El altavoz mundial de la Asamblea General

Las reuniones plenarias que en otoño convoca anualmente la Asamblea General de Naciones Unidas son el gran altavoz a disposición de todos los Estados que integran la Organización, grandes o pequeños, fuertes o débiles, democráticos, plutocráticos, teocráticos o comoquiera que sean sus Gobiernos.

Desde el jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano (Status Civitatis Vaticanæ es su nombre oficial), cuyo ejército -la Guardia Suiza Pontificia- está formado por un centenar de alabarderos (solo hombres), hasta los jefes de los más poderosos Estados provistos de armas nucleares y potentes ejércitos, todos ellos pueden dirigirse al mundo entero desde la tribuna del salón de sesiones, donde presentan sus reclamaciones o exponen sus opiniones.

Este es, probablemente, el principal (y quizá único) signo de absoluta igualdad entre todos los Estados del mundo, en una organización que se caracteriza por las irritantes desigualdades entre sus miembros. Es un defecto que viene arrastrando desde su fundación, vinculada estrechamente a la situación internacional existente al concluir la 2ª Guerra Mundial, y que no parece en vías de ser corregido. Los Estados más influyentes desean seguir siéndolo, sin perder sus privilegios, y se oponen a las demandas de una mayor democratización. Asunto complejo, pues también está relacionado con lo que cada Estado aporta al sostenimiento de esta compleja organización, según el viejo aforismo de que “el que paga, manda, y cuanto más paga, más manda”.

Que todos los jefes de Estado puedan arengar al mundo desde la sede neoyorquina de la ONU no significa que sean escuchados con el mismo interés ni que sus alocuciones produzcan los efectos por ellos deseados. Numerosas han sido las ocasiones en que algunos delegados han abandonado ostensiblemente el salón para mostrar su disgusto ante la presencia de ciertos gobernantes.

Algunos han aprovechado la ocasión para espectaculares actuaciones de raíz política y teatral apariencia, como la irritada intervención de Jruschef blandiendo un zapato, el olor a azufre que Chávez dijo percibir al subir a la tribuna desde la que antes había hablado Bush o las destemplanzas del primer ministro iraní Ajmadineyad, que hicieron abandonar la sala a numerosas delegaciones.

La actual 70ª Asamblea General no ha sido una excepción y ha permitido a muchos dirigentes mundiales expresar claramente sus opiniones. El papa Francisco pronunció un severo alegato en favor de los pobres y desfavorecidos del planeta y mostró su rechazo a la guerra y al comercio de armas.

El presidente de Cuba, Raúl Castro, exigió el fin del embargo económico y financiero al que está sometido su país por EE.UU. y la restitución de Guantánamo. Sus demandas están cargadas de razón: si el embargo es un castigo por las carencias democráticas del régimen de La Habana ¿cómo se entiende qué EE.UU. mantenga una estrecha alianza con el teocrático y medieval Gobierno saudí, que vulnera los más elementales derechos humanos? Por otro lado ¿no viene siendo Guantánamo el más visible y vergonzoso escándalo para la justicia internacional? La devolución de la base al Gobierno cubano nos ahorraría soportar un bochorno más.

Sorprendió que Obama no hiciera alusión alguna a Israel ni al pueblo palestino, mientras que el rey de Jordania insistió en la protección de los lugares sagrados del islam en Jerusalén, sometidos recientemente a la violencia israelí. La presidenta brasileña puso el dedo en la llaga al exigir el fin de los asentamientos judíos en tierras palestinas, que dificultan la creación del Estado palestino. Y el presidente iraní, ante un escaso auditorio y no desprovisto de razón, adujo que el principal escollo para desnuclearizar Oriente Medio no es su país sino el Estado de Israel.

El conflicto que desangra Siria ha puesto en bandeja a Putin la posibilidad de reaparecer, pisando con firmeza, ante la comunidad internacional, debido a la impotencia mostrada por Washington y sus asociados para resolverlo. Con sutil habilidad el presidente ruso inició su discurso recordando que hace 70 años los gobernantes aliados, en lucha contra la Alemania nazi, se reunieron precisamente en las tierras rusas de Crimea, donde en la conferencia de Yalta se sentaron las bases para la creación de la ONU. De ese modo dio por cerrada toda polémica sobre la recuperación/invasión de Crimea. Asunto que tanto perturba a EE.UU. y a Europa, y que mantiene casi en pie de guerra a una OTAN, cuya expansión hacia el Este sigue siendo una espina clavada en el Kremlin.

Más o menos a regañadientes, y entre una bruma de desconfianzas recíprocas, EE.UU. y Rusia alcanzarán un acuerdo de facto para combatir al enemigo común que es el Estado Islámico. Las demás heridas seguirán abiertas y otros problemas quedarán pendientes de resolver, no solo en Palestina sino en otras partes del mundo, como los mares contiguos a China o todo lo relativo al deterioro medioambiental y el cambio climático. Quedan todavía algunos jefes de Estado por intervenir en el actual periodo de sesiones y en el altavoz de la Asamblea General seguirán resonando los problemas que aquejan a la humanidad. Conviene escucharlo.