Antes Oriente Medio, ahora África

La reacción de muchos Gobiernos ante las más graves acciones terroristas que el mundo ha padecido ha sido a menudo algo sorprendente. En EE.UU., antes de sufrir los atentados del 11-S, los ya entonces bien desarrollados servicios de inteligencia fueron incapaces de prever lo que se les venía encima, aunque la extensa vigilancia de las comunicaciones privadas les estaba proporcionando abundantes datos que contenían indicios sospechosos. A pesar del estrepitoso fracaso de los citados servicios, no se sabe de ningún responsable de la seguridad nacional que pagara las consecuencias de fallo tan garrafal. Por el contrario, algunos fueron premiados y elogiados e incluso ascendieron a cargos de mayor responsabilidad.

Sobre este asunto tenemos en España un ejemplo digno de mención: cuando el espectacular atentado etarra en la madrileña calle de Claudio Coello acabó con la vida del presidente del Gobierno, el ministro del Interior, entonces llamado "de Gobernación" -precisamente el máximo responsable de la seguridad de su jefe inmediato-, fue elevado a la presidencia del Gobierno, sustituyendo al asesinado almirante Carrero Blanco.

No solo los fracasos en la prevención de actividades terroristas apenas suelen perjudicar a los responsables que tanta incompetencia revelan en el cumplimiento de su misión. La multitentacular estructura antiterrorista de EE.UU., ya entonces omnicomprensiva, creció y se fortaleció aún más tras los atentados contra Nueva York y Washington. Su prestigio creció, amplió sus competencias y creó nuevos centros y agencias; aumentaron los recursos a su disposición y todo esto dio más posibilidades de ascenso y progreso profesional a sus miembros. Hubo aún más: asumió nuevas y más críticas parcelas del poder, ante la pasividad de una ciudadanía temerosa de nuevos atentados, poco propensa a exigir la protección de sus libertades personales si con ello temía arriesgar su supuesta seguridad.

Tampoco tras los atentados contra los trenes de cercanías de Madrid hubo dimisiones ni destituciones entre los responsables de la seguridad. Antes bien, se inició un proceso de refuerzo de los órganos relacionados con el antiterrorismo aunque, al contrario de lo ocurrido en EE.UU., el pueblo madrileño -y en general todos los españoles- mantuvo una ejemplar serenidad y no se dejó arrastrar por la tentación del pánico y la sumisión ciega al poder.

Lo anterior muestra una tendencia general en lo que respecta a las actividades antiterroristas, originada en EE.UU. -el iniciador y principal protagonista de la "guerra universal contra el terror"- y que se extiende por el resto del mundo, a medida que otros Gobiernos asumen el modelo estadounidense.

El resultado final en Oriente Medio de ese modo de afrontar el terrorismo es ahora evidente: tras varias guerras, invasiones, ocupaciones, operaciones de castigo con fuerzas especiales y drones, la región se ha convertido en un auténtico muestrario de bandas, partidas, facciones y guerrillas en continua proliferación, y hasta ha dado a luz un nuevo sujeto político: el llamado Estado Islámico. El paso de las armas occidentales por Mesopotamia y regiones contiguas, lejos de aportar democracia y modernidad a sus pueblos, las ha sumido en un abismo de incertidumbre y desesperación del que no se ve modo de salir.

Por extraño que ahora parezca, no sería difícil imaginar un destino análogo para el continente africano, desde donde estos días se dibuja con mortal precisión el trágico éxodo de innumerables personas que arriesgando su vida buscan en la vecina Europa un destino mejor.

Sucede que África está desde hace ya unos años bajo la responsabilidad militar del AFRICOM: Mando de las fuerzas armadas de EE.UU. para África. Hace unos decenios, en África apenas podían detectarse algunas actividades terroristas de raíz islámica en torno a Somalia. Pero ahora que el continente ha sido colocado bajo la lupa y las armas de los ejércitos y servicios de inteligencia de EE.UU., la lista de organizaciones terroristas ha crecido y se ha extendido por nuevas regiones.

Es evidente que España, por su situación geográfica y por los acuerdos militares que la vinculan a EE.UU. y a la OTAN, no quedará al margen de las actividades de AFRICOM en el continente adyacente. Lo menos que podemos desear los españoles es que, por la cuenta que nos trae, no se repitan en África los errores en los que incurrió el CENTCOM (Mando Central, responsable de Oriente Medio) coordinando las fuerzas de EE.UU. y sus aliados en unas inútiles guerras que nada resolvieron y solo multiplicaron el caos.

La amenaza del terrorismo islamista que parece asentarse en la ribera meridional del Mediterráneo es inquietante; pero no podrá ser desactivada solo mediante la acción de los ejércitos y los servicios de inteligencia. Se necesita una amplia baraja de opciones operativas que desbordan el ámbito militar y abarcan los terrenos de la economía, la diplomacia, la cooperación internacional y las intervenciones humanitarias y pacificadoras. Esperemos que en África no se repitan los errores cuyas consecuencias padecen tantos pueblos a los que se prometió democracia y prosperidad y ahora están sumidos en la barbarie y han regresado al fanatismo.