Más opiniones sobre el yihadismo

La potencias más relevantes, estimuladas por el muy activo e infatigable antiterrorista presidente Hollande (al que se sumaron Obama, Putin y ahora Cameron), han decidido que el principal enemigo a combatir con las armas es el Estado Islámico (EI), también conocido como ISIS, ISIL o Daesh. Por esta razón proliferan en los medios de comunicación informes y opiniones sobre el terrorismo yihadista, sus modos de operar y de reclutar seguidores, sus aspiraciones últimas y las raíces sobre las que nace y se desarrolla.

Es natural que así sea porque antes de entablar cualquier combate la primera preocupación debe ser conocer bien al enemigo, como ya dejó escrito Sun Tzu siglos antes de nuestra era. Para contribuir a ese mejor conocimiento se van a citar aquí tres puntos de vista sobre el yihadismo: el de dos analistas del ámbito atlántico, el de un ruso tártaro y el de un imam barcelonés.

Los investigadores Scott Atran y Nafees Hamid, en su artículo Paris: The War ISIS Wants (“París: la guerra que desea ISIS”) publicado en The New York Review, opinan que observar el terrorismo como una acción de horrible violencia y carente de sentido induce a los Gobiernos a valorar mal la situación. Porque los fieles seguidores del EI lo consideran como “parte de una exaltada campaña de purificación basada en el asesinato sacrificial y la autoinmolación”, que irá creando un archipiélago yihadista internacional que al fin se fundirá en un nuevo mundo de paz y justicia bajo la bandera del islam, una vez destruido el mundo actual.

Aducen para ello unos fragmentos de la estrategia elaborada y difundida en 2004 por la rama iraquí de Al Qaeda, predecesora del EI:

“Diversificar y extender los ataques vejatorios contra el enemigo ‘cruzado-sionista’ en cualquier lugar del mundo islámico e incluso fuera de él si es posible, para desperdigar los esfuerzos de la alianza enemiga y agotarla al máximo”.

“Si se ataca un lugar turístico frecuentado por los cruzados, tendrán que proteger con fuerzas adicionales los centros turísticos de todo el mundo, lo que implicará un mayor despliegue y costes más elevados”.

Esta estrategia cuenta con el ímpetu natural de los jóvenes insatisfechos, rebeldes ante la autoridad, llenos de energía e idealismo, capaces de sacrificio:

“Motivar a mucha gente extraída de las masas para que venga a los territorios que controlamos, en especial a los jóvenes… porque éstos se hallan más próximos a la naturaleza humana gracias a la rebeldía que albergan…”

Todo lo anterior tiene por objeto inducir a Occidente a empeñarse en un conflicto militar:

“Trabajar para poner al descubierto la debilidad del poder centralizado de EE.UU., haciéndole abandonar la guerra psicológica en los medios y la guerra por países interpuestos, hasta que se vea forzado a combatir directamente”.

Así pues, la política adoptada por los principales Estados tras los atentados de París parece jugar a favor de lo que el islamismo terrorista había anticipado hace ya once años.

El artículo concluye así: “Aunque el EI sea destruido, su mensaje será capaz de cautivar a las generaciones posteriores. Hasta que no reconozcamos las pasiones que puede despertar entre los jóvenes desafectos en todo el mundo, corremos el peligro de reforzarlas y aumentar el caos que ISIS ansía”.

Rais Suleimanov, ruso tártaro especializado en el estudio del islamismo extremista, desde Kazán (capital de Tartaristán) opina que la idea del califato atrae a gente de todo tipo: “En su mayoría no son personas en situación precaria. Muchos van a combatir a Siria y aportan dinero; no son mercenarios ni están movidos por las ganancias sino por las ideas”.

¿Por qué personas cultivadas aceptan el salvajismo del EI, los prisioneros quemados o decapitados, los niños asesinados? Suleimanov responde que siempre hay quienes admiran la violencia o aman el peligro. Pero todos ellos, violentos o no, “están motivados por la idea de crear una sociedad más justa bajo las leyes islámicas”. Lo compara perspicazmente con el comunismo que a principios del siglo XX promovía ideales similares, luchando por la justicia y la igualdad entre los seres humanos. En el mundo occidental, recuerda Suleimanov, muchos adoptaron esa ideología (sobre todo estudiantes e intelectuales) a pesar de que la URSS era una tiranía que fríamente eliminaba a muchos ciudadanos.

Por último, y para borrar la idea de que el autoproclamado califato es una inofensiva mascarada, como algunos han opinado en España, oigamos a un imam de Barcelona explicar por qué el califato ha resurgido como una causa atractiva para muchos musulmanes: “Estoy contra la violencia de ISIS y de Al Qaeda, pero han servido para sacar a la luz nuestros problemas en Europa y en el mundo. Antes se nos ignoraba por completo. Soñamos con el califato, igual que los judíos soñaron siempre con Sión. Quizá sea una federación de pueblos musulmanes, como la Unión Europea. Llevamos el califato en nuestros corazones aunque no sabemos todavía la forma que tendrá”.

Estamos ante un asunto muy complejo, que requiere análisis razonados y bien fundados más que impulsos bélicos y operaciones militares de represalia. Hay que adoptar una amplia visión del entorno para no repetir los errores del pasado, causantes de la crítica situación actual. De no ser así, podemos entrar en un ciclo de violencia multiplicada de muy incierto final.