2014: el año de los pueblos insumisos

Mi comentario de despedida al año 2013 en estas páginas digitales ("Sonría, mañana puede ser peor", 27-12-2013) concluía así:

"La capacidad de recuperación que las democracias han demostrado en el último siglo ante unas graves crisis que acabaron con imperios, monarquías y dictaduras, abre un camino a la esperanza. Pero será necesaria una 'radical' renovación del auténtico espíritu democrático para hacer frente al cúmulo de problemas que nos aquejan; una limpieza de las 'raíces' de la democracia, despojándolas de las nefastas excrecencias que han ido corrompiéndolas. Una vez más, todo parece indicar que habrán de ser los ciudadanos corrientes los que hayan de tener la última palabra, ya que muchas de nuestras envejecidas y anquilosadas instituciones políticas se muestran incapaces de hacerlo".

(Con las palabras entrecomilladas pretendía recalcar que el "radicalismo" no es siempre algo peligroso o rechazable: es el esfuerzo por ir a la raíz de cada problema para plantearlo correctamente. Un ejemplo más de vocablo deteriorado por su frecuente uso torticero).

Aunque lo escribí para lectores españoles teniendo en la mente los problemas que aquejaban a nuestro país al comenzar 2014, el último párrafo ha resultado ser aplicable a otros pueblos: muchos "ciudadanos corrientes" se han alzado para hacerse escuchar y, si no pronunciar la última palabra (lo que el sistema dominante todavía les niega), al menos ser capaces de expresar con firmeza su rechazo a las instituciones políticas "envejecidas y anquilosadas", incapaces de hacer frente a los problemas de hoy.

El año recién concluido ha mostrado que, cuando los pueblos exigen cambios, los políticos de los partidos habituales ya no son capaces de engañarles con las retóricas al uso. Además, la difusión de las nuevas tecnologías de comunicación interpersonal ha dado a esos "ciudadanos corrientes" un nuevo instrumento con el que hacer oír su voz y coordinar sus esfuerzos. Videos, imágenes y denuncias circulan por las redes sociales chinas, rusas, españolas o americanas, así como convocatorias para mostrar en la calle el rechazo de la gente a Gobiernos fracasados u opresores.

Esas nuevas tecnologías, por otra parte, han puesto en manos de los Estados herramientas eficaces para acallar las voces disidentes y para amordazar las protestas ciudadanas. Son también las que pueden ayudar a la expansión de los fanatismos en cualquier lugar del mundo y servir de instrumento al terrorismo. Fenómeno social nada nuevo: la invención de la imprenta sirvió tanto para difundir el Quijote como el Mein Kampf hitleriano.

Nada de lo anterior permite ignorar que se ha extendido por el mundo la creciente agitación de muchos pueblos que aspiran a ser más dueños de su destino, enfrentándose al poder del Estado. Tanto sea éste democrático, como dictatorial o tiránico; o incluso falsamente democrático, como hoy sucede con el régimen militar renacido en Egipto tras la fracasada revolución popular de 2011.

En septiembre de 2014 señalé en estas páginas que la irrupción de Podemos en el espectro político español - trastornado tras las elecciones al Parlamento Europeo- y el impacto que su aparición causó en amplios estratos de la sociedad -desde las clases más desfavorecidas hasta la más alta oligarquía financiera- constituían relevantes acontecimientos del año en curso, al que califiqué como "año que presumiblemente va a batir el récord de eventos políticos reseñables en nuestro país".

Si no lo batió, no quedó muy lejos, pues desde la Corona hasta las cúpulas de los partidos políticos y de otras instituciones básicas del Estado experimentaron notables sacudidas, cuyos efectos todavía agitan las dudosas aguas de la política española.

Aguas a las que también perturba el oleaje europeo, donde la crisis económica alienta los extremismos manipulados por algunos políticos que azuzan vagos temores a lo foráneo para disimular su incompetencia o su corrupción. Un proyecto, el de Europa, que nació para asentar los principios democráticos y aumentar la prosperidad de sus pueblos, pero cuyo rumbo parece haberse extraviado por dos sencillas razones que ya apuntaba en el comentario citado al principio:
- la irrefrenable hegemonía del poder financiero sobre el político;
- el descrédito de la política y sus instituciones, consecuencia de lo anterior.

Si se puede aceptar que 2014 ha sido realmente el año de los pueblos insumisos, es de desear que este nuevo 2015 que ahora comienza sea el año de los pueblos que llegaron a rozar con sus dedos ese timón que rige sus destinos y que manipulan impasibles manos extrañas y desconocidas.