Israel: un paso más hacia lo imprevisible

Hace unos días David Shulman, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, se hallaba en una localidad llamada Zanuta, en las colinas al sur de Hebrón, con unos pastores palestinos. Gran parte de las tierras de pastoreo que desde siempre utilizaban les había sido arrebatada por la presencia de una sola familia judía que ocupaba un asentamiento ilegal.

Le explicaron que un día se presentaron unos soldados con una orden firmada por el jefe de la brigada, que calificaba a esos terrenos como "Zona militar clausurada". Tres pastores y un activista israelí que les apoyaba fueron detenidos en el acto. La orden es ilegal, según el Tribunal Supremo, pero esas minucias jurídicas no parece que surtan efecto en las tierras situadas al sur de Hebrón.

Shulman ha comprobado que los palestinos de Zanuta padecen a diario arbitrariedades similares; viven bajo la constante amenaza de ser atacados por los colonos judíos que parecen gozar de total impunidad. Son campesinos cuyo destino obligado es ser desposeídos y expulsados. Una suerte no muy distinta se abate sobre el resto de Cisjordania.

En tales circunstancias, lo que ahora ocurre en los territorios ocupados puede derivar hacia algo parecido a lo que pasó en Gaza: la aparición de alguna organización extremista como Hamás que desplace al gobierno moderado de la Autoridad Palestina. No es posible gobernar perpetuamente a un pueblo humillado, perseguido, privado de sus más elementales derechos y convertido en víctima sempiterna. Algo acabará por estallar con toda seguridad y entonces Netanyahu y sus seguidores de la extrema derecha proclamarán a los cuatro vientos que ellos tienen razón y que todo indica que no se puede confiar en los árabes.

Si el Gobierno de Israel pone las cosas cada vez más difíciles a los palestinos moderados y muestra ostensiblemente su rechazo a la solución biestatal, no habrá mejor modo de contribuir al reforzamiento del extremismo palestino y obstaculizar cualquier vía de entendimiento entre ambos pueblos.

Días antes de las elecciones Netanyahu se dirigió así a sus fieles seguidores: "Quien hoy permita la creación de un Estado palestino y abandone las tierras estará dando vía libre a los islamistas radicales para que ataquen a Israel". Este es su verdadero pensamiento y las rectificaciones que se sintió obligado a hacer unos días después no merecen apenas crédito y más parecen una simple esgrima diplomática para mantenerse en el poder y a la vez afrontar el rechazo que su política empieza a suscitar en EE.UU. y la UE.

Ante esta situación es fácil entender que la Autoridad Palestina pretenda recurrir al Tribunal Penal Internacional de La Haya o incluso al Consejo de Seguridad de la ONU, donde el Gobierno de Netanyahu puede temer que el habitual veto protector de EE.UU. deje de estar garantizado, tras el grosero desplante a Obama que supuso la reciente visita del primer ministro israelí al Congreso estadounidense.

El reforzamiento del ala conservadora de extrema derecha en la que se apoya Netanyahu tras las últimas elecciones va a complicar su política pero también afectará y dividirá a la sociedad israelí, deteriorando los fundamentos éticos en los que se sustentaba desde sus orígenes. En el diario Haaretz, uno de sus más prestigiosos columnistas ha escrito: "Netanyahu ha logrado deshacer el principio de que el Estado existe en favor del interés de sus ciudadanos, y en su lugar ha impuesto la creencia fascista de que son los ciudadanos los que existen para el interés del Estado".

No son pocos los judíos que consideran que el daño interior que puede sufrir la sociedad es mucho más peligroso que cualquier amenaza exterior. Una corrupción de índole no económica sino política está corroyendo las entrañas del Estado, que avanza conscientemente hacia un completo sistema de apartheid, por mucho que esta palabra repugne a amplios sectores de la clase política.

La llamada que en la jornada electoral hizo Netanyahu a los votantes judíos para que acudiesen a las urnas, aduciendo el peligro de que los árabes lo hiciesen "en tropel", ha dejado al descubierto el hecho de que él, a pesar de ser el primer ministro de todo el Estado, considera enemiga a la población árabe. Dicho de otro modo: entre los valores de la democracia universal y el egoísta tribalismo judío ha elegido menospreciar la democracia, a pesar de afirmar con insistencia que Israel es la única democracia en todo el Medio Oriente.

Una vez más, es imprevisible el rumbo que puedan tomar los acontecimientos en este prolongado y enconado conflicto. No quedan muchos caminos transitables hacia una solución estable: o el pueblo palestino desaparece como entidad con futuro estatal, a causa de la disgregación territorial y la persistente opresión de la ocupación a la que está sometido, o la fuerza de su desesperación se multiplica hasta extremos irrefrenables con consecuencias poco previsibles.