Esa Rusia tan extraña

En mi comentario de la semana pasada en estas páginas digitales (“¿Vuelve la Guerra Fría?” 28/mayo/2015) señalé algunos de los síntomas que parecen indicar un retorno a aquel enfrentamiento que, desde 1945 hasta principios de los años 90, mantuvo las espadas en alto entre Washington y Moscú.

Sin embargo, la nueva guerra fría que ahora parece anunciarse ya no enfrentaría solo a las dos grandes superpotencias mundiales, como ocurrió en la anterior. Uno de los bandos está formado por tres protagonistas a distinto nivel, aunque suelen actuar conjuntamente: EE.UU. y, subordinadas a él, la OTAN y la Unión Europea (UE). Esto, sin olvidar el escenario internacional transformado por la emergencia y consolidación de nuevos Estados, entonces todavía en vías de desarrollo y hoy con aspiraciones de ámbito global.

Con la óptica predominante en Occidente a veces no se entienden algunas reacciones de los políticos rusos y el eco favorable que encuentran en su población. Un error común consiste en pensar que hay una “Rusia de Putin”, moldeada por él, que se transformaría radicalmente en cuanto desapareciera el “nuevo zar Vladimiro”, tan detestado en Occidente. Pero el éxito de Putin es que ha sabido conectar con la auténtica Rusia y de ahí su popularidad, tan resistente a los fracasos. Por el contrario, el fracaso de Occidente es actuar desde la ignorancia y con la arrogancia del vencedor, lo que viene empujando a Rusia a una situación comprometida.

La Rusia postsoviética evitó enfrentarse a la UE confiando en que, desde la periferia europea a la que había quedado relegada tras su derrota material y psicológica en la Guerra Fría, se reintegraría naturalmente al centro de Europa, al que históricamente siempre ha pertenecido. Pero no ocurrió así. La UE la mantuvo al margen y las propuestas rusas de un sistema colectivo de seguridad “desde Lisboa a Vladivostok” (que reemplazara al otánico desde Canadá a Turquía) fueron desdeñadas por la UE, mientras extendía hacia el este sus fronteras políticas y militares hasta alcanzar las lindes rusas.

Con el nuevo siglo, las cosas cambiaron. Putin supo inspirar confianza a su pueblo, que añoró glorias pasadas. La penetración occidental en lo que fue Europa oriental y el apoyo prestado a las sucesivas “revoluciones de color” en los países de la antigua esfera de influencia rusa hicieron temer un posible “Maidán moscovita”, que naturalmente Putin no estaba dispuesto a facilitar. Entre la espada y la pared, Moscú pasó de las palabras a los hechos, a veces brutales, como ocurrió en Georgia, Osetia del Sur y finalmente en Ucrania.

Gracias a la excelente profesionalidad de la BBC británica pude contemplar en directo, con más detalle que si hubiera estado en la Plaza Roja moscovita, los actos allí celebrados el pasado 9 de mayo en conmemoración de la derrota de la Alemania hitleriana. Hubo un hecho significativo que apenas duró dos segundos: el ministro de Defensa Serguéi Shoigú, antes de pasar revista a las fuerzas formadas, se santiguó a estilo ortodoxo con la cabeza descubierta. Al tratarse de un budista, no era un signo con sentido político para agradar a Putin, dado su renovado apoyo a la Iglesia ortodoxa rusa. Era una muestra de vinculación con un pasado glorioso y sus tradiciones imperiales, como cuando los soldados del zar recababan la bendición de los popes antes de entrar en combate o los mismos zares se descubrían al cruzar la puerta de El Salvador en el Kremlin, por donde Shoigú entró espectacularmente en escena.

Un buen conocedor de la Rusia actual y de su historia (“En Rusia todo es posible”, A. Santos, 2003) escribe que “el ruso ama a su país por encima de todo, de un modo religioso”. Añade: “un amor intenso y apasionado, tanto en el bien como en el mal…un enamoramiento erótico, compartido por la mayoría de los rusos, incomprensible para el extranjero”. Claro está que desde Occidente poco se aprecian esos matices. Y se cometen errores, como el boicot de la mayoría de los Gobiernos occidentales a la citada conmemoración o las sanciones aplicadas a Rusia por su intervención en Ucrania. Todo lo cual ha servido para acercarla a China, como se apreció en los sostenidos comentarios que durante el desfile intercambiaban Putin y el presidente Jinping, sentado a su derecha como huésped de honor y jefe supremo del contingente chino que participó en el desfile exhibiendo su bandera.

De los tres agentes occidentales de esta supuesta segunda guerra fría, solo la OTAN mantiene alta la tensión belígera porque forma parte de sus genes. Y aunque Obama ha mostrado gran dureza frente a Rusia tras lo sucedido en Ucrania, las recientes visitas a Rusia de destacados políticos de Washington (como Kerry o Nuland) muestran que no le conviene escalar la tensión. A EE.UU. le beneficia, por otra parte, un cierto deterioro de las relaciones ruso-europeas, para mantener a la UE en su órbita política y económica y alejada de Rusia.

Putin ha trastocado el viejo sistema europeo y mundial de equilibrio. Una guerra fría amortiguada puede resultar útil para todos, conscientes de que en julio se anuncian dos importantes reuniones del “grupo de Shanghái” y los BRICS, atentos a la posible reconfiguración del orden geoestratégico hacia un modelo que podría llegar a ser doblemente tripolar: EE.UU.-Rusia-UE, por un lado, y China-Rusia-UE por otro. En todo caso, la UE y Rusia están condenadas a tender puentes de entendimiento por encima de cualquier amago de guerra fría.