El mito perdido del ejército israelí

Los militares profesionales que al comienzo de la transición política española propugnábamos la supresión del servicio militar obligatorio, dentro de un nuevo concepto de defensa que superara los esquemas del franquismo (donde los ejércitos actuaban como sostén del régimen), observábamos con atención a los ejércitos de otros países.

Muy lejos de nuestras capacidades, por recursos y magnitud, estaban las fuerzas armadas de EE.UU., donde algunos oficiales aprendimos cómo funcionaba un ejército bastante más eficaz que el nuestro. En él, por ejemplo, un sargento podía dar clase a capitanes sin que temblaran las estructuras jerárquicas y para beneficio de los cuadros de mando.

Los sistemas de defensa en Suiza y Yugoslavia, donde ciudadanos y ejército vivían una peculiar simbiosis, eran objeto de especial interés. Pero lo que más nos llamaba la atención era el ejército israelí. Era un país nuevo, todavía laico; el de los kibutz comunitarios donde la juventud era educada sin privilegios y de modo igualitario, que poseía un ejército eficaz, al servicio de su pueblo, y que -lo que más valorábamos- sabía cómo hacer la guerra y ganarla.

Justo lo contrario de lo nuestro. Allí los soldados no perdían el tiempo ensayando desfiles en interminables formaciones, revistas o misas de campaña donde el cornetín de órdenes sustituía a la campanilla del monaguillo, ni su principal preocupación era que les faltara un botón o tener sucio el calzado, lo que les privaría del paseo diario.

Además, en Madrid por ejemplo, nuestros soldados se convertían en figuras decorativas “cubriendo carrera”, alineados a ambos lados del paseo de la Castellana (entonces “Avenida del Generalísimo”) para “presentar armas” al paso de los personajes que visitaban España, la emperatriz Soraya o el presidente Eisenhower. Éramos los que, sin saberlo aún, constituíamos “El gigante descalzo”, como muy acertadamente denominó el historiador militar Gabriel Cardona (Ed. Aguilar 2003) al viejo ejército del franquismo. Nada parecido ocurría en Israel, cuyos ejércitos, para nuestra envidia, solo estaban dedicados a la defensa del país.

Lamentablemente, todo eso pertenece al pasado, cuando Israel era un Estado (artificialmente creado por las potencias occidentales tras la 2ª G.M.) que necesitaba defender con las armas su incipiente democracia, acosado militarmente por los países árabes. Pero otro tipo de acoso interno, a la larga más peligroso, era el del fanatismo religioso que el sionismo albergaba en su seno y ahora está en plena eclosión.

El peso de la ortodoxia judía se ha desplomado sobre lo que fueron aquellas fuerzas armadas laicas que, ingenuamente y por comparación con lo que aquí existía, llegamos a tener por ejemplares. El caso es que la legislación israelí sobre el reclutamiento militar es hoy muy discriminatoria. A la vez que se aplica con dureza la ley contra los evasores del servicio obligatorio, se ponen dificultades al alistamiento voluntario de los que no son “auténticos” judíos. No me refiero a los israelíes de origen árabe (eternos ciudadanos de segunda en un Estado que se dice democrático), sino a los que los rabinos consideran de dudosa ascendencia racial.

El diario Haaretz relató la historia de dos amigas israelíes que tuvieron a la vez sendas hijas. El abuelo paterno de una de ellas estaba casado con una judía, por lo que sus descendientes son “auténticos” judíos. La otra es de madre cristiana y padre judío, por lo que legalmente es cristiana, aunque ella se dice atea. Las dos hijas obtuvieron excelentes notas en la enseñanza pública y en su momento recibieron invitaciones del ejército para ocupar en él puestos de alta cualificación.

Ahí surgió el problema. La primera, la “auténtica”, prefería cambiar el servicio militar por el servicio civil en el área de educación. El ejército rechazó inicialmente la propuesta y el certificado médico que aseguraba que su salud correría peligro si se alistaba. Tras un largo forcejeo legal logró por fin su deseo y entró en el servicio educativo.

La otra, la de origen “cristiano”, también recibió la invitación, decidió alistarse y pasó con éxito los cursos y exámenes previos. De pronto, fue informada de que no encajaba en lo que deseaba. Se le hizo saber que si aspiraba a una buena carrera profesional debería convertirse al judaísmo a través del rabinato militar (el “clero castrense” israelí).

El absurdo consiste en que mientras el Estado obliga por la fuerza a formar en las filas militares a muchos jóvenes de ambos sexos que no lo desean (y tienen que optar entre la complicada objeción de conciencia o la emigración), a la vez rechaza por motivos raciales a quienes aspiran a incorporarse a los ejércitos como servicio altruista a la comunidad. Se mezcla en un irracional conglomerado el racismo de base religiosa y la desigualdad social, hasta el punto de que los ultraortodoxos estudiantes de judaísmo de ambos sexos están exentos del servicio militar.

Sea bajo la influencia de los ayatolás iraníes, de los talibanes afganos o de los rabinos israelíes, la mezcla de ideología religiosa y conducción de la fuerza militar de los Estados suele crear arduos problemas, porque su solución depende de inefables seres celestiales poco propensos al diálogo e inmunes a la democracia o a los derechos humanos.