Todo empezó en Panamá hace 25 años

El pasado 20 de diciembre se cumplieron 25 años del comienzo de una operación militar, la primera de una serie de invasiones estadounidenses no relacionadas con la Guerra Fría, serie que todavía no ha concluido. Fue la invasión de Panamá, iniciada el 20 de diciembre de 1989 y concluida el 3 de enero de 1990.

Con el nombre clave de “Causa justa”, tenía como supuesto objetivo el apresamiento del presidente panameño, general Manuel Noriega, acusado de narcotráfico. Tuvo un éxito arrollador y en las academias militares de EE.UU. se estudia como una brillante operación, al menos en el aspecto táctico.

Un general, adscrito al Centro de Historia Militar del Ejército de EE.UU., la juzgó como “uno de los más breves conflictos armados de la Historia Militar estadounidense” calificándola como “… una operación extraordinariamente compleja, con el despliegue de miles de soldados y material desde bases remotas… Representó una nueva y audaz era en la proyección de fuerza militar: velocidad, masa y precisión, unidas a una gran publicidad inmediata [cursivas de A.P.]”.

El presidente George H.W. Bush (Bush “padre”) saludó su brillante final: “¡Gracias a Dios! nos hemos librado para siempre del síndrome de Vietnam”. Se refería al humillante recuerdo de aquella vergonzosa retirada de Saigón en 1975 a la voz de ¡sálvese el que pueda!

Libres, pues, del maligno síndrome y llevados por el optimismo de la era “nueva y audaz” por ellos iniciada, los dirigentes de EE.UU. desencadenaron, menos de un año después, la primera guerra de Irak, seguida luego por las conocidas y repetidas intervenciones en Oriente Medio y África. (Una de las consecuencias del irreflexivo intervencionismo occidental en el corazón del mundo islámico la sufrió París la pasada semana).

Pero la invasión de Panamá no fue incruenta. Murieron más de 20 soldados de la fuerza agresora y medio millar de defensores. Sobre las víctimas civiles hay discrepancia: el Southern Command de EE.UU., que dirigía la operación, aludió a unos pocos centenares, pero sin duda olvidó la masacre sufrida en El Chorrillo, un empobrecido barrio de la capital de cuyos habitantes se suponía que eran adictos a Noriega y donde murieron miles de panameños.

Allí no se previno a la población civil; Human Rights Watch denunció que “los invasores no aplicaron la regla de la proporcionalidad ni el deber de minimizar las víctimas civiles”. Los helicópteros de ataque que aparecieron tras las montañas no anunciaron su llegada con música wagneriana, y el sismógrafo de la Universidad de Panamá registró 442 grandes explosiones en las primeras 12 horas de la invasión.

Los incendios arrasaron las humildes viviendas de madera y el recuerdo de Gernika o de Hiroshima planeó sobre las humeantes ruinas. Acabada la guerra, los bulldozers excavaron fosas comunes y allí se enterraron los cadáveres: “Sepultados como perros”, se dijo entonces.

No solo murieron panameños. Maruja Torres, en El País (22-12-1989), escribió: “‘Atrás’, gritó el soldado norteamericano de la cara pintada blandiendo su arma. Nos habíamos identificado como periodistas, como huéspedes del Marriot, el fotógrafo Juantxu Rodríguez y yo. ‘Sólo queremos recoger nuestras cosas’. No hubo caso. El hotel, como todos, había sido tomado por las tropas de EE.UU. Aquella veintena de marines estaba al borde de la histeria. No había un soldado panameño en los alrededores, sólo periodistas indefensos. Juantxu salió corriendo hacia el hotel disparando fotos, los demás nos refugiamos debajo de los coches. Juantxu no volvió”.

En Panamá comenzó el horror de las guerras mortíferas y fatalmente descaminadas. ¡Qué fácil parecía deponer a un Gobierno hostil tras invadir el país! Bastaba declarar que se aspiraba a promover la democracia para enviar las tropas con la mayor publicidad posible. Para atacar a Panamá se prescindió de la ONU y de la OEA (Organización de los Estados Americanos), superfluas ambas en esa era “nueva y audaz”.

Así como Sadam fue el hombre de Washington en Irak hasta que cayó en desgracia, Noriega era el hombre de la CIA en Panamá, jugando un importante papel en la oculta red de anticomunistas, dictadores y narcotraficantes que se conoció como “Irán-contra”. El Gobierno de Reagan vendía misiles a los ayatolás iraníes y con ese dinero apoyaba a los antisandinistas nicaragüenses. Cuando el tinglado fue denunciado en la prensa y se reveló que Noriega informaba a la Cuba de Castro, el general dejó de ser útil.

Hoy, la “tercera guerra de Irak”, emprendida contra el Estado Islámico, de la que los expertos de Washington afirman que durará varios años, es el último resultado de aquella invasión de Panamá, ya casi olvidada, que anunció la “nueva era”. La de las guerras preventivas libradas para “extender por el mundo los beneficios de la libertad”, pero también los beneficios de las corporaciones industriales más adictas. La de las guerras unilaterales de aquellos iluminados del Pentágono, de cuyos nocivos efectos ni siquiera Obama -supuesto apóstol de la multilateralidad- parece capaz de librarse.