Moscú, 1912

En 1912 se celebraba en Moscú el centenario de la derrota de Napoleón, tras su fallido intento de someter por la fuerza a la Rusia de Alejandro I. En los últimos días de 1812, los restos de la Grande Armée -el mayor ejército hasta entonces conocido- exhaustos, diezmados, con solo 9 caballos de los 180.000 que seis meses antes habían penetrado en el territorio de la Santa Rusia, se batían en retirada (a veces, en desbandada) hacia la frontera de Prusia, desvanecidas las esperanzas de dominar Europa y solo soñando con regresar vivos a la douce France.

Cien años después de que Rusia hubiera rechazado otra invasión de las innumerables que ha padecido a la largo de su historia, reinaba en ella Nicolás II Románov, biznieto del vencedor de Napoleón, que había sido coronado en 1896 (aunque empezó a reinar en 1894, al morir su padre Alejandro III) con la acostumbrada pompa del ceremonial de los zares rusos, e investido “por la gracia del Señor, Emperador y Autócrata de todas las Rusias”. En 1912 le quedaban cinco años de reinado y seis de vida.

La fotografía muestra a unos altos dignatarios de la sociedad moscovita esperando el paso del zar junto a las murallas del Kremlin, frente a la torre Spaskaya (o de El Salvador) que corona la puerta principal de la fortaleza.

El historiador mexicano de origen francés Jean Meyer, en “Rusia y sus imperios, 1894-1991” escribe: “‘En el Oeste se ve a los reyes con un silencioso respeto. Solo en Rusia los zares son a veces adorados’, notaba un experto en asuntos monárquicos después de haber asistido a la coronación de Alejandro I en 1801. Según su testimonio, el pueblo de Moscú, transportado, exaltado, se había prosternado, tirado en el suelo delante de su nuevo zar, besando sus botas y hasta su caballo. La coronación de Nicolás, en 1896, siguió el ritual con un celo casi arqueológico”.

Lo explica así: “El mito del zar padre, del zar brazo de Dios en la tierra, seguía vigente para esa fecha. En eso la monarquía rusa se distinguía del absolutismo monárquico europeo. Luis XIV no podía ser un ‘autócrata’. El rey occidental pudo delegar su poder a gobiernos y administradores y asumir un papel simbólico, mientras que la condición faraónica del rey dios no se dejó adaptar tan fácilmente, tanto más cuanto que el último zar consideraba que semejante adaptación era una traición, un pecado: antes abdicar, como lo hizo al final. Esa fue toda la tragedia de Nicolás. El juramento pronunciado por él a la hora de su coronación le impedía volverse un monarca constitucional, cuando su temperamento personal, sus gustos, su educación inglesa, lo hubiesen preparado para ser el mejor de los reyes constitucionales”.

La imagen que encabeza este comentario ilumina el texto de Meyer. Obsérvese el grupo igualmente uniformado a la izquierda de la fotografía: el que por los entorchados de la bocamanga parece ser el personaje de mayor graduación, cubierto su pecho de cruces y medallas, ha extendido cuidadosamente algo sobre el suelo para esperar arrodillado el paso del zar, mientras todos permanecen con la cabeza descubierta y gorra en mano, mostrando su reverencia al divinizado soberano.

Ese compacto grupo de privilegiados rusos, nobles, altos funcionarios, propietarios, terratenientes, comerciantes, que a menudo preferían entenderse en alemán o francés, abarcaría con sus familias apenas dos millones de personas entre los 171 millones de pobladores del imperio en esas fechas, en su mayoría campesinos y obreros. Éstos los consideraban casi como extranjeros: dos culturas incomunicadas entre sí. Tras la silueta de los muros del Kremlin que forman el horizonte de la fotografía habría que imaginar la enorme multitud de los muchos millones de rusos para los que esta ceremonia nada suponía en su vivir cotidiano.

Escribe en sus memorias el mariscal Zhúkov, él mismo nacido en una humilde familia: “La mayoría de los campesinos de nuestras aldeas vivían en la miseria. Tenían poca tierra y la que tenían daba mala cosecha. Las faenas del campo las hacían principalmente las mujeres, los viejos y los niños. Los hombres iban a Moscú, Petersburgo y otras ciudades, buscando algún trabajo temporero”.

Un país difícil de gobernar por su enorme extensión; unas clases sociales separadas por una gran brecha económica y cultural; una monarquía divinizada incapaz de adaptarse al paso de los tiempos; unos intelectuales que observaban inquietos lo que ocurría fuera de sus fronteras; un pueblo empobrecido, donde hervía el caldo de la insurrección. Así era la Rusia que en menos de 50 años se convertiría en la primera potencia tecnológica capaz de poner en órbita en el espacio a un ser humano.

La historia de tan ingente transición es de sobra conocida, una mezcla de voluntad y violencia, exaltación y fanatismo, sangre y heroísmo. Pero la imagen que encabeza este comentario permite ilustrar dónde estaba la línea de salida de aquella espectacular carrera que asombró al mundo, con sus brillantes luces y sus trágicas y letales sombras, que es ahora parte ineludible de la Historia de la humanidad. Ignorarla es un grave error que a menudo cometen los que de Rusia solo tienen los hondos prejuicios generados durante la Guerra Fría.