La OTAN avanza hacia el Este

Hace tres semanas recordaba en estas páginas (“El enmarañado conflicto ruso-europeo” 10-12-2015) que uno de los factores que han contribuido a tensar las relaciones entre Europa y Rusia ha sido la continuada expansión hacia el Este de las instituciones europeas, en especial la OTAN, tras la desaparición de la Unión Soviética. Esto ha contribuido a reforzar el tradicional temor de todos los gobernantes rusos a lo largo de la Historia a ser rodeados territorialmente, temor que ha configurado de forma dominante la geopolítica del extenso país euroasiático.

Ocurre ahora que a punto de concluir 2015 se ha producido un nuevo acontecimiento en la dirección arriba apuntada. Calificada por el Secretario General de la OTAN como una “decisión histórica”, la OTAN ha invitado a Montenegro a convertirse en el 29º miembro de la Alianza. Fue el último de los Estados independientes que nacieron tras la desintegración de la antigua Federación Yugoslava, a lo que contribuyó la OTAN con sus operaciones de infiltración y hostigamiento.

También conviene recordar que hace 16 años la OTAN bombardeó Montenegro durante la guerra de Kosovo, cuando ese país era todavía una de las repúblicas yugoslavas. Lo injusto y desproporcionado de aquella agresión todavía duele en el corazón de algunos montenegrinos.

Desde 2009 no se había producido ninguna ampliación de la Alianza hacia el Este europeo, cuando se incorporaron Albania y Croacia. Por este motivo, la OTAN ha dado amplia publicidad al nuevo ingreso, que ya se da por hecho, en un esfuerzo por mostrar la renovada vitalidad de una alianza militar que desde que desapareció el enemigo que la hizo nacer buscaba nuevos motivos que la ayudaran a sobrevivir.

Con esa decisión, la OTAN (léase EE.UU. y, en segundo plano, Europa) envía un claro mensaje a Rusia advirtiéndola de que Moscú no puede vetar su expansión hacia el Este, incluso hacia los Estados que fueron miembros del extinto Pacto de Varsovia. Pero el Gobierno ruso no ha permanecido en silencio y un portavoz del Kremlin ha anunciado que “la continua expansión de la OTAN y de sus infraestructuras militares no puede menos que provocar acciones de respuesta desde la parte oriental, Rusia, para garantizar su seguridad y conservar el equilibrio de intereses”. De qué tipo de acciones pueda tratarse es algo todavía no definido por Moscú.

La reacción rusa se ha materializado en una petición formal al Gobierno de Podgorica para que convoque un referéndum sobre la unión a la OTAN, aduciendo que menos de la mitad de la población está a favor de la integración. Desde el ministerio ruso de Asuntos Exteriores se alega que la oferta de la OTAN ha creado una honda división en la sociedad montenegrina: “Es el pueblo de Montenegro el que debe hacer oír su voz en un referéndum nacional sobre la cuestión. Sería la verdadera demostración de esa democracia de la que tanto se alardea [en Occidente]”.

Pero Milos Yukanovic, que desde hace 25 años es el dueño indiscutible del país incluso a pesar de sus pasados conflictos con la Justicia, no está a favor del ingreso y se niega a atender las peticiones de los partidos de la oposición que solicitan el referéndum, atribuyéndoles ocultas conexiones con el Kremlin.

Desde el punto de vista militar, poco va a aportar a la OTAN el pequeño Estado balcánico, con un número de habitantes parecido al de Navarra y con un reducido ejército, una escueta marina y casi carente de aviación militar.

Sin embargo, su posición geoestratégica le dota de otros valores. Montenegro es fronterizo con dos Estados que ya forman parte de la OTAN, Albania y Croacia, además de limitar con Kosovo, Serbia y Bosnia-Herzegovina (ya asociada a la OTAN). Posee dos puertos en el Mediterráneo, aprovechables con fines militares y además, como resultado de su pasado histórico en la Yugoslavia de Tito, dispone de vastas instalaciones subterráneas para depósitos de material militar y algunos hangares blindados que, aunque fueron bombardeados por la OTAN en 1999, están siendo renovados con ayuda europea y podrán prestar a la Alianza un eficaz servicio.

El conflicto ruso-europeo sigue, por tanto, vivo. Las insistentes declaraciones de Washington sobre la necesidad de encontrar puntos de acuerdo con Rusia para resolver otras cuestiones (Siria, Estado Islámico, etc.) contrastan con el hecho inocultable de seguir rodeando a Rusia con nuevos Estados miembros de la OTAN. Aproximando a las fronteras de Rusia las instalaciones militares, despliegues de tropa y sistemas de armamento, incluso nuclear, no solo se envía a Moscú el citado mensaje de que ya no existen zonas de influencia reservada ni posibilidades de veto a la expansión otánica, sino que también se le muestra una apenas velada agresividad que en nada contribuirá a mejorar las relaciones entre el Este y el Oeste europeos. Todo ello aumentará la desconfianza mutua y el riesgo de peligrosos incidentes o malentendidos, como ocurrió durante la Guerra Fría. El nuevo año apunta, pues, cargado de incertidumbres en el centro del continente europeo.