La guerra contra el califato

La historia de las guerras muestra numerosos casos en los que ejércitos muy poderosos, dotados del más moderno armamento y pertenecientes a potencias de primera fila en todos los órdenes (militar, económico, diplomático, etc.) son derrotados por fuerzas aparentemente desorganizadas, provistas de armamento primitivo, sin un Estado fuerte que las respalde y de las que ningún éxito militar parecía posible.

El ejército soviético se empantanó en Afganistán; la primera superpotencia mundial no supo salir con honor de las selvas vietnamitas y abandonó vergonzosamente el país que había decidido prohijar. Los ejércitos de esa misma superpotencia, años después, volvieron a fracasar en Oriente Medio tras empeñarse arrogantemente en otros conflictos de los que escaparon sin alcanzar los objetivos propuestos y tras crear situaciones que llevaron el caos y el desastre a los pueblos donde operaron.

Las preguntas se acumulan hoy en relación con la guerra que Occidente, acaudillado por EE.UU., ha emprendido contra el Estado Islámico (EI), entidad que inicialmente parecía solo una amalgama de fanáticos religiosos iluminados por la idea de un califato que haría retroceder varios siglos el reloj de la historia universal.

Desde todos los puntos cardinales llueven intentos de explicar el aparente fracaso que rodea esta guerra. ¿A qué razones atribuir el crecimiento, lento pero constante, del número de los que se alistan bajo las banderas del califato y deciden morir por él? O dicho de otro modo: ¿qué es lo que explica el aparente fracaso del poder militar, económico y diplomático occidental?

A las numerosas respuestas que afluyen para intentar comprender esta anomalía, conviene sumar lo que aparece como una distorsión grave en los conceptos estratégicos de EE.UU. y en la adaptación de su fuerza militar, todavía incontestable, a las circunstancias especiales del conflicto actual. Lo que respecto a EE.UU. pueda aducirse es extensivo a los demás países participantes a su lado en el conflicto que se extiende por Oriente Medio y el norte de África.

Las fuerzas y los recursos que EE.UU. aplica a sus ejércitos están divididos en dos compartimentos independientes, casi estancos: el que actúa dentro de lo que puede llamarse las nuevas guerras y el que sigue todavía bajo el espíritu de la Guerra Fría. No cabe descartar la idea de que esta división de esfuerzos, recursos y voluntades merma la capacidad de respuesta de la superpotencia americana al nuevo reto militar.

Aunque drones, fuerzas especiales, ciberguerra y artefactos de guerra a distancia, previstos para la lucha antiterrorista, ocupan las primeras páginas de los noticiarios, no hay que olvidar que la estructura militar de EE.UU. sigue anclada en la Guerra Fría. La llamada “triada nuclear” (misiles terrestres, bombarderos y submarinos nucleares) sigue activa y constantemente actualizada a un elevado coste, como núcleo esencial de la defensa del país. Sus fuerzas navales se articulan en torno a enormes portaaviones, su aviación experimenta con nuevos bombarderos estratégicos y sus ejércitos conservan todavía unos 6000 carros de combate M-1 Abrams, como los que en el pasado se hubieran utilizado para frenar a las fuerzas soviéticas que invadieran Alemania.

Esto obedece a una ley ineludible en el mundo militar que es la inercia y la resistencia a los cambios. Como aquel brigada que llevaba la administración en la batería donde yo serví como teniente al salir de la Academia, que despreciaba la máquina de escribir (que no quería aprender a usar) aduciendo que su buena letra lo hacía innecesario. Pero no es solo la inercia: existe también el peso del complejo militar-industrial, también académico y político, para el que el desarrollo de sistemas de armamento poco tiene que ver con la situación estratégica y sí con la coyuntura financiera y económica, y la posibilidad de aumentar los beneficios.

Del mismo modo que los poderes financieros (la gran banca, las corporaciones internacionales, etc.) lastran hoy pesadamente la actividad política de los Gobiernos, otros poderes no muy distintos determinan también los instrumentos que han de utilizarse en las guerras, aunque a veces conduzcan a matar mosquitos a cañonazos o a no disponer de elementos adaptados específicamente a cada conflicto. Parece que las premonitorias palabras del general Eisenhower, al despedirse de la presidencia de EE.UU. en 1961, siguen teniendo vigencia: “La conjunción de un inmenso sistema militar y una gran industria armamentística es algo nuevo para la experiencia norteamericana. Su influencia total (económica, política, incluso espiritual) es palpable en cada ciudad, cada parlamento estatal, cada departamento del gobierno federal. Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos. Sólo una ciudadanía informada y alerta puede obligar a que se produzca una correcta adaptación entre la inmensa maquinaria defensiva industrial y militar, y nuestros métodos y objetivos pacíficos”.