Breve elogio del radicalismo

En cualquier enfrentamiento es esencial conocer lo más fielmente posible la naturaleza, medios y propósitos del enemigo, rival o competidor. Esto es de aplicación en una disputa familiar o vecinal o en una pugna comercial, financiera o industrial, así como en la guerra. En cualquier guerra, sea nuclear o la llamada “antiterrorista” como la desencadenada contra el Estado Islámico (EI).

El peor error cometido hasta el presente en esta guerra es la falta de un conocimiento real del enemigo. Todavía es peor disfrazarlo con unos engañosos ropajes conceptuales, que impiden planear las tácticas y estrategias más adaptadas a lo que realmente es.

En esta distorsión influye mucho el pensamiento estratégico dominante en EE.UU., el mismo que indujo a Bush a declarar la guerra contra el terror impulsado por esa peculiaridad, tan anclada en el ADN de la nación americana, que la lleva a observar el mundo como un enfrentamiento eterno entre el bien y el mal. Lucha que solo puede ser dilucidada por la fuerza de las armas y en la que EE.UU. es el pueblo elegido por Dios para defender el bien frente a las asechanzas del mal.

Según ese modo de pensar y actuar, el EI es considerado como el paradigma del mal absoluto, un ente que carece de cualidades humanas, bestial e irracional. Gracias a eso se mantienen ocultas las causas que lo hicieron nacer, en las que EE.UU. tuvo parte decisiva: los yihadistas reclutados y armados contra la ocupación rusa de Afganistán; la invasión aliada de Irak y el consiguiente desmantelamiento del Estado; el apoyo al Gobierno chií contra la población suní, etc. Causas que todavía hoy perduran, como la alianza de EE.UU. con Arabia Saudí, de donde procede parte de la financiación del EI.

Ocultando los orígenes del EI se le puede atribuir una naturaleza de locura congénita, violencia irracional y comportamiento alucinado, de modo que cualquier pretensión de resolver el conflicto que no sea el uso aplastante de la fuerza militar se considera inútil. ¿Qué hacer frente a unos fanáticos extremistas religiosos que aceptan el suicidio como instrumento de guerra?

De ese modo, nos evitamos tener que indagar las razones que mueven al EI y a sus militantes. No es cierto que intentar conocer al enemigo implique participar en sus ideas, algo aborrecible cuando a ese enemigo ni siquiera se le atribuyen condiciones humanas. Comprender no es justificar ni aprobar: es obtener una idea más exacta de la situación.

Se acumulan los interrogantes básicos: ¿Por qué el EI atrae a tantos jóvenes occidentales, en Europa y en EE.UU.? ¿Por qué muchos de ellos encuentran atractiva y fascinante la participación militar a favor del califato? Descubrirlo es una penosa tarea, de la que además no se extraen conclusiones definitivas dada la heterogeneidad de los nuevos yihadistas voluntarios. Y se descubre también que el modo de abordar la guerra de esos combatientes del EI no es nada nuevo ni extraño en la historia bélica del mundo, incluidas las decapitaciones y las sangrientas represalias. En vista de la complejidad a la que conducen estas conclusiones se recurre a la idea más primitiva: si no les entendemos, destruyámoslos.

¿Tan difícil es comprender que la respuesta violenta de los aliados occidentales es precisamente lo que fortalece al EI? Éste construye sus apoyos sobre la idea de que el mundo islámico está siendo sometido y atacado por Occidente. Para los reclutadores del EI, cada bomba descargada sobre Siria o Irak es puro maná que cae del cielo para impulsar a nuevas venganzas y actos de terrorismo como el sufrido en París.

Por una vez, los medios de comunicación deberían utilizar en positivo el verbo “radicalizar” y sus derivados, y no del modo despreciativo u ofensivo con que lo hacen usualmente. En la guerra de Occidente contra el EI hay que “ir a la raíz” del problema y no andarse por las ramas que de ella fueron brotando.

Es evidente que este debería ser siempre el camino para abordar la resolución de cualquier problema, pero en el caso ahora tratado es más necesario porque esa raíz permanece velada para gran parte de la opinión pública occidental, como resultado de la reinante obsesión antiterrorista. Es aun más peligroso el hecho de que cuando sale a la luz lo hace confusamente y suele ser interpretada de modo erróneo.

La perspectiva es hoy bastante negativa. Una guerra que nada resolverá pero que cuanto más se prolongue encontrará más razones para seguir por el mismo camino: la temida “guerra permanente” contra el terror. El círculo se cierra de un modo infernal: a más terrorismo, más temor entre la población; cuanto más atemorizados estén los pueblos, más se aferrarán a la guerra como única solución; y a más guerra, más terrorismo. Se sacrificará la libertad en aras de una imposible seguridad. El terror habrá logrado uno de sus objetivos: herir muestra cultura y civilización.

Ahora parece casi inconcebible, pero ¿no convendría aspirar a que los enemigos de hoy se sentasen en una misma mesa para exponer sus reivindicaciones y hallar puntos de diálogo y confluencia? Quizá sea éste el único camino para una paz a largo plazo en un conflicto que se antoja eterno.