Un diario guantanamero

“Alguien empezó a cortar mi ropas con algo parecido a unas tijeras. Me preguntaba a mí mismo: -¿Qué está pasando?-. Empecé a preocuparme por este viaje que yo no deseaba y no había iniciado voluntariamente. Alguien estaba decidiéndolo todo por mí. Muchos pensamientos me pasaron por la cabeza. Los más optimistas me hacían pensar: -Quizá te hayan apresado los americanos, pero no te preocupes: te llevarán a casa, aunque querrán hacerlo en secreto-. Los pesimistas eran de este estilo: -Los americanos te han metido en un buen lío: pasarás en una prisión de EE.UU. el resto de tu vida-“.

“Me desnudaron y, aunque me sentí humillado, como tenía vendados los ojos me ahorré la desagradable visión de mi cuerpo desnudo. Uno de ellos me enrolló un pañal alrededor de mis partes privadas”.

“Dentro del avión hacía mucho frío. Me tumbaron en un sofá [sic] y los guardias me sujetaron con unas esposas, probablemente al suelo. Sentí que me cubrían con una manta y, aunque era muy delgada, eso me reanimó”.

“Cada poco rato la urgencia por orinar me hacía daño. El pañal no me servía de nada. No podía hacer que mi cerebro diera la señal de vaciar la vejiga. El guardia que tenía al lado me hacía tragar agua, lo que empeoraba mi situación. No podía resistirme: o bebía o me ahogaba”.

El autor de estos párrafos no podía entonces imaginar la pesadilla que se estaba abatiendo sobre él cuando, sin saberlo, en julio de 2002 era trasladado por la CIA en transportes militares desde Amán (capital de Jordania) hasta una prisión en Bagram (Afganistán).

Fue una más de las innumerables transferencias secretas de la CIA, que implicaban detenciones ilegales y cruentos sufrimientos, operaciones a las que ya aludí en estas páginas (“Esa persistente afición a la tortura”, 25/12/2014) con motivo de un informe del Senado de EE.UU. que las reveló.

Los fragmentos arriba reproducidos (en traducción libre de A.P.) son parte del primer capítulo de Guantanamo Diary (Diario de Guantánamo), publicado el pasado mes de enero en EE.UU. y basado en el diario original del mauritano Mohamedou Ould Slahi, con introducción y notas del editor, Larry Siems.

En noviembre de 2001, Slahi salió de su casa en Nuakchot (Mauritania) y se presentó voluntariamente en la comisaría de policía, de donde le habían llamado para ser interrogado. Unos días después, se hallaba en una cárcel de Jordania. Tras más de siete meses de interrogatorios por los servicios secretos jordanos, fue enviado a una prisión de EE.UU. en Afganistán, lo que narra en los citados fragmentos.

Tras dos semanas de torturas e interrogatorios por la CIA, Slahi y 34 prisioneros más fueron enviados a Guantánamo. Entre 2003 y 2004, Slahi fue sometido al plan de “interrogatorios especiales” aprobado por el entonces Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Ese plan incluía meses de riguroso aislamiento y una refinada variedad de humillaciones físicas, psicológicas y sexuales, amenazas de muerte, extendidas a su familia, y un secuestro simulado. Tortura de la CIA en estado puro.

En el verano de 2005, en su celda de Guantánamo, Slahi escribió las 466 páginas del manuscrito que ha dado origen al libro comentado. Slahi lo escribe en inglés, idioma que aprendió escuchando a sus guardianes. Según el profesor británico S. Chakrabarti, canciller de la Universidad de Essex, Slahi es “un dotado escritor del que emana calor y un sardónico sentido del humor, incluso cuando narra los momentos más lóbregos”. Muestra una visión aguda del carácter de las personas y un sorprendente conocimiento de la naturaleza humana. Sobre un guardián escribe: “El hombre estaba totalmente aterrorizado, como si se estuviera ahogando y buscara un clavo ardiendo al que agarrarse. Yo era uno de los clavos que encontró y se me agarró con fuerza: -No comprendo por qué la gente nos odia. ¡Nosotros ayudamos a todo el mundo!- me dijo una vez. -Yo tampoco- le contesté. Sabía que era inútil educarle en las razones históricas y objetivas que nos habían llevado a esa situación, así que ignoré su comentario: un hombre tan viejo como él no podría cambiar de opinión”.

Lo más aberrante de este caso, de matices kafkianos, es que en marzo de 2010 un juez federal ordenó la puesta en libertad de Slahi por inexistencia de cargos contra él. El Gobierno de Obama recurrió la sentencia y cinco años después todo sigue igual. Slahi permanece en la misma celda, escenario de gran parte de su narración. Él cree que “el Gobierno, tras tanto trabajo, ha apresado a muchos ‘no-combatientes’, se ha embrollado y no quiere revelar la verdad del asunto”. En realidad, está claro que los principios básicos de la Constitución de EE.UU. están siendo conculcados, una vez más, por miedo al terrorismo.

Ha tenido que ser el mauritano Slahi quien en su diario nos ha hecho recordar aquel aforismo de Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de EE.UU.: “Los que renuncian a su libertad esencial para comprar una pequeña seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.