Palestina: la solución de los siete Estados

El general Eisenkot, jefe de Estado Mayor de la Defensa de Israel, ha difundido recientemente un documento que revela parcialmente la estrategia militar del país para los próximos cinco años. En él se indica que los principales enemigos del Estado son las organizaciones islamistas, en especial Hezbolá y Hamás. Para disgusto de los halcones de Netanyahu y dando un respiro a la comunidad internacional, que desconfía de la propensión israelí a las aventuras militares, Irán no aparece como la principal amenaza, ni siquiera nuclear; solo es citado como un Estado que apoya a Hezbolá y Hamás.

La gran estrategia de Israel, tal como se expone en el documento, contiene algún objetivo confuso, como “proteger la integridad territorial y la seguridad de sus ciudadanos”. La integridad territorial israelí no está clara en lo relativo a los territorios ocupados en 1967 (al concluir la Guerra de los Seis Días), que los colonos amplían sin cesar, forzando el despliegue militar para protegerlos. Precisamente Sharon abandonó Gaza con el pretexto de que la ocupación de la franja exigía un desproporcionado contingente de tropas para los colonos allí asentados.

La posesión de armas nucleares apenas se revela en el plan. En él se dice que en tiempo de paz hay que “mejorar la preparación para las emergencias y la guerra; crear una disuasión en la región y disponer de elementos que puedan generar amenazas basadas en la potencia militar y en la determinación de utilizarla plenamente cuando sea necesario…”. Para el intervencionismo militar israelí en países no contiguos se prefieren los servicios de inteligencia, las acciones aéreas, las fuerzas especiales y el Mossad. ¡Lo de siempre!

Tras la difusión de ese documento, la conocida y polémica periodista israelí Amira Hass publicó el pasado martes, con un título parecido al de este comentario (“Israel, Gaza y la solución de los siete Estados”), un incisivo artículo en el diario Haaretz sobre la política de Israel relativa al pueblo palestino. Artículo que pone el contrapunto político a la estrategia militar del general Eisenkot.

La autora revelaba con claridad y sin miramientos una de las constantes que han venido rigiendo la política de Israel: “Los dirigentes israelíes siempre han estado negociando compromisos entre ellos mismos y con su pueblo. El compromiso elaborado durante los últimos 35 años ha sido entre el deseo de ver evaporarse (sic) a los palestinos y la aceptación de que ya no es posible repetir lo ocurrido en 1948, esta vez expulsándolos a todos. Como consecuencia apareció la ‘visión’ de los enclaves palestinos”.

¿Cuántos enclaves? En esto hay discrepancias porque el número de “bantustanes” dependería de la denominada “contigüidad transportacional”, expresión acuñada a medias entre el Banco Mundial e Israel. La cultura mediática israelí, como se ve, también es propensa a neologismos exóticos para disfrazar la dura realidad; compárese con la “solución habitacional” de algunos políticos españoles, que significa dar casa a quien no la tiene.

Sean siete o diez los enclaves, la finalidad es la misma: fragmentar al pueblo palestino y concederle una soberanía solo aparente. Esto se logra fracturando el territorio en pequeñas zonas separadas, lo que permitiría al Gobierno cortar en cualquier momento el contacto entre los enclaves.

Hass atribuye esta evolución a los sucesivos Gobiernos israelíes desde Shamir. Niega que sean los colonos los principales promotores de la anexión de tierras palestinas construyendo asentamientos ilegales. Por el contrario, cree que desde 1967 todos los Gobiernos han utilizado a los colonos “como una herramienta política para impedir que los palestinos ejerzan su derecho a la autodeterminación” o a la independencia. En esto han coincidido con los más profundos deseos de los mismos colonos, cuyo número ha ido creciendo a medida que se les ofrecían más ventajas y oportunidades en nuevos asentamientos.

Hass culpa también a los dirigentes palestinos de las calamidades que afligen a su pueblo, por haber configurado dos Gobiernos hostiles entre sí: uno de Hamás en Gaza y otro de Fatah en Cisjordania. Cree que los sangrientos y repetidos enfrentamientos entre Hamás e Israel favorecen a ambos bandos: Hamás se consolida como el único Gobierno del “Estado de Gaza” e Israel resalta la separación entre Gaza y Cisjordania, insistiendo en los tabúes de seguridad y resistencia al terrorismo que configuran su principal obsesión.

Digamos, por último, que alejando las esperanzas de resolver este viejo conflicto Netanyahu acaba de elegir como representante de Israel ante la ONU a uno de sus ministros que públicamente ha mostrado su oposición a la creación de un Estado palestino y ha aconsejado la anexión de la mayor parte de Cisjordania. Que tachó de “peligrosa, ingenua y equivocada” la política de Obama en Palestina y le acusó de “arrastrarse ante los palestinos”. Que no dudó en aliarse con los extremistas de la derecha del partido republicano para combatir a Obama en el Congreso de EE.UU.

En fin, la razón parece acompañar a Jimmy Carter, que la pasada semana auguró que “la solución biestatal [para el problema palestino] no tiene posibilidad alguna en este momento”. Como les ha ocurrido antes a otros muchos pueblos, el tren de la historia amenaza con dejar para siempre en el andén a los sufridos palestinos.