Rusia, Turquía y la OTAN, en el avispero sirio

Quizá algo abochornados por la barbarie turca al derribar sin contemplaciones un caza ruso que volaba sobre la frontera turco-siria, aunque sin mostrarlo ostensiblemente pues Turquía es un viejo aliado que desempeñó un papel fundamental durante la Guerra Fría, los 28 representantes nacionales ante la OTAN se vieron forzados a celebrar una reunión de urgencia a petición del Gobierno de Ankara.

Lo primero que sorprende es que haya sido Turquía la que pidió la reunión del Consejo del Atlántico Norte, como si hubiera sido atacada o estuviera en inminente peligro y requiriera el inmediato apoyo de los socios atlánticos. Una violación del espacio aéreo que solo duró unos segundos ¿equivale a una declaración de guerra y exige la ruptura de hostilidades, como si fuera un nuevo Pearl Harbour? ¿A qué extremos de exaltación se hubiera llegado si el avión abatido hubiera sido turco y el agresor, ruso? Es evidente la sobreactuación del Gobierno de Ankara, que ha puesto en un serio compromiso a la OTAN.

Con la boca pequeña y sin identificarse, algunos de los embajadores ante la OTAN han reconocido que el protocolo normal en estos casos es que los cazas que salen a interceptar un avión incursor, tras la identificación visual, lo escolten fuera del espacio aéreo violado, haciéndole notar la trasgresión en la que ha incurrido. Posteriormente tendrían lugar las oportunas reclamaciones diplomáticas por las vías usuales y las investigaciones para aclarar el motivo de la infracción.

La declaración final del Secretario General de la OTAN, instando a la calma y a rebajar tensiones, dejó también al descubierto la verdadera causa del conflicto cuando dijo: “Lo que hemos visto es que la mayoría de los ataques rusos hasta ahora se han dirigido contra partes de Siria donde no está presente el ISIL [Estado Islámico en argot OTAN]. Nuestro enemigo común es ISIL y, por eso, aceptaría con agrado todos los esfuerzos para incrementar la lucha contra el ISIL”.

El asunto se explica mejor al observar que Turquía y Rusia no combaten en Siria contra el mismo enemigo. Más aún: tienen enemigos distintos, enfrentados además entre sí, lo que complica bastante la cuestión. Esto no es nada nuevo, dada la variedad de actores que operan en territorio sirio.

Uno de los grupos rebeldes alzados contra el Gobierno sirio son los turcomanos, un pueblo étnicamente turco que lleva siglos habitando en la región. Algunos se concentran en las montañas cercanas a la frontera con Turquía. Fueron perseguidos por el régimen de Bagdad, que les prohibió el uso de su idioma y combatió sus señas de identidad; se sublevaron en 2011 contra El Asad, contando con el apoyo de Ankara y unidos a otras facciones que también aspiraban a derribar al presidente sirio.

Instruidas y entrenadas por Turquía, las brigadas turcomanas agrupan a unos 10.000 combatientes que luchan a la vez contra el ejército regular sirio y contra el Estado Islámico. Les apoyan otras fuerzas, como el Ejército Libre de Siria, la rama de Al Qaeda en el país (el Frente Nusra) y el grupo islamista Ahrar al-Sham. Es precisamente en esta vinculación con grupos próximos al terrorismo internacional donde se basa la acusación de Putin a Turquía de apoyar al yihadismo.

La aviación rusa atacó a los turcomanos y esto es lo que Ankara parece haber vengado con la destrucción del cazabombardero ruso, en una acción sin precedentes después de la Guerra Fría. Es natural que ambas partes -Rusia y Turquía- presenten versiones distintas del mismo hecho, sobre todo en una zona donde la frontera serpentea entre Siria y Turquía. Se discute también si en el momento del ataque el avión ruso estaba penetrando o abandonando el espacio aéreo turco. Teniendo en cuenta que Rusia y Turquía no están en guerra, el hecho presenta enorme gravedad.

Tras la destrucción de un avión comercial ruso en Egipto, acto terrorista atribuido al Estado Islámico, parecía como si Rusia, Europa y los estados árabes moderados se fueran a unir con un mismo objetivo: derrotar al EI. Pero ocurre que los objetivos finales de los participantes en el conflicto sirio no son los mismos y, por eso, los ataques rusos contra los turcomanos han llevado a un enfrentamiento militar directo entre Turquía y Rusia.

En realidad, sobre territorio sirio se desarrollan varias guerras con distintos participantes. Una de ellas está orientada a la configuración de la Siria de posguerra y a la futura hegemonía en la región; hay otra, para derrotar al Estado Islámico, que es la que abandera el presidente francés. Al conflicto tampoco son ajenos Irán, Arabia Saudí y los Estados del Golfo. Y no olvidemos todavía la continua catástrofe humanitaria de los refugiados que huyen de la guerra, a los que los atentados de París han arrojado a la oscuridad informativa.

El acto de guerra que supone abatir un cazabombardero ruso solo por haber violado brevemente el espacio aéreo turco, sin ningún otro indicio de acción agresiva contra Turquía, es un acto hostil y como tal debe ser tratado en los foros internacionales. La OTAN deberá explicar debidamente esta agresión, aunque no haya estado controlada por los órganos militares de la Alianza y sea responsabilidad exclusiva de Ankara. Convendrá que la Alianza ignore esas voces exaltadas que exigen estar “al lado del amigo, con razón o sin ella”, porque los ojos del mundo están puestos en una Alianza militar que se quedó sin el enemigo que la hizo nacer y crecer y algunas de cuyas acciones recientes han suscitado razonable desconfianza.