Terrorismo, delincuencia y guerra

El presidente francés reaccionó militarmente el pasado domingo a la oleada de atentados sufridos por París, enviando su aviación a bombardear Racca, al Este de Siria, una de las principales ciudades del Estado Islámico. Catorce años antes, y ante otro aluvión de atentados terroristas que se abatió sobre Nueva York y Washington, el presidente de EE.UU. ordenó desencadenar la guerra contra un Estado, Afganistán, en cuyo territorio se había fraguado una parte del complot, ni siquiera la principal.

En ambos casos, uno de los objetivos de la reacción bélica fue levantar la moral de la población, abatida por los terribles atentados sufridos. Pero las circunstancias son muy distintas y el espíritu popular en ambos Estados en nada se parecía ni se parece hoy. Estadounidenses y franceses no pertenecen a la misma cultura político-bélica, aunque Hollande parezca imitar a Bush más que atender a la voz de su propio pueblo.

El alucinado presidente de EE.UU. fue el primer dirigente de la Historia que respondió a unos actos de terrorismo con la guerra (“guerra total contra el terror” la proclamó), en vez de hacerlo con los medios de represión y restablecimiento de la normalidad y el orden público, habituales en las democracias avanzadas. Medios que son bastante ajenos al espíritu embebido en los genes nacionales de EE.UU., heredero de los tiempos de “la frontera” y de la perenne sensación de hegemonía de las armas sobre la razón, que tantos éxitos ha proporcionado a los intereses de la nación americana. Y tantos fracasos morales, desde la voladura del Maine en Cuba hasta la ignominia del penal de Guantánamo, también en Cuba.

Llevado por la obnubilación del momento, Bush la llamó “cruzada”, pero lo imprudente del término y los efectos que podía tener en otros pueblos cuyo apoyo deseaba obtener le obligaron a cambiar de expresión. A partir del error inicial, el espíritu de venganza cegó a los dirigentes de Washington, que entraron en una espiral de arrogancia e ignorancia responsable del estado actual en que se hallan muchos pueblos del Medio Oriente (como acaba de reconocer Tony Blair, uno de los cómplices de la aventura), víctimas de las invasiones militares occidentales capitaneadas por EE.UU.

Hollande, copiando a Bush, no es el mejor ejemplo del camino que debería seguir Europa frente a las brutalidades del Estado Islámico. Porque el pueblo francés, dando muestras de serenidad y patriotismo, entonando espontáneamente su himno nacional (que, dejando aparte alguna ferocidad de su letra, fue, ha sido y será uno de los símbolos del progreso de la humanidad) no ha querido remedar el espíritu del Lejano Oeste tomándose la venganza por su cuenta o erigiéndose en sheriff del mundo, al estilo que propugnó Washington en 2001.

Su larga y profunda cultura y su experiencia en centenares de guerras que han ensangrentado el hexágono durante siglos han dado ejemplo de lo que la vieja Europa podría aportar a los conflictos que aquejan a la humanidad, si supiera sobrepasar sus rencillas internas, su creciente egoísmo y su sumisión al poder económico, como ocurre en esta época de desconcierto y desilusión por lo que Europa pudo haber sido y no fue. O no parece que vaya a ser.

Los atentados de París no son un acto de guerra. En todo caso, para que lo fueran habría que inventar una nueva acepción para este vocablo en todos los idiomas del mundo. Y descalificar, con ello, para siempre a los tratadistas que durante siglos han venido estudiando la evolución del fenómeno guerra; incluso cuando el terrorismo había hecho ya su aparición en el seno de algunas naciones donde las reivindicaciones sociales o políticas utilizaban el terror como instrumento para conseguir sus fines.

El terrorismo nativo, el que ha crecido y se ha educado entremezclado con el pueblo del país al que ataca, como ha ocurrido en París, no puede ser un enemigo de guerra. Guerra y delincuencia, por grave que ésta sea, son términos incompatibles. No se les puede hacer frente con la misma estrategia, con los mismos instrumentos ni con los mismos objetivos o finalidades. Es el error en el que es fácil incurrir estos días.

Aunque estos aspectos han sido sobradamente comentados en todos los medios con motivo de la sangre derramada en París, conviene también preguntarse: ¿Cuánta sangre, también inocente, habrá sido vertida en Racca al retirarse los cazabombarderos franceses? ¿Qué nuevos odios e impulsos de venganza habrán aflorado entre las ruinas de la ciudad? ¿Y qué nuevo terrorismo brotará, en Oriente Medio, en África, en Asia, como consecuencia de las bombas rusas, francesas, inglesas, israelíes, americanas… lloviendo hoy sobre Siria o Irak, o de los drones que acechan por doquier?

Plantearse como una guerra total el conflicto de Siria, que es solo una parte del avispero que ha emergido en Oriente Medio como resultado de los errores anteriores, es cometer un nuevo error. Es plantearse una guerra que no va a ganar nadie. Ni un hipotético ejército mundial invencible y todopoderoso que aniquilase hasta el último reducto del Estado Islámico, podría ganar esa guerra. Un renovado terrorismo, con el mismo u otro nombre, surgiría sobre las cenizas y el caos sembrados por el antiterrorismo bélico. Forzosamente habrá que buscar otras soluciones que no se basen en el poder destructor de las armas.