La parrilla de salida para el próximo conflicto

La losa que pesa sobre las potencias occidentales que afrontan el enrevesado problema de llevar la paz a Siria no es otra que el recuerdo de los continuos fracasos en las más recientes intervenciones militares en el mundo islámico.

Es ya muy difícil vencer la inercia creada por la “guerra contra el terror” que puso en marcha el alucinado Bush tras los atentados del 11-S. Este fue el error fundamental que ha dado origen a la mayor parte de los problemas que hoy exigen acuciante solución. Lo que comenzó como un atentado terrorista más -los ataques con aviones de línea perpetrados en Nueva York y Washington-, que podría haber sido contrarrestado mediante las opciones clásicas basadas en la actividad policial internacional, como se ha venido combatiendo habitualmente el terrorismo en Europa, se convirtió en el pretexto para iniciar una cruzada en forma de guerras de invasión en tierras del islam.

Cruzada en la que se mezclaron objetivos distintos y no siempre compatibles, como la democratización del Oriente Medio, la eliminación de unas armas de destrucción masiva que se revelaron imaginarias, el control de los yacimientos de hidrocarburos en la región, la neutralización de las aspiraciones de Rusia, China o Irán a ampliar sus ámbitos de influencia y la confirmación de la incontestable hegemonía militar estadounidense.

Sobre ese confuso substrato ha ido enmarañándose la guerra civil en Siria que, aparte de otros efectos, es la principal causa de la masiva huida de refugiados que se agolpan para cruzar las fronteras europeas. Si esto no hubiera ocurrido, si los pueblos de Europa no hubieran palpado -y, en algunos casos, sufrido directamente, como en Grecia o Italia- el penoso éxodo de los que huyen de las guerras y la miseria, el actual problema sirio apenas hubiera ocupado espacios secundarios en los medios de comunicación. Es lo que viene ocurriendo con la tragedia que se vive en Yemen, con la prolongada guerra civil en Nigeria o con los sangrientos enfrentamientos que asolan a los pueblos africanos desde Libia hasta el Congo.

Estos días parecen sugerirse nuevas fórmulas para resolver el conflicto sirio, y en Washington y Moscú se especula con un nuevo entendimiento mutuo que podría iniciarse con motivo del previsible encuentro en Nueva York entre Obama y Putin, durante la Asamblea General de la ONU.

A pesar del distanciamiento entre Rusia y EE.UU., agravado por las sanciones impuestas a Rusia con motivo del conflicto en Ucrania, ambas potencias están de acuerdo en que el auge del Estado Islámico es hoy el principal peligro a afrontar en esta región. Por su parte, Moscú no oculta el apoyo al régimen de Damasco, apoyo con un componente militar claramente visible.

Esto ha sido precisamente lo que llevó a Netanyahu a Moscú el lunes pasado, con el objeto de coordinar las acciones militares de ambos países en territorio sirio. Se trata de evitar malentendidos o enfrentamientos indeseados entre las fuerzas rusas e israelíes que, en distinto grado y con diferentes medios, están interviniendo ya en la guerra civil siria.

Esta visita ha realzado el papel que Rusia puede jugar en la resolución de la guerra en Siria y, por tanto, en la reducción del flujo de emigrantes a Europa. Las potencias europeas no son unánimes en esta cuestión. Algunas desconfían de las intenciones de Moscú mientras que en otros países se piensa que, puesto que ni EE.UU. ni Europa han sabido resolver el problema, quizá conviniera dejar a Rusia más libertad de acción política y diplomática, por si tuviera más éxito que el alcanzado hasta ahora.

Hay aspectos en los que Moscú y Washington discrepan: ¿Cómo sería la Siria que surgiría tras la resolución del conflicto? ¿Por quiénes sería gobernada? Son asuntos que no pueden dejarse de lado, aunque el país está hoy tan fragmentado y el poder se halla tan disperso entre grupos opuestos que resulta difícil pensar en la reconstrucción de la Siria anterior a la guerra.

EE.UU. y las potencias occidentales desean terminar con El Asad, mientras que Rusia aspira a una coalición entre el Gobierno de Damasco y la oposición, para combatir conjuntamente al Estado Islámico. Ambos objetivos parecen difíciles de alcanzar sin el empleo de la fuerza, sobre el que tampoco existe acuerdo. ¿Ataques desde el aire? ¿Tropas en tierra?

Conviene tener presente, además, la imagen global de los vectores de poder, donde EE.UU. desconfía de Rusia y no desea que Moscú aumente su influencia en la zona si aparece como el agente principal de la resolución del conflicto sirio. Turquía, Irán y Arabia Saudí también tienen cartas a utilizar en este juego, atentos a la reconfiguración del mapa geopolítico en cuanto en el horizonte aparezcan las primeras señales de pacificación.

Los actores principales y los secundarios que son parte de este conflicto se preocupan, sobre todo, por situarse en un puesto favorable en la parrilla de salida que se configure cuando se vaya a desencadenar el próximo conflicto, fruto de los errores en la resolución del actual. Esta es una ley de obligado cumplimiento que se olvida con mucha frecuencia, como enseña la Historia.