Estado de Sonora. Lo justifica diciendo que, aunque el trayecto es más largo, allí no operan los Zetas y tiene más probabilidades de pisar suelo estadounidense. La experiencia le ha ido enseñando.

Los emigrantes centroamericanos, sufriendo extorsiones, mutilaciones o secuestros por las mafias mexicanas, son casi unos afortunados en comparación con los sirios, afganos, iraquíes, libios, subsaharianos, etc., que huyen de sus países impulsados por la guerra o la miseria y deslumbrados por el falso “sueño europeo”, van muriendo durante su largo peregrinaje, ahogados, enfermos, congelados y hasta gaseados por las fuerzas policiales que fríamente los maltratan, sin contar con las mafias que se aprovechan de su penosa situación.

Europa y el mundo desarrollado en general ya no pueden ignorar la brutal diferencia existente entre los benéficos ideales de nuestras civilizadas democracias y la cruel realidad de las cicateras políticas inmigratorias que aplican cuando de las resonantes palabras hay que pasar a los hechos reales.