El trasiego de armas en Siria

Las auténticas víctimas de la guerra que se abate sobre Siria son los habitantes del país: muertos, heridos, mutilados, desplazados internos y refugiados en el extranjero. Todos ellos son producto de la acción de las variadas armas que desde hace cuatro años se expresan allí a diario con su habitual lenguaje mortífero.

El trasiego de armas que se observa en Siria es resultado de un largo proceso. Al comienzo del conflicto, por un lado operaba el Gobierno sirio, tradicionalmente aliado de Rusia de la que recibía ayuda militar, reprimiendo sañudamente con su ejército regular la rebelión civil iniciada en 2011, eco de la “Primavera árabe” que derrocó a varios dictadores desde Túnez a Yemen. Frente al Gobierno, los rebeldes alzados contra El Asad y los desertores del ejército, apoyados por la CIA y financiados por Arabia Saudí y sus aliados, se organizaron en el Ejército de Siria Libre. Quedaron así delineados los dos bandos iniciales de la guerra.

Durante los años siguientes la situación se complicó peligrosamente. Crecieron nuevos grupos armados enfrentados al Gobierno, algunos vinculados a Al Qaeda, y el Estado Islámico (EI) se extendió sobre Siria e Irak, proclamando el Califato y acogiendo a muchos voluntarios extranjeros dispuestos a morir en su defensa. El vacío de poder creado por la caótica situación de Irak tras su invasión y ocupación por EE.UU., junto con la desintegración del ejército de Sadam Husein y la dispersión de sus armas y material de guerra, generaron las condiciones para una prolongada guerra civil.

El escándalo de la decapitación pública de prisioneros estadounidenses en septiembre de 2014 hizo sonar las alarmas en Washington y Obama autorizó la guerra aérea contra el EI, envió asesores militares a Irak y dedicó vastos recursos a armar y entrenar a los rebeldes sirios “moderados” para que participaran en la lucha contra el EI. Con poco éxito, porque el EI sigue creciendo a pesar de la intensa campaña de EE.UU. y sus aliados (más de 7000 ataques aéreos hasta hoy), que según el Pentágono viene costando unos 10 millones de dólares diarios.

Al escribirse estas líneas los cielos de la región están surcados por aviones de guerra de Baréin, Catar, Egipto, Emiratos Árabes, Francia, Jordania, Kuwait, Marruecos, Reino Unido y Rusia, además de EE.UU. y sus drones, todos ellos en operaciones antiterroristas al viejo estilo de Bush. Contribuyen, por su parte, a los padecimientos de la población civil, como cuando la aviación de EE.UU. atacó por error un hospital en Afganistán o cuando aviones saudíes convirtieron en una masacre un festejo matrimonial en Yemen. En ese zoco internacional del armamento que es Oriente Medio también participan soldados españoles que operan una batería de misiles antiaéreos de fabricación estadounidense para proteger el espacio aéreo turco.

Las armas exhibidas en esta guerra aumentaron cuando Rusia empezó a participar en las acciones aéreas sobre territorio sirio. A finales del pasado mes de septiembre cundió la sospecha de que los ataques rusos no se dirigían tanto contra el EI como contra los grupos rebeldes opuestos a El Asad. The New York Times publicó hace unos días que el armamento que EE.UU. entregó a los rebeldes está convirtiendo a Siria en un teatro de operaciones donde las armas rusas y las estadounidenses se enfrentan mediante intermediarios.

No estaba equivocado. La aviación rusa bombardea a los rebeldes armados por Washington y ataca a sus instalaciones militares. Misiles contracarro fabricados en EE.UU. aniquilan los blindados rusos de El Asad. Helicópteros rusos, utilizando las técnicas aprendidas durante la ocupación soviética de Afganistán, atacan a los rebeldes, que piden a EE.UU. misiles antiaéreos que Washington no les entrega por temor a que caigan en manos del EI. En varias ocasiones han sido descubiertos grupos terroristas utilizando armas de fabricación occidental que habían entrado en Siria para ayudar a los enemigos de El Asad pero acabaron reforzando al EI.

El vasto trasiego de armas que lleva consigo esta guerra es recibido con gran alborozo por la industria internacional del armamento, que en el conflictivo teatro de operaciones de Oriente Medio encuentra un excelente polígono de experiencias para probar prototipos y ensayar nuevos modelos, así como el escaparate donde muestra la eficacia de sus productos.

Y es que el ingenio de la industria del armamento no conoce límites. Como lo muestra una empresa californiana que acaba de poner en el mercado una nueva arma calificada de “antiyihadista”. Se trata de un fusil de asalto con el que no se corre el riesgo de que caiga en manos del enemigo. Se llama Crusader, es decir Cruzado, lleva grabada la cruz de los Templarios (la que se exhibía sobre las armaduras de los cruzados cristianos medievales) y el texto del primer versículo del Salmo 144 de la Biblia. Las posiciones del seguro de disparo, en vez de estar señaladas con las palabras SEGURO y TIRO, como es habitual, se identifican así: PAZ, GUERRA y DIOS LO QUIERE (el eslogan que impulsó la Primera Cruzada: Deus lo vult). Como propaganda para su venta, el fabricante afirma que ningún yihadista podrá empuñarlo sin temer que un rayo divino descargue sobre su cabeza. Siempre habrá quien de la sangre derramada obtenga beneficios. Por ese camino, poco ha progresado la humanidad.