La guerra psicológica contra el Estado Islámico

Mi comentario de la pasada semana sobre los factores implicados en la lucha contra el Estado Islámico (EI) concluía sugiriendo que “el terreno en el que el EI deberá ser derrotado no es solo el campo de batalla, sino las mentes de todos los que aspiran a algo que dé sentido a su vida y a su muerte”.

Podría aducirse que esto no es nada nuevo. Al fin y al cabo, el factor psicológico siempre ha sido un componente esencial de toda guerra, ya que “las guerras nacen en la mente de los hombres” como reconoce el preámbulo de la Constitución de la UNESCO. Pero en el caso que nos ocupa es necesario profundizar en esta cuestión, en vista del sorprendente fenómeno que es el profuso e incesante reclutamiento en los países occidentales de voluntarios yihadistas, que a su entrega como combatientes islámicos unen una suicida abnegación.

Para ganar esta guerra no es suficiente operar con una fuerza militar capaz de derrotar a los yihadistas en el campo de batalla, lo que es relativamente fácil. Basta conocer sus tácticas, su armamento y sus modos operativos para vencerlos, antes o después, dada la enorme desventaja material (carecen de todo apoyo aéreo) en la que se encuentran respecto a las fuerzas atacantes encabezadas por EE.UU.

No obstante, de poco serviría aniquilar hoy al brazo armado del EI en Siria e Irak si de nuevo, en un futuro no muy lejano, renacen en otros países nuevas promociones de combatientes suicidas, que no tendrán dificultades para obtener armas y que se propondrán nuevos objetivos a los que atacarán con tácticas tan inéditas como fue la destrucción de las Torres Gemelas neoyorquinas mediante aviones de pasajeros.

Es por esto necesario saber qué es lo que alimenta y sostiene esa incesante cascada de jóvenes -y no tan jóvenes- voluntarios yihadistas que afluyen a las filas del EI desde Europa y, en menor cuantía, América. Los estudios sobre esta cuestión conducen a conclusiones a veces contradictorias.

Quedan descartadas algunas hipótesis que se asumieron al comienzo del conflicto. No son solo las familias disfuncionales, pobres o rechazadas por la sociedad las que producen voluntarios islamistas. Tampoco es el resentimiento por las intervenciones occidentales en los países musulmanes, al que se recurre con la falsa esperanza de hallar la panacea: dejemos de enredar en esos países y el EI perderá todos sus apoyos. Falso.

Un analista especializado en la radicalización de personas marginales ha estudiado en el King’s College londinense los casos de muchos yihadistas. Su conclusión es que no existe una narrativa coherente: “En 2003 se odiaba a Occidente por la invasión de Iraq; diez años después, ese mismo odio se basaba en la renuencia occidental a intervenir militarmente en Siria”. Algo parecido ocurrió en los años 90 por la inacción ante el conflicto de Bosnia. No se aprecia una relación directa entre la política occidental y las televisadas decapitaciones del yihadista encapuchado de origen británico.

Sin embargo, insistiendo en este asunto surgen nuevas hipótesis, entre las que destaca la decisiva influencia de los dirigentes “carismáticos”: imanes, predicadores, líderes políticos o religiosos que inspiran confianza y generan fidelidad en los aspirantes al martirio yihadista.

No hay que pensar que todos los voluntarios al sacrificio se han embebido del Corán y han asumido sus extremas exigencias. Como escribió el sociólogo e historiador Zeev Mankowitz, “la gente no cree en ideas, cree en las personas que tienen ideas”. Estas personas son, pues, el objetivo fundamental para frenar el creciente flujo de voluntarios a las filas del EI.

A esto se une algo ya estudiado por la psicología social como es la innata aspiración de adolescentes y jóvenes a las certidumbres morales, a los ideales absolutos que les dan confianza en sí mismos y sentido a sus vidas. Fuera dudas y matices en lo que se cree; el bien y el mal claramente delimitados; es lo que se percibe en la carta de la joven parisina que marchó dichosa al martirio, y a la que aludí en mi comentario anterior.

Esto conduce inevitablemente al fundamentalismo religioso, basado en un libro sagrado (Corán o Biblia) que se interpreta como palabra y ley divina. No es necesario ser joven ni mahometano para caer en la primaria ideología del yihadismo: el “imperio del mal” de Reagan y el “eje del mal” de Bush se desarrollaron en el mismo plano mental.

El componente psicológico de la lucha contra el EI es tanto o más decisivo que el militar. En la era de las omnipresentes redes sociales es esencial combatir con las ideas, mostrando las aberraciones a las que conduce el fanatismo del EI, que es producto de una irracional mentalidad religiosa, de naturaleza no muy distinta a la que en siglos pasados se abatió sobre los pueblos cristianos de Occidente. La historia nos enseña que esa mentalidad suele obsesionarse en la lucha contra el mal en vez de esforzarse por practicar el bien, de lo que a comienzos del s. V. fue temprana víctima Hipatia de Alejandría, aquella mujer que enseñaba astronomía y matemáticas a los hombres y murió linchada por una turba de fanáticos cristianos azuzada por el patriarca san Cirilo.