Hace cien años, por estas fechas

El 21 de febrero de 1916 se iniciaba en el nordeste de Francia lo que después pasaría a la Historia como la batalla de Verdún, una de las más empecinadas de la 1ª Guerra Mundial. Verdún era ya entonces una ciudad de asentado renombre bélico, debido a su situación geográfica, y en la guerra franco-prusiana de 1870 fue la plaza fuerte que más resistió, cuando Sedán, Metz o Estrasburgo habían caído ya en poder del enemigo.

Dos grandes fortalezas artilladas, un cinturón de fortificaciones defensivas y medio millón de combatientes protegían la ciudad francesa contra la que se desencadenó ese día el aplastante poder del ejército alemán. Empezaba una epopeya bélica que duraría diez trágicos meses, aunque apenas modificó el trazado de los frentes ni acercó la victoria a ninguno de ambos bandos.

El primer disparo lo efectuó un cañón naval Krupp de 381 mm sobre ruedas, desde unos 30 km de distancia, cuyo impacto alcanzó la catedral de Verdún, según se narra en las crónicas de la época. Después, durante más de nueve horas, unas 850 piezas de artillería pesada, en batería a lo largo de un frente de unos 13 km -la “preparación artillera” más intensa hasta entonces conocida- trituraron las posiciones defensivas francesas antes de que un ejército de 140.000 hombres las atacara. Fueron los primeros en entrar en combate del más de un millón de soldados alemanes que se empeñaron en esta batalla. Durante ella, la Artillería iba a ser confirmada como la “reina de las batallas” aunque, como ocurrió en Verdún, esas batallas a nada condujeran sino a unas atroces carnicerías sin finalidad estratégica alguna.

El intenso martilleo de fuego aniquiló gran parte de las defensas francesas, enterrándolas bajo una lluvia de metralla, tierra y cascotes. En las memorias de un cabo francés que lo vivió se lee: “De cada cinco hombres, dos han muerto enterrados vivos en su refugio, dos han sido heridos y el quinto está listo”.

Ambos bandos recurrieron a los proyectiles químicos desde el principio, pero el segundo día los alemanes mostraron su arma sorpresa: el lanzallamas, que llenó las trincheras de cadáveres quemados. Además, desde el comienzo de la batalla, más un centenar y medio de aviones alemanes vigilaban desde el aire el desarrollo de las operaciones en tierra y corregían el tiro de la artillería contra los fuertes que cubrían Verdún.

El día 24 una oleada de pánico se extendió por las filas francesas, tras un ataque alemán que produjo muchos prisioneros. Se hizo entrar en línea a una división norteafricana, formada por tropas tribales marroquíes y argelinas, pero ante un compacto avance de la infantería alemana huyeron en desbandada sin atender las voces de mando de sus oficiales franceses. Un oficial del Estado Mayor francés escribió: “Una sección de ametralladoras abrió fuego por la espalda contra los que huían, que cayeron como moscas”.

El 25 de febrero, justo cien años antes de que en República.com salga a la luz este comentario, cayó Fort Douaumont en poder de los alemanes con sorprendente facilidad. Era el principal de los fuertes que protegían la ciudad y su pérdida hizo que un escalofrío general sacudiera a la nación francesa.

En los más elevados escalones de la dirección política y militar se discutió la posibilidad de retrasar las líneas, abandonar Verdún y establecer una defensa más sólida a retaguardia. Pero en esa tesitura derrotista, un general francés, que años más tarde sería víctima de sus firmes convicciones y de su falta de adaptación a la verdadera situación de Francia en 1940, tomó esa misma noche el mando de la defensa de Verdún. El general Petain ordenó “recuperar a toda costa cualquier terreno perdido” y se anticipó a los defensores de Madrid en 1936, cuando el día 26 de febrero de 1916 firmó su orden: Ils ne passeront pas!

Sobre el origen de esta conocida frase hay dudas. Algunos la atribuyen al general Nivelle, también en Verdún, pero dada la inepcia, arrogancia y pocas dotes de mando de este general (cruelmente representado en la recomendable película de Kubrick “Senderos de gloria”), la autoría de Petain ha quedado confirmada para la historia.

A partir del día 27 empezaron a llegar refuerzos a Verdún. Una anticipada primavera trajo el deshielo y convirtió en un lodazal el campo de batalla, pero la artillería siguió removiéndolo sin descanso y la infantería avanzaba en un mar de barro. Según datos alemanes, durante las primeras cinco semanas de la batalla de Verdún murió un soldado cada 45 segundos. Las bajas francesas no se quedarían muy atrás. Acabada la batalla, un historiador británico escribió: “En resumidas cuentas, en este sector [Verdún] del frente occidental los alemanes sufrieron cerca de un tercio de millón de bajas para ocupar un terreno inútil, sembrado de cráteres de las explosiones, y cuya extensión apenas era la mitad del Berlín metropolitano”.

Si muchos defectos pueden atribuirse con razón a esa Unión Europea que hoy controla nuestras vidas y cuyas decisiones a menudo nos sorprenden e irritan, atribuyámosle, al menos, una cualidad: la de haber hecho más difícil que batallas como la de Verdún puedan volver a ensangrentar las tierras de la vieja Europa.