La premio Nobel que escribió sobre la guerra y las mujeres

Svetlana Alexandrovna Alexievitch, recientemente galardonada con el Nobel de Literatura, es una escritora y periodista bielorrusa que en 1983 publicó su primer libro: “La guerra no tiene rostro de mujer”.

Se han escrito innumerables textos sobre las más de 3.000 (según la autora) guerras que han azotado a la humanidad, pero Svetlana Alexandrovna explica que “lo que sabemos de la guerra nos ha sido contado por hombres. Estamos prisioneros de imágenes y sensaciones ‘masculinas’ de la guerra”. Esta fue la idea básica que motivó su obra: el hecho de que las narraciones femeninas son “de otra naturaleza y tratan de otros asuntos” cuando describen la guerra. Esas narraciones son las que este libro saca a la luz con gran destreza. En ellas no hay héroes ni memorables hazañas bélicas, sino personas absorbidas por una “inhumana tarea humana”, que no son las únicas que sufren “pues con ellas sufre la Tierra, los pájaros, los árboles; toda la naturaleza sufre en silencio, lo que resulta aún más terrible”. Punto de vista poco utilizado por los más acreditados historiadores de la guerra (evidentemente, masculinos).

Para encontrar el rostro femenino de la guerra, la autora dedicó siete años a entrevistar a varios centenares de mujeres entre el millón de combatientes femeninas soviéticas que, entre los 15 y los 30 años de edad, lucharon en la Segunda Guerra Mundial para frenar primero y rechazar después la invasión de los ejércitos de la Alemania nazi. Ella nació tres años después del fin de la guerra y para justificar su empeño afirma: “Creemos saberlo todo sobre la guerra, pero es un error: queda una guerra que no conocemos y yo quiero escribirla; una historia femenina de la guerra”.

No solo habló con camilleras, telefonistas, enfermeras, cocineras o lavanderas, las tradicionales misiones de la mujer en la guerra, sino también con médicas, cirujanas, francotiradoras, pilotos de avión, jefes de artillería antiaérea y de zapadores desminadores, además de guerrilleras, criptógrafas o auxiliares del Estado Mayor.

La autora muestra que la guerra de las mujeres tiene su propio lenguaje, que habla más de los sentimientos que de los hechos; esto la ha inducido a referirse especialmente al “ser humano en la guerra”. Para ello recopiló las opiniones de las mujeres en su triple condición de soldados, mujeres y madres. Una enorme tarea que Svetlana Alexandrovna abordó con valentía y entusiasmo, y resolvió con eficacia y apasionante resultado, lo que confiere a este libro un extraordinario valor.

Explica que en su elaboración tuvo que distinguir entre las mujeres sencillas del pueblo, que tendían a expresarse con sinceridad, con su propio vocabulario, y las más instruidas, lo que las hacía más propensas a expresarse según el prisma masculino en el que habían sido educadas. Pero las mujeres hablan, y hablan sin tapujos. Así, Natalia Ivanova, auxiliar sanitaria: “Se habían organizado cursos para enfermeras. Mi padre nos envió, a mi hermana y a mí. Yo tenía 15 años, mi hermana, 14. Él decía: ‘es todo lo que yo puedo ofrecer para la victoria: mis hijas’. Era el pensamiento dominante en aquellos días. Un año después estábamos en el frente”.

Liubov Ivanovna, jefe de una sección de ametralladoras, recuerda: “La ametralladora pesa mucho, hay que transportarla. Como si fueras un caballo. Es de noche, estamos patrullando y atentos a cualquier ruido, como los linces, al menor susurro. En la guerra, le aseguro, se es a medias humano y fiera. Regresa algo muy primitivo. Si no, no se podría sobrevivir. Hice todo el trayecto a pie hasta Varsovia. No me gustan los libros sobre la guerra, ni sobre los héroes”.

Klaudia Grigorievna Krojina, sargento francotiradora: “Recuerdo una noche, acostada en la chabola; sin dormir. La artillería tronando a lo lejos. No me apetece morir. He prestado el juramento militar por el que doy mi vida si hace falta, pero no tengo ganas de morir. Aunque regrese viva, lo haré con el alma enferma. Ahora [durante la entrevista, años después] me digo: hubiera preferido ser herida en una pierna o en un brazo, porque el dolor solo sería corporal. Pero en el alma… es muy doloroso. Éramos unas niñas cuando fuimos a la guerra, salíamos de la infancia. Yo misma crecí, imagíneselo, vestida de uniforme. Mamá me talló al volver a casa, medía diez centímetros más”.

Hasta aquí, las soldados. Ahora, las mujeres, como Sofía Kriegel, suboficial francotiradora: “Llegamos 27 chicas al Primer Frente Bielorruso y los hombres nos miraban con admiración: ‘No son lavanderas ni telefonistas, sino francotiradoras. Es la primera vez que las vemos ¡y son mujeres!’. Antes de ir habíamos hecho una promesa: no mantener ninguna aventura. Éstas nos llegarían si sobrevivíamos a la guerra. Antes de marchar al frente, ni sabíamos lo que era un beso. Nuestros sentimientos eran más estrictos que los de la juventud de hoy. En la guerra, el amor estaba prohibido y si los superiores lo descubrían cada uno era enviado a una unidad distinta. Sin embargo, si no me hubiera enamorado durante la guerra, no hubiera sobrevivido. El amor nos salvaba, me salvó…”.

Por último, las madres. Raisa Grigorievna Josenevitch, partisana, que había dejado a su hijo de cuatro años con la madre de su marido, tras la ocupación alemana de Minsk: “Soñábamos con la lucha, la inacción me volvía loca. Mi suegra me había dicho: ‘Me quedo con el niño, pero nunca más aparezcas por aquí. Nos matarían a todos’. No lo vi durante tres años, temía acercarme a la casa. Con mi hija pequeña, en cuanto me sentí vigilada por los alemanes, me escapé y la llevé conmigo a la resistencia. Recorrí 50 kilómetros con ella en brazos. Durante más de un año la tuve conmigo en los bosques. Me pregunto cómo pudimos sobrevivir y no sabría responder. Una vez tuve que llevar una máquina de escribir a otro grupo de partisanos. Estábamos cercados. Mientras mis compañeros solo llevaban su fusil, yo tuve que cargar con mi hija, el fusil y la máquina. Entramos en un pantano. Los aviones enemigos volaban rasantes. Mi hija me dijo: ‘Ya sé por qué no te tiras al suelo cuando disparan: para que nos maten juntas’. ¡Una niña de cuatro años! Así estuvimos dos meses, en los pantanos. Cuando se rompió el cerco, un avión vino a evacuar a los heridos y enfermos. Yo estaba destrozada, cubierta de forúnculos, la piel se me caía a trozos, con mi niña en brazos. Cuando la metieron en el avión, un tripulante le preguntó si venía sola y le propuso que su madre subiera con ella. La niña contestó: ‘No puede irse, tiene que derrotar a los nazis’. Así habían crecido nuestros hijos. No fui evacuada. Cuando volví a encontrar a mi marido, no teníamos tiempo suficiente para contárnoslo todo. Le estuve hablando día y noche…”.

La guerra, cualquier guerra, tiene siempre caras ocultas que solo el tiempo va desvelando. Tras la exaltación, la desilusión: “Muchos creíamos que tras la guerra todo cambiaría y nadie viviría ya asustado. Que Stalin confiaría en su pueblo. Pero, todavía sin acabar la guerra, salían ya convoyes de desterrados a Magadán. Se enviaba a los campos de trabajo a los prisioneros que habían sobrevivido a los campos de concentración nazis, que habían visto cómo se vivía en Europa y podían contarlo: cómo eran allí las casas y las carreteras… que no había koljoses. La censura leía nuestras cartas, en cada unidad había espías. Tras la victoria, todo el mundo se calló y volvió el miedo, como antes de la guerra”.

En las academias militares y en las escuelas de Estado Mayor de todo el mundo, además de los sempiternos y tradicionales textos de Historia bélica, debería estudiarse el breve libro de la escritora bielorrusa para poder entender en su verdadera dimensión la imagen absoluta de la guerra, de toda guerra.