La ultraderecha ataca de nuevo

El brutal ataque terrorista que recientemente causó la muerte de un bebé palestino, quemado vivo mientras dormía en el domicilio familiar, no es un hecho aislado atribuible a un “lobo solitario”, producto del más ciego extremismo de la ultraderecha judía. Como tampoco lo fue en 1995 el asesinato del primer ministro israelí, Isaac Rabin, por un estudiante que había absorbido la ideología de los rabinos que se oponían a la política de “paz a cambio de territorios”, apoyada por el Gobierno. Política que, el año anterior a su asesinato, había cristalizado en los esperanzadores Acuerdos de Oslo que le hicieron merecedor del premio Nobel de la Paz.

En ambos casos, los atentados terroristas germinaron en un terreno bien abonado por la ultraderecha más fanática. La mano que arrojó la bomba incendiaria por la ventana de la vivienda donde dormía el pequeño Alí Saad Dauabshe, de 18 meses de edad, y su familia fue la mano colectiva de los colonos judíos que gradual e ilegalmente han ido expulsado a los palestinos cisjordanos de las tierras que les pertenecen.

No han sido de extrañar las concurridas manifestaciones de repulsa que han brotado en el seno de la sociedad israelí condenando tan repugnante hecho, que en Israel y en el resto del mundo es percibido como algo que “ensucia la moralidad de la sociedad israelí y socava la legitimidad universal de la que Israel ha gozado, y todavía goza, dentro de sus fronteras legales”, como sostenía el editorial del diario israelí Haaretz el 2 de agosto. En él se acusaba directamente a los servicios israelíes de seguridad (Shin Bet) y al primer ministro Netanyahu -de quien aquellos dependen- por no haber atendido debidamente a su misión principal, la de prevenir el terrorismo.

Los repetidos ataques contra palestinos, contra sus personas, viviendas, posesiones y cultivos, ejecutados por los “chicos de las colinas” (como familiarmente se denomina a los colonos incrustados en los territorios ocupados), nunca debidamente castigados y tácitamente aceptados salvo en conocidas y publicadas excepciones, han ido creando el caldo de cultivo en el que la sociedad israelí ha perdido la capacidad de juzgar lo que implica la dura realidad de la ocupación militar de Palestina durante casi medio siglo.

Es lamentable que la sociedad judía solo reaccione cuando se producen hechos como el que aquí se comenta. Al menos esto demuestra que no se ha extinguido del todo la sensibilidad de un pueblo que colectivamente tanto ha padecido a lo largo de la Historia; y del que no era de esperar que sometiera a otros pueblos a los mismos sufrimientos que soportó en la Europa de los años negros del antisemitismo.

Durante el funeral por el niño asesinado hubo un hecho a resaltar. La presencia en él de las fuerzas palestinas de seguridad fue recibida con muestras de desprecio por gran parte de los asistentes. ¿Dónde estaban esos bien equipados policías y sus relucientes vehículos cuando se produjo el ataque? se preguntaban. Además, algunos recordaban que no se atacó a una aislada vivienda de la periferia, como en otras ocasiones, sino en el mismo centro del poblado. Se comentaba que durante la 1ª Intifada ningún colono judío había penetrado en el pueblo, pero desde que se estableció la Autoridad Palestina (AP) muchos creen que se ha deteriorado la seguridad.

El contraste más duro, que Hamás se apresura a resaltar, es que el Gobierno israelí elogia a menudo el apoyo que recibe de las fuerzas de seguridad de la AP en la prevención de ataques terroristas contra Israel, pero éstas se muestran incapaces de proteger a su propio pueblo contra el terrorismo de la ultraderecha judía. El prestigio de la AP está sufriendo por este motivo un serio quebranto ante la opinión pública mientras que, por el contrario, los antiisraelíes más fanáticos ven aumentar su popularidad.

También en el diario Haaretz (4 de agosto), David Grossmann escribió un duro alegato titulado “¿Recobrará al fin el juicio la derecha israelí?”. Le es difícil entender cómo ni Netanyahu ni sus ministros han sido capaces de ver la relación “entre el fuego que ellos han estado avivando durante décadas y esta última explosión”. Añadía: “[Incapaces de percibir] la relación entre el régimen de ocupación sostenido durante 48 años y la oscura y fanática realidad que se ha creado en los márgenes de la conciencia israelí, una realidad cuyos agentes y promotores aumentan día a día y que ahora se aproxima cada vez más al pensamiento dominante y aparece más aceptable y legítima para los ciudadanos comunes, el Parlamento y el Consejo de ministros”.

No sirve de consuelo entender que el auge de la extrema derecha en Israel muestra un claro paralelismo con análogo fenómeno observado en Europa. Atentados de gran crueldad y fanatismo, como el que sufrió Noruega en 2011; grupos neofascistas que siembran el temor en los barrios de inmigrantes, atizan la xenofobia de sus conciudadanos, aterrorizan a los discrepantes y penetran los servicios secretos, como se supo al descubrirse la llamada “red Gladio”.

Todo esto muestra la imperiosa necesidad de que los Gobiernos controlen firmemente a las fuerzas de seguridad y los servicios secretos, para evitar omisiones culpables como la que permitió a un alucinado colono judío quemar vivo a un bebé palestino mientras dormía. Los fanáticos de la ultraderecha suelen saber cómo se consigue que policías y agentes secretos cierren los ojos ante sus fechorías. A veces… ¡hasta invocan el patriotismo!