Entre la caza y el asesinato

Un original empresario estadounidense creó en 2005 una página web que permitía a los suscriptores convertirse en cazadores virtuales. Sin salir de casa, a través de la pantalla del ordenador, podían controlar una escopeta de caza montada sobre un soporte móvil que disparaba contra los animales que se soltaban ex profeso en un rancho texano para placer del cazador a distancia.

Cuando la noticia se difundió se levantó una hostil polvareda. Una popular revista especializada en actividades al aire libre publicó que el invento generaba "problemas éticos", argumentando que la caza no consistía solo en apretar el gatillo para matar a un animal "sino que es una experiencia total" que requiere "estar allí". También se opuso la ultraconservadora Asociación Nacional del Rifle, aunque ésta siempre apoya todo lo que fomente el uso de armas de fuego por la población civil. Hasta un funcionario de la policía declaró: "eso no es cazar, es asesinar... alguien se sienta ante un ordenador, aprieta un botón y algo resulta destruido sin razón alguna".

El autor de la página, que había supuesto que podría tener éxito entre los aficionados a la caza que por limitaciones físicas no pudieran practicarla, alegó en su defensa el caso de un soldado mutilado en Iraq, que le escribió agradeciéndole poder practicar de nuevo su afición favorita gracias al invento. Pero todo fue inútil, el público lo rechazó tajantemente y la mayoría de los Estados prohibieron la "caza por internet".

El rechazo moral que dio al traste con la novedad cibernética del empresario texano fue total y extendido. Sin embargo, por aquellos mismos años se podía leer un anuncio de oferta de empleo publicado por un contratista militar: "La persona seleccionada investigará y asimilará experiencias y procedimientos de manhunting (caza de personas; literalmente: caza del hombre) para gestionar un foro educativo sobre asuntos relacionados con esta actividad... Deberá tener autorización para el nivel SECRETO...".

Si la caza de animales a distancia provocó un enorme rechazo entre la población estadounidense, ese sentimiento no se trasladó a la caza de personas que el Gobierno de su país empezó a organizar a gran escala tras sufrir los atentados del 11-S. Bush anunció que EE.UU. tendría que dedicarse a un nuevo tipo de guerra "que nos obligará a empeñarnos en un manhunt internacional".

El Secretario de Defensa asumió que "las técnicas usadas por los israelíes contra los palestinos se podrían utilizar a gran escala". Eran los llamados "asesinatos selectivos", públicamente reconocidos por Israel, donde los territorios ocupados se habían convertido "en el mayor laboratorio mundial para las tácticas de asesinar desde el aire".

El Pentágono todavía no estaba organizado para incluir entre sus misiones una que realmente era de naturaleza policial, es decir, la identificación, seguimiento y localización, así como la detención (en este caso, eliminación física) de los individuos sospechosos.

Se crearon lo que el filósofo francés Grégoire Chamayou, un experto en la "teoría de los drones", llama les enfants terribles, las operaciones híbridas entre el ejército y la policía, que no respondían a ningún modelo preexistente y resultaban muy extrañas. Desde las teorías vigentes sobre la guerra y desde la legislación internacional aparecían como conceptos monstruosos.

Introducían en la estrategia militar un nuevo modo de combate. Ya no se trataba de la vieja idea clausewitziana de los enemigos enfrentados, del duelo a muerte entre dos rivales que se buscan para destruirse. Ahora, la idea básica es otra: el cazador avanza contra su presa y la presa lo esquiva, huye o se oculta.

Cambiaron las reglas: el perseguidor gana si llega al enfrentamiento y el perseguido gana cuando lo evita. La observación, el espionaje, los confidentes, la escucha de las comunicaciones y todos los elementos de percepción se aplican a descubrir la presencia del enemigo. El instrumento que lo destruye es el drone. La nueva guerra tiene a sus ejecutores atentos a las pantallas: desde los generales que deciden hasta los "pilotos" que a distancia las ejecutan.

Se reduce el riesgo para los atacantes. Apenas hay contacto físico con el enemigo. Las vidas de los que por azar están próximos a los objetivos a destruir apenas preocupan ya a los ciudadanos, en todo caso menos que los animales cazados por internet. Pero los drones destructores de los enemigos seleccionados se convierten también, sin proponérselo, en promotores muy activos del terrorismo. En los pueblos que sufren los efectos "colaterales" de los ataques se expande el irresistible deseo de venganza que multiplica el número de voluntarios que se unirán a las organizaciones terroristas.

La guerra es un fenómeno social en perpetua evolución, el camaleón del que habló Clausewitz y desarrolló Raymond Aron. Pero ninguno de ambos pensadores pudo imaginar que en el siglo XXI volvería a uno de sus más pretéritos antecedentes, la caza, ya no de animales sino de personas, lo que ahora asépticamente se da en denominar "asesinatos extrajudiciales".