Las zonas belígenas

Desde que la Polemología se incorporó a las ciencias sociales con el estudio científico de la guerra, el análisis de las causas de las guerras avanzó mucho y, con él, se multiplicaron los centros, institutos y órganos de opinión dedicados a prevenir los conflictos bélicos internacionales.

Son esos factores “polemógenos” o, dicho más sencillamente, “belígenos” los que, al modo de un contador Geiger, que mide la radiactividad ambiental por el número de partículas ionizantes captadas por unidad de tiempo, podrían advertir sobre la mayor o menor probabilidad del estallido de una guerra.

Ni “polemógeno” ni “belígeno” son palabras aceptadas por el diccionario de la RAE, que sí admite el vocablo “belígero” en su condición de adjetivo poético (?): “dado a la guerra, belicoso, guerrero”. Pero si la revolución sexual de mediados del siglo pasado puso de moda “erógeno”, atribuido a lo que produce excitación sexual, nada tendrían que reprochar los sabios doctores del idioma si utilizo “belígeno”, como adjetivo aplicado a lo que produce excitación bélica y puede conducir a la guerra.

Para no cansar al lector con las arideces de la polemología, que tan a fondo desarrolló Gaston Bouthoul, a quien los jóvenes aprendices de la guerra leíamos con sumo interés mediado el pasado siglo, me permito imaginar, a efectos de este breve comentario, el uso de un “beligenómetro” que, como el contador Geiger, al desplazarse sobre el globo terrestre, nos avisa sobre la mayor o menor densidad de factores belígenos en distintas zonas del mundo.

Para nuestra sorpresa, el centro antibelígeno por excelencia, donde el contador marcaría cero, está en Nueva York: es la sede de Naciones Unidas. Recuérdese que el preámbulo de su Carta fundacional establece que la organización fue creada para “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Bien está comenzar este simulado recorrido desde el punto originario de la paz, porque a partir de ahí el detector de zonas belígenas apenas va a descansar.

A muy pocos kilómetros de distancia su aguja saltaría con brusquedad al pasar sobre el Pentágono, uno de los centros belígenos mundiales cuya actividad no cesa de crecer. Las fuerzas armadas de EE.UU. han participado en 201 conflictos de los 248 librados tras la 2ª Guerra Mundial, según se informa en un estudio aparecido en la revista American Journal of Public Health. Con no menor intensidad vibraría la aguja al volar sobre Bruselas, donde la sede de la OTAN hierve con los factores belígenos que crearon la Alianza Atlántica e impidieron disolverla cuando desapareció el enemigo que la hizo nacer.

También repartidas sobre EE.UU., otras zonas donde la aguja vibraría corresponden a las numerosas corporaciones armamentísticas cuyos astronómicos beneficios proceden de la fabricación y venta de toda clase de ingenios bélicos, no solo para las propias fuerzas armadas sino con destino a numerosos países del mundo. Pero aunque EE.UU. encabeza la lista de fabricantes de armas, sacudidas semejantes se observarían al mover el medidor sobre otras zonas belígenas de la misma naturaleza, como el Reino Unido, Rusia, Francia, Alemania, China y Suecia. ¿Hay un factor belígeno más activo que la superproducción de armamento y la necesidad de venderlo y modernizarlo a medida que envejece?

La aguja también daría bruscos saltos al atravesar zonas del mundo donde el fanatismo religioso mueve a los seres humanos a destruirse recíprocamente. Libros sagrados, dioses y tradiciones seculares bañadas en sangre, mitos de paraísos prometidos, mártires y confesores han constituido a lo largo de la historia de la humanidad una de las causas más frecuentes de los enfrentamientos armados. No pensemos solo en el islam de hoy: al grito de “¡Dios lo quiere!”, proferido por un papa romano, los fervorosos cruzados cristianos protagonizaron unas sangrientas aventuras bélicas que llenaron de ignominia a sus ejecutores.

Los enemigos de entonces son los modernos cruzados del profeta, decididos a imponer a sangre y fuego la ley islámica en los territorios conquistados. El recorrido de nuestro aparato contador desde las costas occidentales de África hasta los archipiélagos del Sureste asiático señalaría los más graves síntomas de odio religioso, el más antiguo factor belígeno de la historia de la humanidad.

La supuesta seguridad nacional basada en la defensa militar a ultranza es otro factor relevante. La aguja marcaría un máximo al moverse sobre Israel. Y las pugnas fronterizas que apenas encubren la lucha por el poder, disfrazada por la posesión de unos territorios, unos islotes o unos supuestos yacimientos petrolíferos, agitarían nuestra aguja desde el Este europeo hasta los mares que bordean a China.

Concluimos este recorrido con la aguja señalando un ruido de fondo permanente: el que acusa las crecientes diferencias sociales y económicas que dividen a la humanidad entre una minoría opulenta y una mayoría miserable y desesperanzada, factor belígeno poco ostensible pero de imprevisibles resultados a más largo plazo.