La hora de los denunciantes

El comentario que publiqué hace unos meses en estas páginas digitales (“Un héroe y un patriota”, 27/11/2014), sobre las revelaciones de Edward Snowden relativas al espionaje masivo al que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de EE.UU. tenía sometidos a los estadounidenses, concluía así: “El triunfo de Snowden consiste en que él ya no es necesario: ha revelado la verdad, se ha sacrificado por sus conciudadanos y serán éstos los que deberán proseguir el camino iniciado. El documental [Citizenfour, estrenado en octubre de 2014] es un testimonio del pasado para mejorar el futuro: Snowden es un héroe y un patriota en el sentido más genuino de ambas palabras”.

Pues bien, estos días parece que ya se está recorriendo el “camino iniciado” por Snowden en 2013, y son sus conciudadanos los que, a través de los representantes en el Congreso y mediante la expresión pública de su rechazo, están contribuyendo a atenuar el daño causado a los derechos humanos por la nefasta ley –Patriot Act– que firmó Bush en octubre de 2001 tras los atentados del 11-S, y que autorizó la investigación masiva de datos personales por la NSA y el FBI.

No crea el lector que se trata de una ley “patriota” en modo alguno, como parece indicar su nombre. Patriot es el acrónimo formado por las letras iniciales de seis palabras contenidas en el título de la ley: Uniting and Strengthening America by “Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism”, traducible como “Uniendo y reforzando América mediante la provisión de las herramientas apropiadas para interceptar y obstruir el terrorismo”.

En ella no se advierte nada de patriotismo sino una gran desconfianza hacia los ciudadanos y la acuciante necesidad de conocer pormenores sobre sus actividades personales para satisfacer la obsesión antiterrorista que obnubiló a los gobernantes de Washington, cuando iniciaron la loca carrera de una guerra global contra el terror.

En la nueva ley (USA Freedom Act) que ahora se discute en el Senado y que sustituirá a la anterior, se prohibirá la recopilación de datos personales, como registros comerciales, impuestos, libros o datos médicos y sanitarios. También se anulará la facultad que la ley anterior daba al FBI para vigilar todos los dispositivos de comunicación de cualquier objetivo y el llamado “caso del lobo solitario”, que permitía mantener bajo observación intensiva a todo individuo sospechoso de terrorismo, aunque no tuviese conexiones con grupos terroristas conocidos.

Muchos de esos aspectos volverán a incorporarse, quizá algo atenuados y sometidos a controles más fiables, a la nueva ley USA Freedom, cuyo nombre es también otro acrónimo: Uniting and Strengthening America by Fulfilling Rights and Ending Eavesdropping, Dragnet-collection and Online Monitoring Act, que puede traducirse como “Uniendo y reforzando América mediante el cumplimiento de los derechos y cancelando las escuchas secretas, la recopilación masiva y la vigilancia en internet”.

Esto no quiere decir que la libertad –freedom– vuelva a erigirse en valor supremo, como cuando nació EE.UU, ni que los teléfonos personales recuperen la inviolable privacidad de tiempos pasados. La recopilación de datos telefónicos ya no será, como hasta ahora, masiva y continua a cargo de la NSA. Serán las compañías telefónicas las que estarán obligadas a conservar los datos (origen, destino, hora y duración) de cada llamada, que habrán de poner a disposición del Gobierno cuando lo autorice un tribunal creado para estos efectos.

No cabe duda de que las revelaciones de Edward Snowden a varios diarios internacionales en 2013 y el eco que tuvieron en otros medios de difusión en todo el mundo han empezado a surtir efecto, aunque las circunstancias en las que se debate hoy la humanidad hagan difícil garantizar algunos derechos que siempre se han tenido como esenciales, en esa prolongada pugna, nunca resuelta, entre la libertad y la seguridad.

Un senador republicano declaró: “Snowden ha jugado un indudable papel. Creo que me produjo a mí el mismo efecto que a la mayoría de los estadounidenses, que quedaron sorprendidos y abrumados al saber que el Gobierno disponía de acceso a ese tipo de datos personales”.

Parece como si estuviéramos asistiendo a una reivindicación de los “que tocan el silbato”, los whistleblowers o denunciantes, los que “tiran de la manta”. Los que se arriesgan a denunciar lo sólidamente asentado cuando es reprobable y ponen de relieve las contradicciones e hipocresías del establishment. Hay situaciones en que los tortuosos hábitos adquiridos al paso del tiempo, como el secretismo o la endogamia institucional, la falta de transparencia y las leyes o reglamentos que permiten a ciertos grupos sociales (agencias de seguridad y espionaje, ejércitos y órganos de la defensa, altas finanzas, grandes corporaciones industriales, etc.) eludir los controles indispensables en toda democracia, hacen necesario que algunas personas abnegadas arriesguen su propia seguridad y bienestar personales denunciando las anormalidades que observan. En ocasiones, este es el único modo de avanzar hacia la justicia y la democracia.